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Tuesday, November 29, 2016

Indiferencia


He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
un colérico picotazo…
Aullido, Allen Ginsberg

Cuando un amigo me despertó poco después de la medianoche, ya veintiséis de noviembre, para anunciarme la muerte de Fidel Castro, sentí una leve alegría mental, pero en el plano emocional, no sentí absolutamente nada. Al amanecer, aproveché el fallecimiento como excusa celebratoria para encontrarme con mi amigo, el artista plástico Juansi, quien se acercaba desde Dayton para unas gestiones que debía hacer, y tomarnos un trago en el bar de un Applebee’s, mientras el resto de los comensales seguía con interés de fanáticos, el juego de fútbol colegial entre Michigan y Ohio State, que por estos lares es todo un acontecimiento, ajenos a los hechos que conversábamos.

No creo que existe otra persona que yo haya odiado más que a Fidel Castro. Es el individuo a quien considero el máximo responsable (pero no el único) de arruinar mi juventud. Desde muy joven lo responsabilicé por destruir mi universo, los sueños de mi infancia, las ilusiones de mi adolescencia y por frustrar cualquier intento de hacer mi vida siguiendo mis motivaciones. No solamente me lo hizo a mi, sino a casi todos mis amigos.

Pertenezco a una generación, o a un grupo dentro de esa generación, que sufrió todas las consecuencias de la gesta que se ocultaban tras las fotos épicas de los barbudos combatientes y de los jóvenes militantes dispuestos a cumplir las misiones que se les encargaran. Todo lo que se escondía detrás de los documentales propagandísticos del ICAIC y de la televisión cubana. De todo lo que se le ocultaba a los selectos visitantes extranjeros. Todos sabemos de qué se trataba. Las UMAP, las persecuciones y redadas callejeras contra todo el que fuera diferente, los arrestos gratuitos, las expulsiones de las escuelas, las decisiones arbitrarias respecto a qué carrera elegir o a dónde ir a trabajar, las separaciones familiares, el hostigamiento ideológico.  No vale la pena seguir anotando, cada cual puede hacer su rosario personal. Era el abismo tras la imagen del espejo mediático.

Por razones que no vienen a cuento, nunca he comprado utopías. No me interesan, no soporto un mundo en el cual todos somos lo mismo. Por eso un día me aburrí de creer en el Paraíso y en el Infierno. No me gustan las figuras mesiánicas. Quizá por eso jamás me atrajo la figura de Fidel Castro. Reconozco que fue un hombre brillante, con un carisma innegable y una retórica convincente. Un manipulador de masas sin rival. Para mi siempre fue un narcisista delirante, que involucraba a todo un pueblo en sus metas personales, para cumplir con sus delirios de grandeza. No me agradaba su sentido del humor, él se podía burlar de los demás pero nadie se podía burlar de él. Como se decía en Cuba, no tenía tabla. Jorge Semprún lo retrató en su Autobiografía de Federico Sánchez cuando señaló:  “…comenzó su discurso y a los diez minutos ya estabas hasta la coronilla de tanta castellana retórica; y es que Fidel Castro, en un país de campesinos y razas mezcladas, hablaba la lengua del Imperio, la lengua de la burguesía colonial española:…se te antojaba que era la retórica del poder populista, que no podía, ni tal vez pretendiera, suscitar comprensión cabal, sino tan solo adhesión fervorosa y admiración de los de abajo…”.

No me parecía un hombre de principios, sino de caprichos. No le veo nada rescatable al engendro que creó, porque lo que daba con una mano lo quitaba con la otra. Pienso, que lo que es Cuba ahora, es el resultado lógico del proceso que inició Fidel Castro. Pero prefiero ceñirme a lo personal.

Quizá fue que la primera vez que lo enterré resultó ser cuando en 1980 pude irme por el Mariel, tras haberme asilado en la embajada del Perú. No que dejé de ser cubano, pero dejé de ser su víctima. Con el tiempo, las decisiones del alcalde de Cincinnati y del gobernador de Ohio afectaban más mi vida personal que cualquier medida que Castro tomara en la isla. Luego lo volví a enterrar en 2006, cuando tuvo que dejar sus funciones como el ubicuo jefe de todo y disfruté mucho cuando comenzó a salir como una momia en mono de Adidas, físicamente destrozado, la negación y la caricatura del comandante en traje de campaña. Es más, deseé que siguiera vivo por largo tiempo, para que pudiera oler su mierda y tuviera que vivir como un prisionero de la cámara hiperbárica.

Me divertían sus disparatadas reflexiones. Mi odio por él no tuvo límites. Yo creo en el odio, en el odio sano que no nos arrastra. Sin odio, la noción de amor no existiría. Mi venganza fue verlo vivir sus últimos años de forma miserable.

Quizá por todo ello, su muerte verdadera me dejó impávido. También me dio ideas, que no sentimientos, contradictorios. Por un lado me alegra que al fin comienza el capítulo final del proceso de normalización de la isla, por muy doloroso que sea. Que se verán interesantes intrigas palaciegas y defenestraciones de unos cuantos impresentables, pues ya empezarán a emerger los bandos que dentro del supuesto monolito dominante, van a disputarse el poder futuro, ya cercano. Pero me molesta que se fue vencedor, porque en realidad destrozó al pueblo cubano y no pagó por ello. Murió en su casa, de alguna manera, todavía en el poder. Longevo y bien atendido.

Por supuesto que seguirá siendo una figura legendaria. Allá la Historia y los historiadores. Para mi su partida final sonó como un susurro. La parte de mi vida que me quitó ya se la había llevado hace mucho tiempo. Yo pude construir una nueva. Mi odio lo perseguirá por toda la eternidad, un odio relajado que nunca me abandona, pero que puedo dosificar a mi antojo. No tengo por qué perdonarlo. Lo siento por los cristianos que tendrán que cumplir con el mandamiento de amar al prójimo. Que lo perdonen ellos si pueden.


Roberto Madrigal

Sunday, November 13, 2016

La sorpresiva victoria de Trump


El pasado ocho de noviembre, hacia las nueve de la noche, Estados Unidos y el resto del mundo no podían creer lo que las cifras enseñaban en la televisión. Clinton no levantaba su ventaja, iba perdiendo en el conteo de votos electorales y estados tradicionalmente demócratas no acababan de inclinarse hacia ella. El tres de agosto escribí: “Olvídense de las encuestas de popularidad. Para poder ganar las elecciones, El Donald tiene que ganar Ohio, Pennsylvania y Florida.” Pues los ganó los tres. La gran sorpresa fue Pennsylvania, que no votaba por un republicano desde 1988. Lo que parecía imposible sucedió. No solo eso, sino que también se llevó el voto de Michigan y Wisconsin, estados tradicionalmente demócratas, con fuertes sindicatos obreros.

A pesar de lo que indicaban las encuestas, que nunca son del todo fiables, de tener en su contra abierta y desfachatadamente los dos diarios más importantes del país (The New York Times y The Washington Post) y dos de las tres cadenas noticiosas más vistas, Trump obtuvo la presidencia. ¿Qué pasó?

Desde las primarias republicanas, Trump fue subestimado por sus rivales. Cuando se dieron cuenta, ya era muy tarde. Se convirtió en el voto de protesta contra el establecimiento, el hombre de negocios sin relaciones políticas en la capital. Su tendencia al exabrupto, al lenguaje bananero, al insulto y al mensaje negativo, parecía que lo iba a vencer. Era su primer enemigo. Pero ganó la candidatura republicana.

Al comienzo de la campaña por la presidencia siguió siendo su primer enemigo. Parecía descontrolado e incontrolable. Su equipo de asesores no daba pie con bola y Clinton arrancó con fuerza. Pero a mitad de camino hizo un giro inesperado y genial. Nombró a Kellyanne Conway como su publicista y directora de la campaña y a Steve Bannon como su principal asesor político. Muchos se rieron. Conway tiene un estilo que parece inofensivo, pero es una magistral modeladora de imagen pública. Bannon dirige una publicación de extrema derecha, que se destaca por el amarillismo y la parcialización manipuladora de las noticias (Breitbart.com). Pero si se le mira con cuidado, está hecha extraordinariamente bien para su propósito. Bannon también dio guía y controló a Trump.

Trump desde el principio se dio cuenta de que para ganar, tanto las primarias como la presidencia, tenía que buscar el apoyo de una base dispar, que no había salido a votar con gran presencia en elecciones anteriores. Buscó a los mineros del carbón, quienes con los problemas del cambio climático ven como la explotación del carbón disminuye; se dirigió a los trabajadores de las cervecerías de Wisconsin, que pierden sus empleos por la competencia de las micro-cervecerías y el encanto seductor que para la clase media alta tienen las cervezas importadas; se identificó con los trabajadores de la industria automotriz, que ven amenazadas sus plazas con las deserciones de las plantas productoras a otros países. Les hizo promesas que probablemente no va a cumplir, pero se ocupó de ellos. Clinton los dejó a un lado.

Se dirigió a la masa obrera blanca poco educada, que ha sido olvidada todos estos años por la narrativa de la diversidad, pero que sigue siendo uno de los grupos más numerosos del país. Sabía que los evangélicos, los del Tea Party y muchos ideólogos partidistas votarían por él porque no podían arriesgar ocho años más de gobierno demócrata. Finalmente supo aprovechar la resaca de racismo que se ha despertado tras la ascendencia al poder del primer presidente afroamericano. Porque no se puede negar, a pesar de que ganó el voto popular ampliamente, de casi todos los grupos étnicos, Obama le dejó mal sabor en la boca a los WASPs, lo cual se expresó en la terca oposición partisana que el congreso republicano hizo contra todas las medidas del presidente durante todos estos años.

Por su parte, la izquierda y Hillary Clinton, están atrapados en su discurso. Han tomado una actitud de desdeño hacia la derecha, pensando que las cabezas pensantes son patrimonio de la izquierda. Se han convertido en un partido elitista cuando se supone que sea el partido de los trabajadores y de los desahuciados. Se les fue la mano haciendo hincapié en las minorías y se olvidaron de los blancos y su resentimiento. Se han refugiado en una burbuja intelectual.

Clinton tiene historia con eso. Desestimó a Obama y fue apabullada por él. Ahora hizo lo mismo con Trump. Lo vi repetidamente cuando sus asesores eran levemente confrontados por la prensa acerca de sus problemas con los e-mails, con su salud, con la fundación Clinton. Simplemente se limitaban a decir que eso no tenía importancia. Se olvidaron del poder de la imagen pública. Pensaron que la nación entera se había graduado en Harvard.

Más allá de la plataforma del partido, Clinton no expuso un plan político coherente. Todos sabemos dónde se ubicó Trump: el muro, detener la inmigración árabe, acabar con el Obamacare, etc. Pero nadie puede exponer con claridad ninguna posición de Clinton. Su mensaje no llegó a nadie. Por otra parte, la defensora de los pobres cobraba cientos de miles de dólares por ofrecer discursos en Wall Street. Su presencia pública no se gana la empatía de nadie. Es fría y luce demasiado calculada. Trump polariza, Clinton no motiva.

El presidente Trump tendrá que ser muy distinto al candidato Trump. Ya ha comenzado a desdecirse. Tendrá que ir hacia el centro. Como hombre de negocios, acostumbrado a la eficiencia de las negociaciones cuando el fin es el lucro, tropezará ahora con una entidad desconocida para él: la burocracia de Washington, para la cual el “arte de la negociación” no funciona. No basta con agitar y amenazar. Tendrá que nombrar un equipo capaz y en cual haya individuos con los que no está de acuerdo. Su mayor ventaja es que no tiene ideología y cambia de parecer de la noche a la mañana. Pero todo lo que presentó como sus virtudes durante la campaña, incluyendo su falta de experiencia en el gobierno, puede convertirlo en un presidente peligroso. Como no tiene el voto popular, pues tiene que darse cuenta que su mandato es limitado y tiene que tener mucho cuidado y no dividir el país aún más de lo que está.

No puedo tener la visión estalinista de individuos como Zizek, para quienes el “bien mayor” tiene más importancia que el destino de los individuos. Muchos apuestan al fracaso de Trump para que se reorganicen los partidos, sobre todo la izquierda, buscan una radicalización hacia Bernie Sanders. Una cosa es vigilar la gestión presidencial de Trump y salirle al paso cuando tome el mal camino, otra cosa es desearle que le vaya mal, porque eso afecta al país como conjunto. Solo queda esperar que las instituciones democráticas funcionen y no bajen al nivel de lo que se vio durante la campaña. Habrá que sufrir lo mejor posible a un presidente que posee un vocabulario de unas cinco palabras.


Roberto Madrigal

Monday, October 24, 2016

Los tiempos están cambiando


Algo raro está pasando en Estocolmo. Más allá de intereses personales de quienes eligen los candidatos y deciden el ganador del Premio Nobel de Literatura, lo cierto es que la osadía está primando en los últimos años.

El año pasado le dieron el premio a la bielorrusa Svetlana Alexiévich (nacida en Ucrania), cuya carrera se destaca por el reportaje periodístico y no tiene ninguna obra que se pueda considerar estrictamente literaria. Algo que a los puristas de la literatura molesta mucho, a pesar de que ya hace tiempo las barreras entre los géneros han caído. Pero mucha gente aun considera el periodismo como un género menor y hay quienes dicen que practicarlo hace daño a los “escritores literarios”. Pero no hubo muchas protestas, porque en fin de cuentas, Alexiévich viene de las “letras” y su agenda social es políticamente correcta en los tipos que corren y es fuente de “inspiración”, algo que en los estatutos originales del premio es un requisito indispensable que debe tener la obra para que se le conceda.

Esta vez, a pesar de haber premiado a alguien que ha sido considerado seriamente como finalista por más de una década, al parecer, los miembros de la academia han ofendido a mucha gente. Las protestas han aparecido en muchos medios de difusión por todo el mundo y hasta un reciente ganador como el peruano Mario Vargas Llosa, ha alzado su voz en disgusto porque se lo han concedido a un “gran cantante” pero no a un escritor. Claro, ya Vargas Llosa hace tiempo que dice cosas con poco sentido, se ha ido quedando un poco detrás de los tiempos.

Lo cierto es que como quiera que se mire, Bob Dylan es un poeta, un poeta grande. Todos se devanan los sesos por definirlo. Unos dicen que es un músico con letras interesantes, otros que es una figura icónica, pero no literaria y otros que no tiene el peso literario ni la obra para merecer el premio.

No hace falta remontarse a la Grecia antigua y explicar que Homero y Safo escribían sus poemas para ser cantados. Ni saltar un poco y preguntarnos si el Cantar del Mío Cid puede ser considerado literatura, ya que no fue “escrito”, ni cuestionarse si estudiar el Mester de Juglaría debe ser objeto de atención literaria en las universidades. Tampoco hace falta remontarse más recientemente a la tradición americana de folcloristas que utilizaban (y utilizan) la música para difundir sus poemas. La gran mayoría de los disgustados son gente culta y erudita que conocen muy bien todo eso.

Robert Zimmerman nació en Duluth, un pequeño pueblo portuario de la gélida Minnesota y transcurrió su infancia y su adolescencia en un pueblo aún más pequeño, Hibbing, también en Minnesota, más al norte si eso es posible. Un villorrio de dieciséis mil habitantes, fundado por un inmigrante alemán que había cambiado su nombre, por lo que el pueblo está nombrado en base a un sueño, al acto poético de su fundador, quien trató de reinventarse en el Nuevo Mundo. Zimmerman, amante de la música y la poesía desde muy joven, hizo su primer acto poético a los dieciocho años, cuando cambió legalmente su apellido y adoptó el de su poeta favorito, Dylan Thomas, arguyendo que “muchos nacemos con el apellido equivocado”. Días después partió a Nueva York, a conocer a su ídolo musical, Woody Guthrie, quien se encontraba ingresado en un hospital psiquiátrico en aquella ciudad.

En la película Inside Llewyn Davis, el personaje central, un músico comprometido solamente con su obra, en lo que es un hecho ficticio muy basado en la realidad, consigue un gig en The Gaslight Café, un legendario club frecuentado por Allen Ginsberg y Jack Kerouac, entre otros miembros de la Generación Perdida, pero minutos antes de subir al escenario, alguien lo llama a un callejón, es un tahúr que viene a cobrar una deuda. Llewyn Davis no tiene ni donde caerse muerto y sufre una paliza que le impide tocar. Se oye por los micrófonos el anuncio de que fue sustituido de improviso por un joven desconocido llamado Bob Dylan.

Algo de eso sucedió, pero es difícil saber exactamente como fueron las cosas. Lo cierto es que ahí conoció a Ginsberg, quien fue un padre literario para él (a Ginsberg le gustaba mucho cantar sus poemas y crear un espectáculo musical alrededor de ellos) y luego a Joan Baez. El resto es historia conocida.

Puedo entender que muchas personas piensen que hay otros escritores más merecedores del premio que Dylan, en definitiva, los premios ofenden más de lo que alaban, ya que no hay un solo escritor mucho mejor que los demás. Puedo aceptar que a mucha gente le parezca que Kundera o Roth se lo merecen por encima de Dylan, no me hubiera disgustado que se lo hubiera ganado alguno de ellos. Puedo ofrecer una lista de candidatos que me parecen tan merecedores quizá como Dylan o Kundera. Yo incluiría a Carlos Germán Belli y a Ricardo Piglia, así como a Julian Barnes, a Claudio Magris, a László Krasznahorkai y a Thomas Pynchon, entre muchos otros. Aceptaría con molestia que se lo dieran a Paul Auster o a Don DeLillo, pero no que digan que Dylan no es poeta.

En 1969 o 1970, a mis impresionables diecinueve años, dos libros de poesía me dejaron una fuerte impresión que todavía dura. Me los enseñó un amigo ya difunto que era un par de años mayor que yo. Uno era Blanco Spirituals del español Félix Grande, ya un poco pasado de moda pero que en una redición reciente contiene otros textos de un poemario amoroso que incluye “Vivir a cara o cruz”, para mi uno de los mejores poemas de amor que jamás se hayan escrito (una cosa me llevó a la otra). El segundo era una antología de poesía americana joven, una edición bilingüe que incluía tres poemas de Dylan. Por mucho que lo he buscado, no he podido volver a toparme con ese libro cuyo título no recuerdo.

Yo había escuchado a Dylan desde muy joven. Ya en 1964 me gustaban muchas de sus canciones. Como yo hablaba bastante inglés desde temprano, pensé que entendía muy bien todas sus letras. Falso. En el libro mencionado, estaban “The Times They Are A-Changin’” y “A Hard Rain’s A-Gonna Fall”, dos canciones a las cuales no le había prestado mucha atención musical. Ahí fue cuando me di cuenta de que Dylan era, ante todo, un poeta. Comprendí por primera vez el verdadero significado de sus canciones y me di a la tarea de buscar la letra escrita de tantas otras que ya conocía, pero que en realidad no conocía.

Antes de negarle a Dylan la condición de poeta, siéntese a leer tranquilamente, si pueden, preferentemente en inglés (la mayoría de las traducciones son espantosas excepto por la versión que de “A Hard Rain’s… hizo el grupo español Amaral en 2007), Mr. Tambourine Man, Like A Rolling Stone, Blowin’ In The Wind, All Along the Watchtower, Positively 4th Street, The Times They Are A-Changin y A Hard Rain’s A-Gonna Fall y después reconsideren. Tiene muchos otros poemas extraordinarios.

Al premiar a Dylan, la academia sueca ha premiado a un poeta mayor y a toda una tradición literaria americana.


Roberto Madrigal

Monday, October 10, 2016

Adiós al cronista de las generaciones y las causas perdidas


No voy a extenderme en discursear sobre la importancia de Andrzej Wajda en el cine mundial. Ya hay centenares de artículos al respecto con motivo de su reciente muerte, a los 90 años. Solo añadiré que fue un director convencional que se distinguió por su identificación con la temática que tocaba. Un hombre implicado con sus creencias que se dedicó a hacer un cine muy polaco, pero que dada su maestría artística trascendió los límites argumentales sin necesidad de innovaciones formales.

A Wajda le tomó mucho tiempo ser reconocido junto a los maestros clásicos como Bergman, Fellini y Hitchcock, pero finalmente llegó al Olimpo. Colaboró con las nuevas generaciones de cineastas polacos y les dio impulso, ya que trabajó con Skolimovski y Polanski. Los directores polacos de estos días reconocen su influencia. Fue un artista comprometido en el sentido más estricto de la palabra. Sorteó la censura estalinista tras engañarla con su primer filme Generación, que aunque parecía presentar la línea del partido, destacaba detalles que pasaron desapercibidos a los censores. A partir de ahí, su cine fue parte de sus convicciones políticas.

Wajda fue, ante todo, un narrador. La forma en que narra y lo que narra fue lo que lo distinguió del resto de los cineastas polacos de su momento. Fue un creador de iconos. Moldeó además los personajes a su imagen y semejanza, como un dios.

La primera impresión de Wajda, la que me marcó para siempre con su cine, la tuve a una edad en la cual no estaba preparado para entender nada de cine ni de arte. Yo era un adolescente de unos catorce años, ignorante y atrevido, cuando fui a ver Cenizas y diamantes. Maciek me marcó.

Interpretado por Zbignew Cibulski, el personaje de Maciek representó para mí la encarnación de la contracultura, que se me antojaba el instrumento más importante para contrarrestar el bombardeo ideológico que sufría por aquellos años que ahora muchos, en su lamento bolchevique, rememoran como años de gloria y odisea, pero que a mí se me antojaban ya como de represión y de uniformidad forzada.

Maciek era un Meursault más cercano (aunque yo todavía no sabía quién era Meursault ni Camus). Era un Jim Stark más cercano a mi realidad (aunque yo vi Rebelde sin causa de muy pequeño y por entonces no la había entendido bien). Con su jacket de cuero, sus gafas oscuras y su peinado alborotado, representaba para mí la rebelión de Dylan, los Beatles y los Rolling Stones, aunque en realidad, ya que la película fue filmada en 1958, se acercaba más a la Beat Generation de Ginsberg, Kerouac y Burroughs, la que yo conocería mucho después. Es curioso como los símbolos se plantan y después se mezclan con recuerdos y visiones aún no vividos.

Maciek fue un luchador antinazi que perteneció al Ejército Nacional polaco (Armia Krajowa), que fue el brazo armado del “Estado secreto polaco”, un grupo anticomunista cuya sede se encontraba en Londres y que fue el mayor grupo de resistencia antinazi en Polonia. El primer día de la paz (o el último de la guerra), a Maciek se le encomienda matar a un comunista que viene a tomar el poder en un pueblo polaco. Wajda retrata al comunista como un hombre sufrido y comprensivo, pero Maciek cumple su misión y luego huye. Al ver policías por todas partes, se ataca de pánico y trata de huir. Los policías, sin saber quién era, lo matan por sospechoso. En un par de secuencias Wajda fue capaz de sintetizar el drama polaco y la coyuntura que se crea cuando desaparece el enemigo común. Wajda perteneció al Ejército Nacional polaco. Maciek es una especie de alter ego. También hay que reconocer que el argumento está basado en una novela del extraordinario Jerzy Andrzejewski.

Cibulski, un gran actor que fue casi una creación de Wajda, fue el James Dean del este. Como Maciek, que muere en el filme tras asustarse y comportarse de forma impulsiva, el actor murió, en un gesto impulsivo dominado por la prisa,  tratando de saltar entre dos trenes, aporreado sobre las vías férreas, antes de cumplir los cuarenta años. De alguna manera Rebelde sin Causa, Cenizas y diamantes, Cibulski, Wajda y James Dean quedaron para siempre como quíntuples siameses en mi memoria. Por supuesto, sentí la muerte de Cibulski mucho más que la de James Dean.

Años más tarde fue que pude volver a ver Cenizas y diamantes y entonces apreciarla en toda su dimensión artística, y a Maciek, y a Cibulski y a Wajda. Vi muchas otras películas de Wajda y por mis afiliaciones ideológicas también me impactó Hechiceros inocentes. Vi muchas más, unas me gustaron y otras no. Nada me dejó huella como Maciek. Hasta que llegó Katyn.

Resulta que Wajda perteneció a una generación perdida y se dedicó a hacer su crónica cinematográfica. Katyn cierra el círculo porque el padre de Wajda, un oficial polaco, fue asesinado en el bosque de Katyn por los militares soviéticos en un hecho que por muchos años se le adjudicó a los nazis. Una de las primeras escenas de Katyn resume la experiencia vital que marcó a Wajda. En un  puente se cruzan dos turbas de refugiados, una grita: “Ya los nazis ocuparon la ciudad”, mientras los que vienen huyendo en sentido contrario replican:”los soviéticos llegaron a nuestro pueblo” y cada grupo sigue su camino a la extinción en sentidos opuestos.

La mía es también una generación perdida, aprisionada entre un mundo que se derrumbaba y un desastre que se aproximaba. Quizá por eso voy a extrañar tanto a Wajda y a Maciek, su creación, como me dolió la muerte de Cibulski en su momento.


Roberto Madrigal

Tuesday, September 6, 2016

Fijeza de la memoria


Hay recuerdos que sin provocarlos nos persiguen. Uno no los escoge, se cuelan entre las fisuras de la memoria y aparecen, vívidos y repetitivos.

Cuando después de diez días y quince libras menos, Magali y yo tomamos la decisión de salir de la embajada de Perú, para acogernos al salvoconducto que prometía el gobierno para esperar la salida, o la solución al conflicto, o conseguirse uno mismo su propia visa (esto último prácticamente imposible, a pesar de que lo intenté con varias embajadas), en reclusión domiciliaria, (ya que las turbas que nos ponían frente a las casas nos dificultaban la salida con palos, piedras, huevos y tomates), tras pasar el procesamiento requerido, nos montaron en unas guaguas escolares para llevarnos a puntos de destino supuestamente convenientes para acercarnos a las casas.

La guagua que tomamos estaba, por supuesto, repleta. Todos estábamos sucios y apestosos, luego de tantos días sin poder asearnos y expuestos a los estragos de estar a la intemperie en medio del fango y sin apenas podernos mover. Detrás del chofer, cargando un niño de meses, estaba un hombre joven y bastante fornido. A su lado, una joven que supongo era su esposa.

Subiendo por la calle 70, desde más o menos séptima avenida, la guagua hizo una parada en la Avenida 13.  Ahí, aunque eran las tres de la mañana, nos esperaba una turba vociferante que no solamente golpeó a los pocos que se bajaron, sino que tiraron pomos de yogurt que se astillaban contra las ventanillas y cortaban a los pasajeros, así como huevos podridos, piedras y otras cosas que no pude determinar.

El chofer era un militar que sin alterarse cerró la puerta y continuó el recorrido por 70. Al llegar a la Avenida 17 empezó a perder velocidad. Su próxima parada programada iba a ser en la Avenida 19, pues ya preocupados, mirábamos a todas partes y avistamos la otra turba que ya en estado de agresividad máxima enarbolaba palos, pomos de yogurt, huevos y viandas podridas de todo  tipo.

Para sorpresa de todos, el joven que estaba detrás del chofer, le dio el niño a la muchacha que estaba a su lado y agarró al chofer por el cuello diciéndole: “Si paras aquí te mato”. No creo que nadie lo dudara. El mismo chofer balbuceó una jerga incomprensible mientras trataba de respirar. “Sigue”, le dijo el joven. Para frustración de la manada salvaje que nos esperaba, la guagua siguió su rumbo. Nos tiraron unas cuantas cosas pero con poca efectividad.

Unas cuatro cuadras más arriba, cuando ya todo era oscuridad y no había un alma en los alrededores (los integrantes de las turbas, obedientes al fin, no se movían de sus sitios asignados), el joven le dijo al chofer: “Para”. La puerta se abrió y el joven nos dijo: “Bájense aquí todos, que si no nos acribillan”. Y agradecidos así hicimos. Me dieron ganas de abrazarlo, pero la prisa era mucha. Después que salí, me viré y vi que él también salía a salvo con su niño.

Es curioso, de este hecho lo que se me hace más visible en la memoria no es el rostro del joven, sino los de la muchedumbre enardecida, el rebaño obediente rebosando adrenalina inspirados por las consignas y su dirigente. No puedo distinguir rasgos individuales, pero sí odio y agresividad de forma casi homogénea. Es posible que alguno de ellos me haya servido en un restaurante de Miami, o en un taxi en Nueva Jersey, pero no los podría reconocer.

El recuerdo no me causa angustia ni tristeza, solamente está ahí, aparece y me muestra una masa humana amorfa, unida en su odio gratuito, sin nada redimible. A diferencia de lo que propugnan muchas teorías pseudopsicológicas y pseudoreligiosas  muy populares hoy en día, que son unos manuales excelentes para amar a Dios, al universo y a la humanidad, pero para odiar al vecino, yo odio a la masa, pero no siento nada contra los individuos. Ni odio ni amor, solo una apacible indiferencia. Pero, treinta y seis años después,  el recuerdo no me abandona, sigue ahí…


Roberto Madrigal

Sunday, August 21, 2016

¿Es necesaria la violencia?


Este trabajo se publicó originalmente hace tres años,sin embargo, últimamente ha tenido un alto e inusual tráfico, sobre todo desde la isla. Me llamó la atención y lo releí. Me di cuenta de que aunque quizá algunas cosas las escribiera hoy de forma diferente, básicamente creo que se mantiene vigente para muchos de los acontecimientos actuales de la isla y el exilio. Lo vuelvo a colgar para los que no lo leyeron en su momento y los que lo quieran releer.

En una secuencia del filme Manhattan, durante un vernissage se encuentra reunido un pequeño grupo de académicos, críticos de arte y diletantes a los cuales se aproxima el personaje de Woody Allen, quien tras ser presentado, para romper la conversación frívola dice: “¿Se enteraron que unos nazis anunciaron que van a realizar un desfile en Brooklyn?”, a lo que un hombre aparentemente muy sofisticado le contesta con un  “Sí” y Allen continúa: “Estoy organizando un grupo para ir con bates y ladrillos a enfrentar a los nazis”. Sin inmutarse, el hombre sofisticado le responde: “Hay un artículo de opinión en el New York Times de hoy que satiriza y hace trizas al desfile” y Allen le riposta: “Sí, la sátira y los artículos están muy bien, pero con los nazis, los bates y los ladrillos son más persuasivos”.

Es muy común hoy en día entre los exiliados cubanos, calificar a los opositores y disidentes pacíficos que ahora pululan por estos medios, como apaciguados y apaciguadores. Se les acusa de ser una creación del castrismo, de ser una oposición permitida porque distrae la atención de los problemas esenciales. Independientemente de lo acertado o no de estos ataques, y según a que disidente se le aplique, ya que no todos son iguales, ni piensan igual, ni se comportan igual, lo que se pierde de vista es que ese tipo de oposición tiene una función que es necesaria, pero en el caso cubano, le falta un complemento: una seria oposición violenta o violentadora que asuste a los gobernantes.

El totalitarismo es imposible de transformar mediante el diálogo, porque por su propia naturaleza no puede hacer cambios. Es toda una red de instituciones interdependientes que obedecen al objetivo único de mantener el control total en manos de un pequeño grupo y cualquier cambio, por pequeño que sea, la fragiliza.  No solamente establecen las leyes y las reglas del juego, sino que como las monopolizan, las cambian a su antojo. Apenas permite la existencia de organizaciones independientes de poca monta. En cuanto se desarrollan y crecen, las aplastan.

No soy historiador, pero una mirada somera a los hechos más trascendentales del siglo veinte muestra que los sistemas totalitarios solo caen por acciones violentas (el nazismo), por la muerte de sus gobernantes (el franquismo) y por un cisma interno de la cúpula hegemónica (el bloque soviético). Incluso en el caso del bloque soviético, entre los muchos factores que lo llevaron a desaparecer, se encuentran las continuas cruentas huelgas sucedidas en Polonia desde 1978, llevadas a cabo por una fuerte organización obrera, las guerras separatistas en Osetia, Abkazia y Chechenia, que los soviéticos ocultaban al mundo y la aparatosa derrota en Afganistán, que rompió el mito de su invencibilidad. En Nicaragua, la presencia de los contras forzó a las negociaciones y a las elecciones. Incluso, mirado en reverso, los propios soviéticos asumieron el poder frente a otro totalitarismo, mediante la violencia y mediante la violencia se agenciaron a todos los países que formaron el bloque del este. Los propios nazis aniquilaron la república de Weimar a través de un golpe de estado sobre la constitución.

La ecuación puede extrapolarse a cambios sociales en sociedades democráticas, como la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. Hay momentos en los cuales las instituciones no están dispuestas a cambiar sus reglas y la única forma de alcanzar la transformación es violentándolas. Cuando me refiero a violencia no me limito a pensar en tanques y barcos de guerra, sino también en la desobediencia civil, en la disposición a aceptar sufrir la violencia. Huelgas y protestas obligan a los gobiernos a usar la violencia o a dimitir. Es la amenaza de una situación en la cual puede correr la sangre la que asusta a los jerarcas.

Esto no es un llamado a la violencia, es solamente un señalamiento. En el caso cubano, en donde no existen organizaciones sólidas y masivas de oposición civil (y no veo cómo se puedan instaurar), no hay forma de asustar a los detentores del poder. Un gobierno cuyo único interés es mantenerse mandando sin considerar el bienestar de sus ciudadanos, solamente puede temer a su destrucción física.  Si dialogan y hacen pequeños cambios es solo para ganar tiempo. La única solución a la vista es la biológica. Cuando desaparezca la cúpula histórica vendrán quizás, dentro de sus propias filas, otras maneras de mandar, no necesariamente democráticas, pero sí más flexibles, para aplacar los ánimos que provoquen sus diferencias, mientras buscan un nuevo discurso que los concilie.

En un país sin cultura democrática y en el cual ningún ciudadano menor de 60 años ha vivido jamás en la civilidad, los disidentes pacíficos, sin poder de convocatoria interno, seguirán siendo errantes profetas fuera de su tierra, emisarios de un dolor que hasta ahora muchos no conocían o se negaban a conocer, lo cual no deja de ser una función importante, pero insuficiente.


Roberto Madrigal

Wednesday, August 3, 2016

El Donald Vs. Hillary


“Ustedes saben cómo es El Donald, siempre consigue lo que quiere”, repetía hasta el cansancio en múltiples entrevistas su entonces esposa Ivana Trump (nacida Zelnicková). Desde que llegué a estas costas, crecí, es un decir, paralelo al desarrollo de la imagen de Donald Trump.

Dada su ejecutoria en los años ochenta, la imagen indeleble que de él me queda es la de un payaso mediático, un multimillonario farandulero, hijo de papá, dedicado a construir casinos, campos de golf, edificios lujosos y concursos de belleza. A medida que pasaba el tiempo se sumó su historia de bancarrotas y escándalos matrimoniales. La curiosidad me llevó a visitar Atlantic City, ciudad con la cual primero choqué en el excelente filme del mismo nombre, dirigido por Louis Malle y actuado por Burt Lancaster, que la presentaba en total estado de depauperación. Trump reclamaba haberla levantado de las ruinas. Cuando fui, me provocó repulsión. Es cierto que un casco central muy pequeño se encontraba revitalizado por un par de casinos, pero si se daban apenas unos pasos, la ruina y la depauperación se hacían inmediatamente presentes.

Después sucedió su programa de televisión. El aprendiz, en el cual acuñó y patentizó su famosa frase: “You’re fired”. Todo muy ligero. El desempleo para disfrute de los televidentes. Nada de aspiraciones políticas, aunque coqueteó con llegar a la Casa Blanca como candidato del Partido Reformista en 1999 partido que abandonó cuando a este se sumó David Duke. Fue luego demócrata, republicano, independiente y finalmente republicano otra vez. Tuvo muchas relaciones con políticos, pero solo como parte de su necesidad para lograr influencias favorables a sus negocios, pero nada de eso tiene que ver con la imagen que de él me formé, justa o injustamente.

Pero como decía Ivana, siempre consigue lo que quiere y ahí tenemos a El Donald de candidato presidencial republicano, muy a pesar de los que dirigen su partido. Lo consiguió gracias a su imaginación mediática, capturando nuevos votantes y grupos demográficos que dentro de su partido se sentían marginados. Se alzó a pesar de haber sido inicialmente ignorado y minimizado por sus contrincantes. Nunca lo tomaron en serio.

Por el otro lado esta Hillary Clinton, una mujer que está en el ojo público de la política americana desde que en 1979 su esposo Bill, logró la gubernatura de Arkansas. Una muchacha de clase media alta, típico producto de los suburbios del medio oeste, una exitosa abogada, declaradamente dedicada al derecho de los niños, pero con grandes ansias de poder.

Clinton es una politiquera de alto vuelo que hace lo que sea por mantenerse en las altas esferas de influencia política. Asociada estrechamente a las firmas de abogados corporativos a los cuales defiende hasta la muerte. En 1993, encargada de llevar a cabo el plan de reforma de la salud de su esposo, el entonces Presidente Clinton, su mayor logro fue desviar el plan para acomodar los intereses de las compañías de seguros que representaban sus amigotes. Consiguió poner el control de la salud en manos de los aseguradores, sin velar por los intereses de los pacientes y de los profesionales proveedores. Su desempeño causó grandes litigios y demandas que fueron necesarias, en varios estados, para aflojar el injusto control que entregó a las compañías de seguros. La sufrí en carne propia.

Cualquier oportunidad es buena para ella. Se postuló como senadora de un estado en el cual nunca vivió y salió triunfante. Por exceso de confianza, trató a Obama como los republicanos trataron a Trump y perdió las elecciones contra él. Luego, vieja avezada, se le alió como Secretaria de Estado. Ahora recurre a su ayuda para estas elecciones. Esa es la imagen que me he formado, justa o injustamente, de Hillary Clinton.

Pocas veces se han enfrentado, en la política americana, dos adversarios más despreciables y despreciados. Lo indica además, los altos índices de desaprobación que ambos poseen. Sin embargo, para su base de votantes, nada de lo que hagan o digan afecta su fidelidad. Hechos y realidades no influirán en su voto. Cada cual tiene garantizada su porción. La pasión de los extremos garantiza una lucha hostil y feroz como nunca antes se había visto. Es el choque de dos ancianos sedientos de poder.

Estas elecciones pudieran ser las más disputadas en la historia de los Estados Unidos. Recuerdan las de Kennedy contra Nixon en 1960, en las cuales Kennedy solamente tuvo unos cien mil votos más que Nixon, aunque por las características de las elecciones americanas, Kennedy obtuvo 303 votos electorales contra 219 de Nixon. También recuerdan las del año 2000, en las cuales Gore obtuvo medio millón de votos más que Bush, pero perdió por cinco votos electorales (271 vs. 266). Ya se sabe la disputa sobre fraude en la Florida, pero eso lo resolvieron las cortes, aunque la sombra de la duda persista.

Estas elecciones la decidirán los indecisos. Los debates entre Trump y Clinton serán de gran importancia. Hillary, más taimada, tiene de antemano ventaja sobre El Donald, excesivamente locuaz y proclive al insulto, lo cual le puede alienar muchos votantes neutros e incluso de su partido.

Por otra parte, dadas las características de los colegios electorales, los demócratas siempre arrancan con ventaja. Protestar de esto es absurdo, pues es un sistema adoptado por ambos partidos. Trump tiene una tarea difícil.

Olvídense de las encuestas de popularidad. Para poder ganar las elecciones, El Donald tiene que ganar Ohio, Pennsylvania y Florida. Si pierde uno solo de ellos, no puede remontar la desventaja electoral de su oponente, que tiene casi asegurados California y Nueva York, los cuales suman 84 votos entre ambos, casi la tercera parte de los 270 necesarios para ganar las elecciones. No voy a cansar a nadie con la supuesta distribución de los restantes votos.

Pennsylvania es un estado tradicionalmente demócrata, pero que en estos momentos se encuentra desilusionado y los candidatos están muy parejos. Ohio es también muy apretado. Los centros urbanos son demócratas, sobre todo Cleveland y Columbus, pero el resto del estado es mayormente republicano. El problema para El Donald aquí es que el gobernador Kasich, su contrincante en las primarias, no lo apoya y le hace una oposición pasiva que puede llevar a muchos votantes republicanos a no votar, o a votar contra él. La Florida es difícil de pronosticar.

En realidad, quizá Ted Cruz tenía razón cuando dijo “voten con su conciencia”. Eso es lo que tendrá qué hacer esa masa insatisfecha de indecisos que van a definir el resultado. Quizá quede decidido por la ideología y la idiosincrasia de cada cual. Este grupo elegirá lo que para ellos representa el mal menor. Los próximos cuatro años serán, para muchos, una dosis diaria de purgante político.

¿Están tan mal hoy en día los Estados Unidos? No. El que lo crea, se le olvidó la historia. Para no ir muy lejos, recuerden los setenta, que vieron desfilar el escándalo de Watergate, la renuncia de un presidente, que fue el golpe más duro dado a la presidencia, la crisis del petróleo, el incremento de las guerrillas en Africa, el triunfo de los sandinistas, la crisis de Irán, la instauración de férreas dictaduras de derecha en América Latina, los casos de Etiopía, Angola y Afganistán.  Sin embargo, de eso y muchas cosas más (como la música disco), rebotaron los Estados Unidos.


Roberto Madrigal