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Monday, May 11, 2015

La infalibilidad del Papa


El Cardenal Eugenio Pacelli, ya canonizado y desde el 2009 decretado como el Venerable Pio XII fue un papa controversial. Todavía se discute su posición ante el nazismo. Es cierto que salvó la vida de más de 700, 000 judíos y calladamente apoyó muchos movimientos para proteger y salvar judíos durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, fue ampliamente criticado por lo que muchos vieron como su tibia actitud ante Hitler.

Muchos católicos polacos se sintieron traicionados por su ligera respuesta ante las atrocidades de los nazis contra la Iglesia Católica polaca. Otros se sintieron abandonados por su política de neutralidad durante la guerra. En 1942 provocó la ira de varios gobiernos porque estableció relaciones diplomáticas con Japón.

Con Stalin nunca pudo relacionarse bien. Le tenía pánico al comunismo y por otra parte tenía poca influencia en la Unión Soviética, donde los católicos eran una minoría exigua. Según muchos de sus aduladores, esa fue la razón por la cual reservó sus condenas a Hitler. También justifican que debido a su tibieza, muchas figuras de la alta jerarquía ecleciástica se retrataron junto a Hitler y Mussolini, y aparecieron en diversas veladas organizadas por los gobernantes nazis y fascistas.

Setenta años después, el nazismo y el bloque soviético han desaparecido de la faz de la tierra. Su legado ideológico solo recorre, vagamente como un débil espectro, algunos países europeos, aunque hay que reconocer que han ganado alguna fuerza en los últimos años. Pío XII es un papa venerado a pesar de la controversia. Su legado fue mantener la fortaleza del dogma católico mucho después de la catástrofe europea de los años cuarenta.

Ahora el papa Francisco se retrata con Raúl Castro y hasta intercede en favor de las relaciones de Cuba con Estados Unidos. Esto, por supuesto, molesta a muchos y con razón. Pero no es el primer Papa en hacerlo, aunque sí el más activo con respecto a la política cubana. No debemos olvidar que es argentino y por lo tanto más cercano al fenómeno que representa la revolución cubana.

No está haciendo nada muy diferente a lo que otros pontífices bajo distintas circunstancias han realizado. Como estado político y espiritual, el Vaticano está obligado a ser pragmático. Su fuerza reside en la influencia que pueda tener sobre sus seguidores, ya que sus tropas no pasan más allá de la Guardia Suiza. En Cuba, los católicos representan una relativa mayoría coherente dentro de los grupos no identificados con el poder y las organizaciones oficiales.

El castrismo pasó de la persecución desmesurada y cruel de los católicos a una aceptación de su persistencia siempre y cuando mantengan una aceptable pasividad. La obligación de la iglesia es mantener y abrir nuevos espacios para sus feligreses. Eso lo han logrado pírricamente en Cuba. La Iglesia apuesta a la eternidad y no a lo efímero de los gobiernos y las ideologías. Piensa que una vez que los Castros desaparezcan, su presencia seguirá allí, garantizando el más allá a sus seguidores. Tienen casi dos mil años de experiencia.

Para sus objetivos no vacila en utilizar los servicios de traidores. Pedro, el primer Papa, el fundador de la Iglesia Católica, traicionó a Jesús más de una vez. El Cardenal Ortega y Alamino es un San Pedro de nuestros tiempos. Tampoco duda en utilizar los servicios de amanuenses que calmen la sed de justicia de las masas. En Cuba existe el dúo de Roberto y Lenier, capaces de decir cualquier cosa y de justificar la mansedumbre, que como han dicho recientemente, se encuentran encantados con que el papa Francisco “va a legitimar el proceso de restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos y el proceso que se está viviendo en Cuba…las necesidades de los cubanos y la metodología de la distensión”. O sea, dejemos toda la solución de nuestros problemas en manos del general Presidente.

A pesar de que la infalibilidad del papa es un dogma establecido en 1870 que todo católico tiene que aceptar, este se refiere solamente a las cuestiones de moral y fe. El dogma no exonera al papa de cometer errores cuando se trata de posiciones personales. Es difícil saber si el papa Francisco, está actuando meramente como gobernante de un estado no-democrático o como un árbitro moral. En realidad, las opiniones personales de las figuras públicas importan bien poco. Aunque hasta ahora no está haciendo nada insólito ni fuera del panorama de la política vaticana de las últimas décadas, hay que vigilar que su entusiasmo no lo consuma y pase de ser un mediador práctico a un colaborador en la persistencia del sistema. Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son parte de una nueva dinámica global que no tiene por qué convertirse en una legitimación de una dictadura ni en una consumación de la tergiversación de la memoria histórica.

Raúl Castro, que cada vez habla más parecido a Tres Patines, podrá querer hacerse el gracioso diciendo que volveria a rezar y a ir a la iglesia dada su admiración por Francisco, pero este gesto no puede borrar de un manotazo su historia de abusos contra los católicos y su persistente violación de los más elementales derechos humanos.


Roberto Madrigal

Wednesday, April 29, 2015

El zafarrancho de los exégetas



Tan grotescos resultaron a la vista de cualquier persona con un poco sentido común, los mítines de repudio orquestados por los delegados de la sociedad civil transportada desde Cuba por el gobierno del General Castro, que los exégetas y maquillistas oficiales, amanuenses de oficio, han tenido que saltar alarmados para establecer una explicación coherente a lo sucedido, tarea imposible, pero los supuestos intelectuales, que actúan más bien como cosmetólogos ideológicos, siempre están dispuestos a justificar sus cada vez más mermadas prebendas.

El número más reciente de la revista digital La Jiribilla (726), uno de los medios dedicados a
expresar la versión oficial de la cultura cubana, recoge un dossier de artículos publicados al respecto, en otros medios o escritos a solicitud de la revista. El propósito es “responder” principalmente al periodista uruguayo Fernando Ravsberg, exreportero de la BBC, compañero de viaje que reside en Cuba y que por lo general defiende a la revolución con cierto sentido “crítico” (que no va más allá de la vergüenza ajena que siente cualquier extranjero que tiene que defender de manera relativamente creíble lo indefendible), que se atrevió a criticar la ejecutoria de los delegados, aunque siempre comprendiendo los principios que propugnan.

La colección de artículos no es más que un mal orquestado intento de ofrecer opiniones aparentemente disímiles, pues a algunos la gritería y la grosería les parece mal, pero a la larga todos justifican el hecho en base a que: “fueron provocados”, “los culpables son los americanos”, “no se puede compartir una mesa con un asesino como Félix Rodríguez”…¿Suena familiar? Es el reciclaje de la misma retórica, el presentar únicamente posiciones antitéticas, sin matices, la versión moderna de “Patria o Muerte” (que nunca ha desaparecido).

Silvio parece criticar la conjura contra Ravsberg y finge molestia respecto a la gresca, pero la justifica por el aspecto de provocación de las delegaciones disidentes. Amaury Pérez cree que el debate es más sano, y expresa que “nuestra historia como nación puede exhibir múltiples ejemplos de juicio y altura en sus desacuerdos” (es difícil saber a quién se refiere), pero eso lo escuda con la siguiente frase: “En la Cuba futura, la que promueve con fuerza, vigor e inteligencia nuestro General Presidente…”  Que conste que no hay aquí ironía. Sé muy bien que Amaury no tiene el menor sentido del humor. Pero bueno, Amaury y Silvio no son intelectuales.

Aurelio Alonso en su trabajo, justifica los exabruptos porque existió una “prefabricación provocadora e inescrupulosa de los foros periféricos” y acto seguido comienza a utilizar una terminología pedestre, de instructor de barrio, acusando a “la mafia de Mami” de crear la provocación con su apoyo financiero a seres indeseables.

Rafael Hernández aparenta cautela intelectual en su trabajo y básicamente trata de poner contra la pared a los disidentes cubanos, que según él ahora van resultar un estorbo para la política americana de restablecimiento de relaciones, ya que la “mayoría de ellos se opone a esta”. En el mismo artículo se hace una serie preguntas como “qué harían los Estados Unidos con un grupo que recibe apoyo financiero de una potencia vecina”, y lo único que demuestra es su falta de comprensión de la tolerancia que existe respecto a los opositores en cualquier país civilizado. Esto tiene su corolario en las declaraciones estúpidas de Abel Prieto en las cuales compara a los disidentes cubanos con Al Qaeda. Ya resulta imposible preguntarse qué hacen individuos inteligentes defendiendo un espejismo, un delirio que se deshace.

Pero lo curioso es que todos tienen un común denominador, el reforzamiento del discurso binario, el blanquinegrismo intolerante y de nuevo, la base de todo, la identificación de Cuba-Pueblo-Revolución-Partido-Estado como unidad inseparable. Si alguien se opone a uno se enfrenta a todos. Esto justificará siempre no solamente la gritería, los ataques verbales y los asaltos tribales organizados, sino también la represión violenta contra quien sea considerado como un enemigo de esa pentarquía unitaria.

En momentos en los cuales proclaman cambios y apertura, el discurso que rige sus acciones, se cierra con más fuerza en el aislacionismo, la xenofobia, el desprecio a la diversidad y el patriotismo pueril. Como señaló recientemente en una entrevista Michel Houellebecq, los patriotas necesitan enemigos.

Roberto Madrigal



Saturday, April 18, 2015

Relatos sobre el abismo


Malas lenguas es la narrativa del ir y venir que define las coordenadas de un exilio interminable y banal, hilvanada con la sal de los malos recuerdos”, reza en la contraportada de este libro. Pero esta colección de relatos de Manuel Ballagas es eso y mucho más. Es una mirada aguda y una meditación sin cortapisas sobre el abismo que separa a dos orillas cercanas que se han convertido en dos modos diferentes y casi incompatibles de ver la vida. Dos subculturas alienadas entre sí.

En estos trece relatos en los cuales el realismo se mezcla con lo fantástico y ambos a su vez con lo onírico (de corte pesadillesco), el autor explora y expone las contraposiciones que han sido forzadas a surgir a lo largo de varias décadas. Los cubanos, como muy pocos grupos migratorios, conocen el peso específico de una ideología totalitaria que se arraiga en lo más hondo del tejido espiritual, convirtiendo a creyentes, incrédulos y opositores en víctimas semejantes de un abismo para muchos insalvables. Ballagas es capaz de cruzar este campo minado con habilidad y sutileza, sin necesidad de recurrir a la monserga. Realiza una introspección inmisericorde que no busca soluciones sino solamente entendimiento para quien pueda y quiera entender.

En el primer cuento que da título al libro, la biografía de un exiliado es reinventada, modificada, tergiversada y fabulada por las diferentes versiones que quienes quedaron atrás, a los cuales las noticias les llegaban solo en las dosis permitidas por el poder. Cada uno crea al personaje en base a sus frustraciones y envidias personales. Luego se niegan a creer la simple realidad.

En La máscara un individuo cambia de sexo en un breve viaje de ida y vuelta a La Habana sin estar seguro de lo que hizo. En El huérfano, un funcionario de la cultura que viene a dar unas conferencias en una universidad miamense y que desea darse un salto por el carnaval de la calle Ocho, resulta atrapado por el vengativo hijo de una de sus víctimas.

Un hombre visita la casa que tuvo que abandonar ante el asombrado y ambiguo escrutinio del nuevo habitante de la misma en La sirimba. Mientras tanto, en El paquete, una mujer no sabe qué hacer con un paquete que le acaba de llegar “de afuera” y en su desespero lo abre para encontrar una sorpresa. En Cartas ajenas un nuevo inquilino que recibe cartas dirigidas a los inquilinos anteriores, obligado por un diligente y compulsivo cartero, que ejerce su oficio con apatía, termina siendo absorbido por el lugar y por los contenidos de las cartas, perdiendo finalmente su identidad, en un cuento que tiene un giro temático muy parecido a los filmes de Roman Polanski.

Un hombre confundido, atrapado por los recuerdos del antiguo habitante de su casa, que es un alter-ego del autor, y agobiado por la presencia de un cuadro amenazante que no se atreve a descolgar, le escribe a este en busca de ayuda en La ratonera. En El carángano, un cuento de giro kafkiano, un hombre anticipa un interrogatorio y una vejación por parte de las autoridades, ya convertido en un insecto por la aplastante burocracia.

En Dichosos los ojos, un intelectual demasiado embriagado de su relevancia, decide pedir asilo en Miami pensando que su “traición” tendrá un precio para luego dar de narices con una realidad que lo aplana y lo humilla, le pone los pies en la tierra. El otro trata de un hombre que decide regresar a su isla por mera curiosidad y en su visita siente, aterrorizado, que se encuentra entre extraños. Calle soledad se centra en las confusiones que crean el tiempo y la distancia del origen, al extremo de que realidad y fantasía se vuelven indistinguibles.

Ultima voluntad recorre el asombro de un hombre que acaba de descubrir aspectos que no sospechaba de la vida de su padre. Finalmente La extraña se centra sobre el distanciamiento entre dos hermanas, que viviendo en diferentes latitudes de una misma cultura, terminan enajenadas, cuando una confiesa un secreto que la recome por dentro. Es la historia de una deslealtad que resuena en los límites de la identidad.

No hay experimentación en estos cuentos, solamente una narrativa tradicional impecablemente lograda, con un lenguaje desprovisto de afectación y con un mínimo de adjetivos. Prosa eficaz sin alambicamientos liricos, precisa y cortante. Lo único que me molesta un poco, y es un mal muy menor, es el uso de anglicismos en cursiva en unos momentos y de spanglish integrado a los diálogos y escrito tal y como se escucha en otros. Es un recurso que me pareció inconsistente e innecesario en el contexto de los cuentos.

Con sus novelas Descansa cuando te mueras y Pájaro de cuenta ya Ballagas (La Habana 1948) había mostrado su calidad de narrador mayor. Con su incursión en la cuentística, ese género tan difícil y tan subvalorado, no hace más que confirmar lo que ya sabíamos.

Los cuentos de Malas lenguas tratan sobre una realidad que muchos quieren ver como superada, como algo de un pasado cada día más remoto, pero lo cierto es que ese abismo y la distancia existencial que provoca, no ha sido aún vencido y no lo será nunca, a menos que uno se atreva a enfrentarlo con la crudeza que lo hace Ballagas.


Malas lenguas. Manuel Ballagas. 166 páginas. Puede obtenerse a través de www.lulu.com y www.amazon.com por $15.00

Monday, April 6, 2015

La pose, la prosa y la guerra


Hay una secuencia en El ciudadano, en la cual Charles Foster Kane, que interpreta Orson Welles, ha enviado a un corresponsal a La Habana para que reporte lo que él anticipa de la guerra en Cuba, poco antes de que entraran los americanos en la contienda, y Kane recibe un telegrama de Wheeler, su corresponsal y le pide a su asesor Bernstein que se lo lea. Bernstein va leyendo: “Las mujeres son deliciosas en Cuba. Stop. Le pudiera enviar poemas en prosa sobre el paisaje, pero no quiero despilfarrar su dinero stop. No hay guerra en Cuba. Firmado Wheeler”. Kane, calmadamente, le dice a su asesor que tome nota y le envíe una respuesta a Wheeler, y le dice a Bernstein que escriba: “Tú envía la prosa que yo pongo la guerra”.

La secuencia es una imagen de una anécdota real en la cual William Randolph Hearst, el magnate de la prensa americana que representa el personaje de Kane en El ciudadano, en una situación similar en 1897, recibió una nota del fotógrafo Frederick Remington, al cual había enviado a Cuba, en la que este le pide que lo deje regresar a Estados Unidos porque en Cuba no encontró señales de guerra y Hearst le contestó: “Tú encárgate de mandar las fotos, que yo pongo la guerra”.

A casi cuatro meses del anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, tras varias reuniones entre Roberta y Josefina, la naturaleza parece imitar al arte. En este caso, Cuba pone la pose, la prosa y la guerra, mientras que Estados Unidos hasta ahora solo provee una pose displicente.

No que no lo hubiera anticipado, pero evitando el simbolismo de que el restablecimiento indicara una rendición de los “valores y principios revolucionarios”, el general a quien no le importa tener quien le escriba, ha vuelto a poner al país en pie de guerra ante la posible invasión de los turistas y bienes de consumo americanos.

Primero adopta la pose de hombre soberbio, que ha tomado la decisión sin abandonar sus principios y para demostrar que no le teme al enemigo del cual dice no necesitar nada. Esta pose la asumirá nuevamente esta semana en la cumbre panameña, donde seguramente saludará con fría cordialidad al mandatario americano para luego denunciar, cuando le toque su turno ante los micrófonos, todas las pérfidas ideas de los imperialistas en sus deseos de eliminar los ideales revolucionarios de América Latina, que dirá encarnan los pueblos de Cuba y Venezuela en las figuras de sus líderes. Por supuesto él y Maduro.

La prosa ha surgido rabiosamente en los centros de trabajo de la isla, en los cuales se ha exigido de los trabajadores que firmen cartas, redactadas por el partido, denunciando la política de Obama hacia América Latina. También se han hecho repartir documentos que deben ser apoyados por los colectivos laborales, indicando la fidelidad a los principios del Che y de Fidel. Hoy en Cuba todo el mundo firma.

Por último ha declarado su guerra contra los opositores, aumentando los arrestos arbitrarios en los últimos dos meses. No hay tregua con el enemigo. Hay que defender la ideología en la cual ya nadie cree y si bien el general Castro es incapaz de sonar convincente, en parte porque ni él mismo se lo cree y en parte por su falta de capacidades histriónicas y su poco carisma, pues sus acciones de violencia grotesca tienen que resultar persuasivas. Es parte de su lucha por la supervivencia, mientras espera que la erosión del tiempo se lo lleve junto con sus secuaces y que después venga el diluvio.

Los americanos posan de calmados y mantienen su línea de ataque, que no es más que una búsqueda de posicionamiento para una vez que la biología cumpla su trabajo, tener una influencia en la isla y aprovecharse y dominar las oportunidades de comercio que se abran una vez que esta vuelva a comportarse como su vecino natural. Al mando de quién importa poco.

Mientras tanto, la población sigue soñando que un milagro solucione sus problemas. Con solo la impotencia en sus manos y sin posibilidades de tener influencia alguna, esperan que esta vez sea el viento del norte el que provoque el movimiento de Lola.


Roberto Madrigal

Sunday, March 22, 2015

Las cosas como fueron


Hay periodos históricos de los cuales se sabe bien poco, porque los vencedores no solamente los cubrieron con su discurso, sino que eliminaron toda otra forma de documentación. Son periodos de los cuales se llega a saber un poco, mucho después que sucedieron y si acaso los protagonistas se deciden a desempolvar la memoria y a narrar lo que recuerden antes de que sus vidas caigan en la amnesia de la historia.

Ahora que Leonardo Padura parece haberse convertido en la plañidera oficial de la pérdida de los buenos tiempos de la revolución cubana, recordando lo bien que se vivía en los ochenta y minimizando las atrocidades de la UMAP, vale la pena recordar un poco como era la historia cotidiana del individuo que existía envuelto en la narrativa épica de la Historia. Cuando todo lo que se escribía era con mayúscula y las definiciones no aceptaban matices.

En lo personal puedo recordar algo de la década de 1968 a 1978, cuando tras haber eliminado el último vestigio de oposición interna seria, con el dossier de la “microfracción”, un episodio bastante poco estudiado, Castro consolidaba su poder, desatando la “Ofensiva Revolucionaria” en su discurso del 13 de marzo de1968 hasta que en 1978 comenzaron a regresar los “gusanos” esta vez convertidos en mariposas que cargaban en sus alas maletas de llenas de ropa, la vida en esos tiempos fue difícil y sin opciones.

Si escuchamos a los bolcheviques nostálgicos, parece haber sido un periodo heroico, en el cual el pueblo se encontraba dedicado por entero a la construcción del socialismo y el hombre nuevo, a las causas internacionalistas y al desarrollo de nuevas expresiones artísticas. Pero la realidad para la gran mayoría, o al menos para mí y mis amistades (decir mi generación sería quizá demasiado pretencioso), era bien distinta.

La opción de salida del país desaparecía. Los llamados vuelos de la libertad terminarían a finales de 1971 o principios de 1972 (no importa mucho, esto no es un recuento histórico, sino personal) y mucha gente que había solicitado la salida del país, ahora tendrían que quedarse porque se les negaba el permiso o por falta de visa y tenían que reintegrarse a sus trabajos con una inmensa mancha en su expediente. Muchos serían reasignados a trabajos más difíciles. Conozco quienes pasaron de trabajadores de la cultura (músicos, editores) a dependientes o cajeros de cafeterías o a trabajar en la agricultura o la construcción.

El Caso Padilla nos cayó encima como un inmenso bloque. A partir de ahí, cualquiera que tuviera ideas de dedicarse a la creación literaria, tenía que optar por el pacto o por la gaveta. El pacto era una forma de engavetamiento oficial, porque en realidad muy pocos de los que se resignaban a transar podían publicar. La prensa, las editoriales, el papel y la tinta eran para los militantones. El resto del tiempo era pasárselas huyendo a la vigilancia de los comités, en una época en que si unos amigos se reunían dos o tres noches seguidas o alguien se quedaba a dormir en tu casa más de dos días ello era considerado como actividad subversiva y reportado a las autoridades (a no ser que el presidente del CDR fuera tu amigo y te advirtiera).

Las posibilidades de viajar al extranjero eran exclusivamente a través de viajes oficiales distribuidos por las autoridades ideológicas de las distintas empresas, tras pasar el intenso escrutinio de la seguridad del estado, lo que reducía esto a un privilegio de muy pocos (deportistas y algunos artistas). O sea, el pueblo se encontraba completamente aislado del resto del mundo. “Contacto con extranjeros” era un delito punible e incluso a muchos técnicos extranjeros de los entonces países socialistas que venían a trabajar a la isla, se les advertía que no establecieran relaciones con los cubanos. Lo supe por mi vecino ruso, que me lo confió mientras miraba para todas partes.

En los cines se estrenaban unas treinta y cinco películas al año. Lo sé porque un amigo y yo llevábamos la cuenta. El contenido de lo que se proyectaba era estrictamente controlado. La producción nacional de largometrajes era muy limitada y por supuesto sobrecargada de contenido ideológico.

Los graduados universitarios eran, en su mayoría, ubicados por el Ministerio del Trabajo a conveniencia de este. Además, se seguía una política de enviar a los graduados lejos de su lugar de origen. Por supuesto, antes de eso, entrar en un gran número de carreras era selectivo por motivos políticos, para lo cual se utilizaban los informes de los CDR (cuidado con caerle mal al jefe de vigilancia de la cuadra porque te podía desgraciar la vida). Creo que en esa época comenzó a desaparecer la palabra vocación del diccionario cubano. Uno sobrevivía como podía.

Obviamente, siendo el ser humano lo que es, siempre algún amigo bien ubicado le resolvía a otro un trabajo o una prebenda. No todos los funcionarios eran monstruos, porque eso es imposible.

No voy a abundar respecto a la carestía de los más elementales productos de consumo diario, desde papel higiénico (decíamos tener los anos más instruidos del mundo, porque nos limpiábamos con hojas de libros y papel de periódico), desodorante, pasta de dientes y jabón, hasta ropa y comida. Lo que sí era una epopeya era conseguir algo para tener comida hasta fin de mes.

Estando la prensa plana y la televisiva totalmente controlada, así como las fuentes de datos para cualquier tipo de estudio, ¿Cómo es posible documentar el período? Será y ha sido ya un poco, a partir de obras literarias o filmes concebidos quizá entonces, pero realizados muchos años después, cuando muchos escritores y artistas pudieron huir en masa.

Ahora que el totalitarismo se disfraza con nuevos ropajes, ya despojados de la significatividad de las mayúsculas, el papel de los amanuenses se reduce y temen enfrentar una realidad a lo cual no están preparados. ¿Será eso lo que extraña Padura?

Por supuesto, lo anterior es solamente parte de una experiencia personal y la vida es muy contadictoria, no es que debido a esto uno se pase el día deprimido, de hecho, creo que por muchas razones, el verano de 1978 fue probablemente el más divertido de mi vida en medio de todo eso, pero cada cual tiene su historia y quienes recuerden, en vez de dedicarse a la nostalgia, que no es más que la prisión de la memoria, quienes puedan, debieran aportar un recuento de esa etapa.


Roberto Madrigal

Monday, March 9, 2015

¿Regresa el glamour a La Habana?


Es de todos conocido el derroche de glamour en La Habana de los años cincuenta. Brando buscando al Chori, Errol Flynn en su descapotable bajando por el centro del paseo de la calle
G, Hemingway recibiendo a Ava Gardner en San Francisco de Paula. La élite de Hollywood y de Nueva York, las modelos más importantes, los mejores cantantes, los intelectuales americanos más destacados, todos se exhibían por La Habana y sus cabarets.

Con el cambio de régimen y de rumbo, en la década del sesenta los visitantes del norte eran de carácter militante. Los trajes de moda devinieron en el ropaje del guerrillero, principalmente después del 68, la ciudad se llenó de radicales, Bobby Brown y Huey Newton de los Panteras Negras, Eldridge Cleaver, Angela Davis, Jerry Rubin y los Estudiantes por una Sociedad Democrática, secuestradores de aviones, los maoístas americanos y la brigada Venceremos. El atractivo estaba en la pose de combate. Eran afiliados ideológicos que una vez en el país eran vigilados de cerca porque su ejemplo no era muy conveniente a un gobierno que no tenía el menor interés en fomentar aspiraciones de rebelión en la juventud local.

Ya a finales de la siguiente década comenzó a regresar Hollywood, muy discretamente y siempre en actitud de apoyo. Candice Bergen se paseaba por La Habana Vieja y Barbara Walters y Dan Rather se apresuraban a entrevistar a Fidel Castro. Hubo festival de rock y cruceros de jazz.

Pero desde mediados de los ochenta, y sobre todo en los años noventa, fue que la lista-A y todo el radical chic se desplazaron con frecuencia y masividad. Llegó Robert De Niro a saciar su apetito por las negras, lo sé porque me lo contó su cicerone; Francis Ford Coppola hacía visitas regulares a cocinar espaguetis para los estudiantes de la EICTV; Jack Nicholson se maravillaba con los estudios Abdala; Arnold Schwarzenegger encabezó una delegación al festival de cine, fresco tras su triunfo en Terminator, del brazo de su esposa Maria Shriver; Kate Moss y Naomi Campbell exhibían, con La Lisa como trasfondo, ropa de Ralph Lauren y zapatos de Manolo Blahnik para un despliegue en la revista Harper’s Bazar y Steven Spielberg quedaba fulminado ante Fidel Castro, declarando que las ocho horas pasadas en su presencia fueron las más importantes de su vida.

La lista de visitantes famosos es tan grande que se necesitaría casi todo un libro para anotarla. Más allá de las excusas, parecían atraídos por el último bastión de la Utopía, ya caído el bloque soviético. Venían a rendirle tributo al macho tropical con discurso mesiánico, un lenguaje que les resultaba irresistible.

En el 2006, con la retirada del comandante, se creó un vacío retórico. Raúl Castro carecía de prestancia y hablaba en tono menor. Tenía que ajustar la transición y asegurar su supervivencia y la del sistema. Por un tiempo, el jet set americano se olvidó de la isla. Tímidamente, ya bien entrada esta década, aparecieron Jay-Z y Beyoncé y Benicio del Toro vino a filmar hasta que con la reanudación de las relaciones se renovó el interés en la isla.

De momento, la lista-A no se decide a regresar, dejan que otros hagan la labor de zapa. Al gran evento del Festival del Habano, aparece, una vez más, Naomi Campbell, ya carta vieja y marcada, y Paris Hilton que hace tiempo cedió su trono de reina de la superficialidad. De los anfitriones de los talk-shows llega el más insignificante, Conan O’Brien.

¿Qué pasa que no vienen las Kardashian con Kanye West? ¿Cuándo llegan Jimmy Fallon o Jimmy Kimmel? Ya es hora que comience el desfile de la lista-A. Que vayan Ryan Seacrest y Giuliana Rancic. Porque ahora, de política no se habla, es la hermandad de los pueblos y todos a bailar cogidos de la mano.

¿O es que a la izquierda de limosina no le apetece la nueva imagen que ofrece el castrismo? El nuevo gancho es el folclore y la macarronería. El Disney habanero de Eusebio Leal con los tríos de guitarras en cada esquina y las santeras con tabaco en la boca tirando los caracoles. Con los espectáculos de salsa y los bailes populares. Esos serán los nuevos símbolos que identificarán a la cubanidad.

Ya regresarán todos. Kathryn Bigelow, la directora de The Hurt Locker y Zero Dark Thirty, instó a los artistas, en el programa de Bill Maher, que no dejaran de ir antes de que todo cambie, porque “ir a Cuba es como montarse en una máquina del tiempo”. O sea, que los cubanos sigan sufriendo para disfrute de los millonarios paternalistas que vienen a darse un baño de Tercer Mundo, porque si no se apuran este país de ese Tercer Mundo no se diferenciará en nada de los otros. Parafraseando a Tolstoi, será igual que todos en su miseria.

Hay quienes se avergüenzan de todo esto y lo ven como una traición a “los ideales del
principio”. Entiendo y me conmisero con quienes creyeron en la posibilidad de un proyecto
utópico. Para mí siempre fueron unos farsantes que escudados en el mesianismo de su discurso se inventaron una narrativa épica para consumo de los oprimidos y para complacencia de la izquierda internacional. No era más que una pantalla para apoderarse del mundo que siempre desearon y no podían tener. No hay más que ver las mujeres a las cuales se acercó Fidel Castro para reproducir su especie: Mirta Díaz-Balart, Naty Revuelta y Dalia Soto, todas dignas representantes de la burguesía habanera que él decía detestar.

Fidel Castro (hijo) brindando con Paris Hilton no es más que una muestra de lo que siempre fueron las aspiraciones del hombre nuevo. Es la venganza del glamour de los cincuenta. Es la caída del mito. Apúrate Kim, adelántate al resto, viaja con tu entourage, que serás bienvenida. Tus nalgas van a lucir muy bien con Varadero como telón de fondo.


Roberto Madrigal

Friday, February 27, 2015

El estalinismo y la degradación del hombre sin importancia


Un personaje sin nombre, que narra en primera persona, comienza a recordar su amistad con su mejor amigo de una infancia que transcurre en los inicios de la Revolución Rusa. Sasha, el amigo, es un remanente de la aristocracia rusa. Su padre es un judío converso, un eminente abogado de Járkov,  de “…En aquellos tiempos remotos la traición todavía despertaba asombro y se pagaba por ella un precio mucho mayor que ahora”.

El narrador es un ciudadano de la quinta categoría: “otros”, por ser hijo de un artesano judío. Un hombre cuya vida queda definida por un cuestionario oficial. Alguien sin derecho a cursar altos estudios o a aspirar a buenos trabajos.

Cuarenta años después se pone en contacto con la esposa de su amigo Sasha, quien ya había muerto durante la guerra. A partir de ahí, el narrador comienza a hacer un recuento de su vida y de la época que le tocó vivir, mediante viñetas, anticipos de cartas que nunca envía, breves monólogos y encuentros casuales. Esto le permite no solo observar y recapacitar sobre sus avatares, sino ajustar cuentas consigo mismo y con su generación. Es el recorrido de la vida de un hombre insignificante en un período histórico de gran trascendencia para toda la humanidad.Conjuga perfectamente la cotidianidad de un hombre sin rostro público con la información de los desastres históricos.

El difunto bloque soviético parece ser una cantera inagotable de literatura de gaveta. La quinta esquina, la novela de Izraíl Métter, fue escrita en 1967 y publicada en 1989, ha sido recientemente traducida al español por Selma Ancira y aún no se ha llevado al inglés. La aparición de obras como ésta obliga a repensar la literatura del período soviético y la nueva visión de la historia que se puede apreciar con la publicación de este tipo de obras huérfanas, salidas necesariamente a destiempo. Los críticos tendrán que replantearse los tópicos generacionales y los historiadores tendrán que hurgar de nuevo en la fuente más valiosa que existe para estudiar los problemas del totalitarismo: la literatura.

Métter, nacido en Járkov en 1909, tuvo que vagar por todos los territorios soviéticos, como un Buscón de la tundra, sobreviviendo de diversos oficios, inventándose una historia para escapar del cuestionario que lo definió y lo atrapó desde pequeño, segregándolo de todas sus aspiraciones. Escribió, y guardó, guiones cinematográficos y otros textos que fueron publicados poco antes de su muerte, como su memoria de familia Generaciones (1992). Entre 1989 y 1996, año en que murió en San Petersburgo, se convirtió en un escritor de culto.

La quinta esquina es una novela relativamente breve, pero escrita con una prosa simple y precisa que a veces alcanza un lirismo sin afeites, directo y punzante. Es una meditación sobre cuarenta años de una vida y es a la vez una meditación sobre la inutilidad de meditar y recordar.

El personaje se enfrenta a la hipocresía de los intelectuales de su generación. En un momento clave de la obra recuerda haber asistido a una conferencia de Zhdanov sobre Zóschenko y Anna Ajmátova. Pero lo que le interesa a Métter es la audiencia, compuesta de intelectuales formados por el sistema: “…unos cuantos centenares de hombres y mujeres instruídos ejercían sobre sí mismos un esfuerzo antinatural…había que paralizar los músculos para no levantarse del lugar, para no gemir, para no perder el juicio…sin embargo, seiscientos representantes de la inteligencia, muchos de los cuales estaban ligados por un infinito respeto personal a Zóschenko y a Anna Ajmátova…escuchaban con respeto a ese hombre prematuramente gordo, de rostro redondo y bigotes de dandi, que caminaba con irritación delante de ellos y decía sus repugnantes y groseras estupideces”.

Métter trata de entender la impasibilidad y la complicidad de su generación con respecto a la figura de Stalin y enjuicia, aún incrédulo: “La gente moría de hambre agradeciéndole la saciedad…El miedo por sí solo no hubiera tenido la fuerza suficiente para mantener a una población de doscientos millones, durante treinta años, en un estado de fervor religioso”.

Tras enfrentar a varias personas, que ya pasado el terror estalinista continuaban sin arrepentirse de sus acciones, a pesar de haber perdido sus posiciones, medita: “Al observar a aquellas personas, que habían servido toda su vida en los órganos, intentaba adivinar quién de ellos había sido el primero en derribar de un puñetazo a Isaak Babel.. Me esforzaba por comprender qué veían ellos ahora, tan temprano por la mañana, cuando elevaban hacia el cielo sus ojos soñolientos.”

Métter, por supuesto, no ofrece respuestas, solamente nos brinda sus dudas sobre la condición humana. Compone su narrativa con una maestría que la hace atemporal y aunque tardía en aparecer, nunca a destiempo. La quinta esquina es una obra que desafía y trasciende su circunstancia. Una obra que viene del olvido y que nunca debe regresar a él. Es un regalo inesperado a lo mejor de la literatura universal.

La quinta esquina. Novela de Izraíl Metter. Libros del Asteroide, Barcelona 2014. 207 páginas.


Roberto Madrigal