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Tuesday, August 29, 2017

Nuestra banalización del mal


Cuando un escritor reconocido como Leonardo Padura coteja festinadamente la UMAP con los campos de concentración nazis diciendo que, en comparación, las UMAP eran como un campamento de verano, le hace un flaco favor a ambas tragedias y en cierta medida, banaliza ambas.  Cada dolor es personal. No es lo mismo el incendio devastador que ocasiona una erupción volcánica que la casa que se quema completa por un accidente con una vela, pero la pérdida y el dolor de quienes la padecen es la misma. Se requiere insensibilidad para ignorar una desgracia porque a gran escala, palidece ante otra. O el interés de maquillar y justificar un pasado y una posición ante los hechos.

Lo mismo sucede cuando un crítico musical como Guille Vilar trata de excusar y explicar el hostigamiento a los roqueros y la censura de su música en la Cuba de los sesenta, aludiendo a la explosión del barco La Coubre. O cuando Luis Pavón o Jorge Serguera explicaban su participación en el quinquenio gris diciendo que solamente cumplían órdenes y era la norma del momento, añadiendo que todo se hacía para defender la utopía. Argumentar la comisión de un acto de injusticia criminal, por la necesidad de proteger una causa mayor no trasciende, sino rebaja. El fin nunca debe justificar a los medios. No es un simple problema ético.

Lo que Hannah Arendt en su trabajo Eichman en Jerusalén definió como la banalización del mal, no era que Eichman se presentaba como una mera pieza en el engranaje del nazismo, una pieza intercambiable, sino su total simbiosis con el mundo nazi, su ideología, sus normas racistas, que por muy inmorales que fueran, eran legales y legítimas en el mundo nazi y contaban con el apoyo de la mayoría. Eso era lo que ella percibía como el horror que se materializaba en un individuo cualquiera, sin características distinguibles. No se estaba refiriendo, como muchos interpretan equivocadamente, al pequeño nazi o al pequeño Fidel que todos llevamos dentro.

Esa banalidad se expresa en Cuba en las manifestaciones multitudinarias a las cuales los ciudadanos acuden bajo presión, pero sin obligación, legitimando así al gobierno y sus proclamas. Como bien señala Angel Velázquez en su Totalitarismo, Cuba, Castrismo cultural y el último hombre, un libro que merece leerse con cuidado, ya que es una invitación a la reflexión seria, el castrismo utiliza el espacio donde se reúnen las masas para hacer “efectivas las victorias del pueblo y la omnipresencia del jefe”. Ese espacio reúne toda la gama social y convierte a todo participante en cómplice.

Hay una tendencia creciente en la historiografía cubana oficial, cuya aceptación crece a diario en círculos académicos europeos y americanos, en presentar los abusos del totalitarismo como algo justificado por su época y sus circunstancias.  Por hacer creer que fueron errores que se cometieron por el celo de quienes luchaban por la consecución de un ideal, que peligraba ante el acecho de un enemigo cercano. O como actos extremos de jóvenes apasionados guiados por buenas intenciones.

De hecho se está vendiendo una nostalgia por ese pasado, comparándolo con la situación actual cuyos males se achacan al surgimiento de un capitalismo incipiente que corrompe la pureza original del proyecto. Se habla de muchos culpables sin mencionar ninguno por nombre y apellido y, por supuesto, sin mencionar a los culpables mayores del cataclismo social. Los amanuenses oficialistas quieren vender confusión ante la realidad. No se explican cómo y cuándo fue que degeneró ese magnífico proyecto que fue la revolución cubana. No aceptan su complicidad y al evitar hurgar en su conciencia, venden una imagen de inocencia para simplificar las respuestas. Los viejos leones, ya sin dientes ni uñas, quieren hacer ver que padecen el mismo dolor que los corderos

Nuestra banalización del mal consiste en una victimización colectiva que no tiene victimario definido. Según estas nuevas tendencias, todos somos los inmolados de una confusión. Es la expresión de la mala fe sartreana o de la evasión de la libertad de Fromm. Pero es algo que no se debe dejar correr sin que se llame la atención sobre el fenómeno. Es el nuevo disfraz de los juglares de la corte.

Roberto Madrigal




Sunday, August 13, 2017

Elogio del reguetonero


Una vez más la han cogido con los reguetoneros. De nuevo, como hace unos seis años hizo Abel Prieto, los guardianes de la cultura revolucionaria cubana se horrorizan ante la popularidad del reguetón y no solo se quejan del mal gusto imperante, sino que, como Marylin Bobes y Guille Vilar en la más reciente entrega de La Jiribilla, apuestan por la canción inteligente. Como necesitan echar mano de alguien con popularidad, pues enarbolan al dúo Buena Fe como estandarte para oponer al auge de los reguetoneros, que ocupan las ondas sonoras de la isla e incluso de Miami.

Hasta Carlos Varela se ha sumado a la queja, alegando, en la revista Vistar, que el mercado de la música cubana está invadido de mal gusto y lo que se ve en la televisión son “canciones vacías, que no dicen nada y tarde o temprano la gente las va a cambiar por otra, la nueva hamburguesa musical del top que comienza esta semana”. Quizá no le falte razón, pero lo único que ha hecho es definir la forma en que se mueve la música popular.

Los jerarcas de la alta cultura, y quienes se arrodillan ante ellos, quisieran que en Cuba solamente se trasmitiera música de Silvio Rodríguez y de sus clones. Quieren imponer el gusto musical por decreto y se niegan a aceptar el deseo del pueblo, porque popular es lo que gusta independientemente de mi gusto.

Desde que los Castro tomaron el poder hay una voluntad de imponer un gusto y una cultura que “represente” los supuestos valores de la Revolución. Los cantantes cubanos que dieron gloria a la música cubana: Olga Guillot, Rolando Laserie, Blanca Rosa Gil, Celia Cruz, Guillermo Portabales y muchos otros, fueron de los primeros en zafarle el cuerpo a la hecatombe revolucionaria que se les venía encima. Lo gobernantes decidieron borrarlos de la memoria musical oficial y trataron de crear una música de su agrado y que representara su imagen heroica (y el Comandante en Jefe nunca tuvo oído musical).

Ningún ritmo popular se ha podido establecer de forma espontánea. Ante el éxito de lo indeseado, el gobierno interviene y disuelve las agrupaciones. El Mozambique a mediados de los sesenta, parecía levantar en popularidad, pero técnicamente era difícil de popularizar y aparte de que los intérpretes de la banda de Pello el Afrokan tenían, en su mayoría, antecedentes penales (no Pello, Pedro Izquierdo, que era un camarada militante del Partido Comunista), atraían un público y un ambiente que no “representaba” a la Revolución. Los Zafiros tuvieron su momento de triunfo, pero su música se parecía demasiado a la de los Platters y eran demasiado borrachos.

Por razones similares se les quitó apoyo a las orquestas típicas (la orquesta de Fajardo se diezmó en uno de sus viajes), ya que el elemento que las componía no era tampoco del agrado de los jerarcas. Se les limitó a tocar en los bailes populares. Adiós Estrellas Cubanas, Sensación, Neno González y otras tantas. Solamente quedó la Aragón, de indiscutible calidad, liderada por el también militante del partido Rafael Lay. Pero se frenó el movimiento.

Silvio tuvo un éxito inesperado con su programa de televisión y para consternación de algunos cuadros dirigentes fue aceptado por la cúpula. Ante una posible defenestración, puso su música al servicio de las autoridades culturales, sacaron a Pablo Milanés del filin (otro género que ganaba popularidad pero cuyos intérpretes representaba el pasado, a pesar de la militancia de César Portillo de la Luz) y con la ayuda de Noel Nicola y Alfredo Guevara, surgió la Nueva Trova, que pasó de heredera de los Beatles y Bob Dylan, a heredera de la antorcha de los viejos trovero santiagueros. Esa fue la primera música que pudo ser impuesta con éxito, apadrinada en gran medida por Aida Santamaria.

A principios de 1969, Juan Formell se separó de Elio Revé y creó Los Van Van, con un sonido verdaderamente renovador dentro de la línea de las orquestas típicas. Pero empezando con un nombre que ya intencionalmente agradaba a la nomenclatura, y a pesar del desastre de los diez millones, Formell puso su música al servicio del gobierno para garantizar su estancia en el favor popular. Con sus declaraciones públicas en favor del gobierno, deshacía la velada virulencia crítica de algunos de sus temas.

No ha habido en estos casi sesenta años ningún movimiento de música popular que, tras espontáneamente haber atraído el gusto popular se haya mantenido en contra de las directivas de los mandos culturales. Los raperos fueron absorbidos por las instituciones que moderaron su mensaje o simplemente los lanzaron al olvido. Los roqueros siempre se han tenido que limitar a recibir migajas y ser mirados con recelo. El jazz es otra cosa, porque hace mucho tiempo que no es música popular.

Sin embargo, los reguetoneros han impuesto sus ritmos y sus letras muy a pesar de las autoridades culturales y de sus compañeros de gremio. No han cedido un milímetro en sus mensajes y se han mantenido en pie. Es el primer movimiento musical espontáneo que se ha mantenido a contracorriente de las autoridades culturales.

Yo fui novio de Lorenza,
una vieja quincallera
que de cada sobaquera
se podían hacer dos trenzas.
A mi­ me daba vergüenza
y la mantení­a a raya
que desde el cuerpo a la raya
el churre se hacía tabacos.
Si asi eran en los sobacos
¡como será en la quincalla!

No, esa no es letra de reguetoneros, sino de Faustino Oramas (1911-2007), conocido como El Guayabero y considerado un icono del doble sentido de la música cubana. No es una letra muy diferente del Chupi Chupi o de Bailando o de Hasta que se seque el Malecón, pero Candela, una de sus composiciones, fue incluida en el disco del Buena Vista Social Club. Los que hoy se quejan del mal gusto imperante, olvidan ésta y muchas otras letras similares, siempre presentes en la música popular cubana.

No es que me guste el reguetón, aunque lo prefiero a la salsa. Tampoco me gusta su mensaje misógino. Pero no puedo dejar de reconocer de que más allá de que algunas de sus canciones son pegajosas, se han mantenido ahí, en contra de la crítica de autoridades y “colegas”. A pesar del paternalismo con el cual han sido enjuiciados por los “intelectuales”. No puedo dejar de alegrarme cuando algún movimiento musical se impone, espontáneamente, al afán del control cultural del gobierno cubano. Tampoco me hago ilusiones, una de las razones por la cual los reguetoneros han sido aceptados es porque triunfan también en Miami y sus integrantes salen y regresan al país, por lo que se han convertido en una fuente de ingreso de dólares. A las autoridades no les queda más remedio que tolerar la ostentación de materialismo pueril que aparece en sus videos, su degradación de la mujer como objeto comercial de sexo y en general, su alarde de malas costumbres. Eso es lo que el pueblo quiere ver
.
Además, se quejan de la ascensión del mal gusto, pero qué otra cosa se puede esperar en un país en donde la educación ha decaído año tras año, en el cual los jóvenes no tienen opciones viables para su futuro, en donde la palabra vocación ha desaparecido del diccionario cotidiano, la represión es una constante y la sobrevivencia es lo único que cuenta. Un país aislado del contacto fluido con el resto del mundo, al cual se le dosifica el flujo de información que puede recibir y se le mantiene en una miseria material y existencial penosa.

Brindo por el triunfo de los reguetoneros (a los cuales confieso que no tengo que oir y Dios me ha librado de Buena Fe), porque son un triunfo de la voluntad popular sobre el decreto ideológico.


Roberto Madrigal

Tuesday, July 18, 2017

Dos microcuentos



Estos son dos de una serie de microcuentos que espero lleguen a incorporarse en un libro, aunque para tener una cantidad suficiente de páginas me va a tomar bastante.

III
-Si me cuentas más o menos la mitad de tus secretos, eres sincera.
-¿Y si te lo digo todo?
-Entonces pasas de sincera a comemierda.

XV

-Mátalo.
-¡Pero si es un ser humano!
-Por eso mismo.


Roberto Madrigal

Thursday, June 22, 2017

Por ahi anda un poeta (In Memoriam)


 Hace tres años publiqué este artículo. Respondía a unos hipócritas y paniaguados rescates culturales que se hicieron sobre algunas figuras, ya convenientemente muertas en el exilio, de la literatura marginal cubana. Me molestó y me resultó curioso que a Rogelio Fabio, uno de los más importantes, quien aún vivía olvidado en Cuba, no se le prestara atención, sino que se le dejara en las orillas, que fuera incluso ignorado a la hora de contribuir con información acerca de los cadáveres rescatados, quienes fueron sus amigos. Reproduzco aquí este homenaje de entonces, en memoria del amigo que acaba de morir. Hasta la vista Rogelio. Que nunca se apague el recuerdo.

Roberto Madrigal


Este año se cumple el centenario de Gastón Baquero. Un excelente poeta que no se limitó a escribir poesía, sino que dentro de sus posibilidades, ayudó a muchos otros poetas, sin embargo, una vez que abandonó Cuba por su exilio madrileño, fue una de las mayores víctimas del ostracismo perpetrado por las tropas de choque cultural del régimen que decidió evadir. Incluso sus antiguos amigos y beneficiarios (y aquí se puede incluir a Lezama, a Cintio Vitier y a Eliseo Diego) se hicieron cómplices de la campaña, mencionando su nombre, si acaso, en voz baja, como para evitar resonancias, y en conversaciones muy privadas. Algunos esperaron décadas para que se les permitiera fundirse de nuevo en un abrazo hipócrita. Los intelectuales cubanos han hecho un hábito de pedir permiso.

Pero no es de Baquero de quien quiero hablar pues (espero) que este año muchos otros hablarán de él mucho mejor de lo que pudiera yo hacer. Es que a propósito de su efeméride, se me ocurre que dado los recientes rescates culturales de figuras como Esteban Luis Cárdenas, Guillermo Rosales y Carlos Victoria, todos fallecidos, por qué no incorporan a una figura viviente de esa generación. Me refiero al poeta Rogelio Fabio Hurtado.

No me estoy haciendo el ingenuo, sino que si es cierto que se quieren reparar “olvidos” y rectificar “errores”, ahora que hasta Raúl Castro habla mal de la Revolución, no debe haber motivos para estudiar la figura de uno de los mejores poetas de esa generación, que además está vivo y puede aportar valiosas informaciones a los estudiosos de los escritores de esos años, los que Manuel Ballagas y yo bautizamos hace años como la “Generación del silencio”.

Hurtado (La Habana 1946) trabaja cuidadosamente la poesía desde
los años sesenta, nunca ha dejado de hacerlo. Nunca ha sido
miembro de la UNEAC ni ha recibido elogios de ninguna
publicación oficial ni premios de ninguna organización
gubernamental. Cuando Ernesto Cardenal fue a Cuba, Hurtado se le
acercó para hablarle de la realidad cubana y le enseñó sus poemas.
Tan impresionado quedó el poeta nicaragüense, que le publicó dos
de ellos en su libro En Cuba, lo cual le trajo los primeros
problemas a Hurtado. Después lo incorporó a su antología Poesía
cubana de la Revolución (Ed. Extemporáneos, México, 1976).

Fue profesor de español en una facultad obrera hasta que llegó el Mariel, puerto por el cual casi todos sus amigos nos marchamos. Fue expulsado poco después y para sobrevivir se convirtió en vendedor de flores, cuando eso era una ocupación prohibida. Así sobrevivió por muchos años, ya que no ha querido irse, aceptando continuar su obra poética bajo el aplastante peso de la Historia.

En 1996 publicó su primer libro en Miami, durante una visita temporal. El poeta entre dos tigres (Editorial La Torre de papel, Miami 1996), recoge veintiún poemas escritos entre 1970 y 1986, en uno de los cuales expresa su situación existencial: “En esta solitaria, atómica, mañana de noviembre/ no siendo yo accionista ni dirigente/ sino un antiquísimo bebedor de pésima cerveza/ ofrezco para todos cuarto en mi corazón/ paz desde esta cuartilla”. Se define aún más en el poema que da título al libro cuando dice: “Al poeta le encanta/ parecer blanco entre los rojos/ y rojo entre los blancos. Siente/ una apasionada inclinación por las minorías/ Considera aristocrático/ avanzar hacia la derrota”.

En 1993 fue incluido en la antología El desierto que canta: poesía “underground” cubana  editado por el Endowment for Cuban American Studies, Washington, DC. Ganó en el 2004 el premio Vitral que concedía la revista católica pinareña del mismo nombre, por su libro Hurrá y otras elegías que fue publicado en 2005 por las ediciones Vitral. También ganó hace muchos años el premio de poesía de la arquidiócesis de La Habana.

Ha podido leer sus poemas recientemente, en la peña que organiza el incansable Joaquín Gálvez en el Café Demetrio de Miami. Por otra parte, se ha mantenido ejerciendo periodismo disidente y publica con regularidad una columna en el sitio Primavera Digital. También ha aparecido en la revista Voces, ese esfuerzo de Yoani Sánchez, Reinaldo Escobar, Orlando Luis Pardo Lazo y ahora en manos de María Matienzo. Dos trabajos suyos aparecen en el libro Cuba in Focus editado este año por Ted Henken, Miriam Celaya y Dimas Castellanos.

Los arqueólogos culturales no parecen haber detectado su presencia. Es curioso que hace unos años Hurtado escribió un poema que parece premonitorio: “La poesía me olvida y encanezco/ no sentirme siquiera vigilado/ así es vivir ahogarse de aburrido”. Pero estos estudiosos, si fueran verdaderamente responsables, debieran ocuparse de este poeta, del cual aprenderían mucho. Les advierto que aunque es un hombre que jamás ha tenido nada malo que decir de nadie y no parece conocer del odio ni del resentimiento, puede ser bastante incómodo, porque no se transa, va a nombrar las cosas como las ve y como las ha sufrido. No va a ser condescendiente ni va a complacer ningún tipo de peticiones. A ver si se atreven.




Nota: Poco después de publicado este artículo me llegó este poema de Jorge Luis Arcos que creo sirve de excelente complemento, para leerlo pinche:  http://archdil1.blogspot.com/2014/01/un-poema-dejorge-arcos-este-es-un-poema.html

Roberto Madrigal

Monday, May 1, 2017

Censura, censores y censurados


El tema es tan viejo como el castrismo. La censura nunca ha dejado de ejercerse en Cuba. Quizá la tenacidad, el celo y la eficiencia han flaqueado por momentos, pero el ojo represor ha sido una constante. No me refiero a la censura en otros lares.

Cultura y educación son la última frontera, la última línea de defensa de los totalitarios. Son los mecanismos a través de los cuales se moldea el pensamiento de los jóvenes, se elabora la imagen pública del gobierno, se distorsiona la información y se establecen los límites del cuestionamiento. El dólar puede ser despenalizado, los pequeños negocios pueden florecer con límites y los miembros de la nomenklatura tienen derecho a enriquecerse, pero tiene que ser riqueza con conciencia revolucionaria. Después de la cultura, el veril.

Los casos recientes de los filmes Santa y Andrés, de Carlos Lechuga y Nadie, de Miguel Coyula, asi como las expulsiones del recinto universitario de Las Villas  de la profesora Dalila Rodríguez y de la estudiante de periodismo Karla María Pérez González, ilustran un vez más, la importancia que el gobierno cubano otorga a la cultura y la educación como mecanismos de control.  Las masas se ilustran a conveniencia del estado.

Las universidades son de los revolucionarios. Dalila cometió el delito inevitable de ser hija de un disidente y probablemente de no haber renunciado a él, como en los viejos tiempos. Karla se atrevió a sumarse a un grupo juvenil opositor. En un artículo recién publicado en La pupila insomne el profesor Rafael Plá León, “filósofo y profesor de disciplinas filosóficas” según apunta el portal EcuRed, filosofa en un galimatías, sobre la vigencia del lema “que nos enseñó Fidel en el fragor del proceso que se bautizó como profundización de la conciencia revolucionaria en el curso 1979-80: ‘La universidad es para los revolucionarios’…porque no es excluyente para los que no son revolucionarios…pero sí pone en su lugar al contrarrevolucionario…simplemente sienta las bases de la hegemonía revolucionaria en la Universidad como una de las conquistas históricas de la Revolución”. Por supuesto, el censor se reserva el derecho de definir a los revolucionarios, a los no revolucionarios y a los contrarrevolucionarios según le convenga. La censura es difusamente definida, el censor es antojadizo.


Una cosa está clara, se puede criticar a los revolucionarios y a los socialistas, pero no a la Revolución ni al Socialismo, y mucho menos la figura de Fidel Castro. Como ya dijeron antes, en otro lema ridículo, los hombres mueren y el partido es inmortal. Ese es el postulado, el dogma inviolable que rige la censura.

Santa y Andrés se atrevió, mediante un juego narrativo con el tiempo, a querer decir que la censura del libre pensamiento y la represión a los homosexuales, no fueron un episodio superado en la historia del castrismo, un error coyuntural. De eso se dio cuenta uno que en su momento fue censurado y ahora es censor diligente, el poeta y profesor Guillermo Rodríguez Rivera y lo expresó en un artículo que recientemente publicó en el blog de Silvio Rodríguez. En su artículo aboga por el diálogo y el entendimiento, pero con su análisis, emplaza al filme y lo pone sutilmente en la picota.

Los censores son todos aquellos que por miedo, por celo, por estupidez, por frustraciones personales y ambiciones delirantes, se prestan a ejercer la censura, a aplicarla de la forma más estricta posible. Algunos son inteligentes, muchos otros son ignorantes y se sienten inseguros.

Los censores ejecutan actos de diverso tipo. Desde los que son capaces de acabar con la carrera literaria (en la isla), de Heberto Padilla y de Reinaldo Arenas, hasta los tragicómicos (comedia para el observador, tragedia para quien sufre la censura), que castigan a una pobre editora por no haber eliminado la frase “abajo el comandante en jefe” de…La guerra de las salamandras (un caso real), sin importar que la novela fuera originalmente publicada en 1936 y que el autor hubiera muerto en 1938.

Es difícil acusar a las víctimas del crimen del cual son sujetos. Pero los censurados, en muchos casos, se convierten en cómplices de los censores (y algunos terminan de censores, como es el caso de Miguel Barnet). Dominados por el miedo, empiezan con la autocensura y luego si se les escapa algo y son atrapados en la telaraña del censor, comienzan a justificarse disfrazando sus verdaderas intenciones con excusas inexcusables. El propio Lechuga, en un momento de debilidad se quejó de la censura y habló de que él siempre se “había portado bien”, tratando de pedir redención aludiendo al oficio de carnero. Pero luego se le pasó.

Por temores justificados e injustificados, pero nunca justificables, la mayoría de los intelectuales y artistas cubanos, también por el afán de pertenecer al canon isleño, se dedican a pedir migajas. Expresan sus desacuerdos pidiendo comprensión al censor. He ahí al grupo G20 que pide una ley de cine y trata de gestionar no se sabe qué con el ICAIC. No se comprometen a defender a sus compañeros caídos, como fue el reciente caso del cineasta Juan Carlos Cremata, sino a pedir pequeños cambios para moverse mejor en el futuro. Por cierto, llevan como tres años en el asunto y no han conseguido nada todavía.

La censura es el arma poderosa que mantiene la cultura y la educación como arma de dominación política, los censores son los funcionaros diligentes que la interpretan con la mayor ortodoxia posible, sin el  menor sentido del humor, los censurados, si no terminan habitando el reino del silencio o poniendo pies en polvorosa, se convierten en cómplices de la censura y del censor, porque hay cosas que son herméticas, y ellos lo saben bien.


Roberto Madrigal

Sunday, March 19, 2017

De mal en peor (bis)

Hace tres años y medio que publiqué esto. Casi todo lo aquí predicho se ha ido cumpliendo. Se pueden añadir muchas otras causas a los males que aquejan al béisbol cubano, que no es más que un reflejo de lo que pasa en el país. No soy vidente, pero las causas y razones aquí enunciadas se mantienen vigentes. La decadencia es imparable. En los años que han pasado desde la escritura de este artículo, se han largado para las Grandes Ligas todo lo que valió y brilló en a pelota cubana y mucho que tampoco sirve para nada.

La reciente eliminación del equipo cubano de béisbol en el Clásico Mundial a manos de los tulipanes holandeses, no ha hecho más que añadir evidencia a lo que desde que los peloteros profesionales comenzaron a participar en los eventos beisboleros internacionales se ha hecho obvio: el imparable declive de ese deporte en Cuba. El equipo nacional cubano, que por décadas campeó por sus respetos cuando enfrentaban a colegiales y a jugadores aficionados, convirtiéndose en el coloso de los eventos internacionales, hoy en día es un equipo más (o un equipo menos).

Las razones más obvias se conocen bien. Más de cincuenta años de aislamiento del béisbol más competitivo, la continua miseria económica que hace que ni siquiera los estadios más importantes reciban el mantenimiento adecuado y las crecientes defecciones de algunos de sus mejores atletas, para no continuar lloviendo sobre mojado, han afectado la calidad de juego. No es culpa de los atletas ni falta de talento, pero cuando en cualquier campo se limita el desarrollo profesional, la merma cualitativa es su consecuencia.

A esto se suman factores externos, como la creciente globalización del deporte, a la cual los jugadores de la isla tienen poco que aportar, ya que como único pueden hacerlo es exilándose. Hoy en día hay peloteros cubanos en las ligas españolas, italianas, brasileñas y de muchas otras naciones en las cuales este deporte era, hasta hace bien poco, un evento marginal. La ya mencionada participación de los jugadores de las grandes ligas y de las ligas menores americanas, en las cuales a su vez, cada día participan más atletas de todas partes del mundo y la eliminación del béisbol de los juegos olímpicos.

Las nuevas generaciones tampoco se inclinan al béisbol, que es un juego lento y apacible, que nunca se sabe cuándo termina porque tiene su propia medida del tiempo. Lo sostiene la tradición que tiene en Cuba y el hecho de que todavía es, al menos en Cuba, el deporte con más equipos y cuyos jugadores tienen más longevidad, factores que inciden en la decisión de un joven de hacer una carrera deportiva. Pero no hay más que ver la creciente afición por el fútbol profesional, en un país donde no hay un jugador ni un equipo que valga la pena en ese deporte. Los jóvenes cubanos se han convertido en fanáticos de equipos profesionales como el Barcelona y el Real Madrid, a quienes solo pueden ver en televisión y de quienes se encuentran a más de siete mil kilómetros.

Pero si los cambios siguen como van con la economía cubana y como ya se ha anunciado en la arena cultural, en la cual se va a considerar la rentabilidad de los proyectos, los fanáticos de la isla van a enfrentar permutaciones drásticas. Es prácticamente imposible mantener presupuesto realista para tener una serie nacional con dieciocho equipos con el objetivo de continuar alimentando el provinciano orgullo provincial. Si el béisbol se ha mantenido hasta ahora por encima de consideraciones económicas es porque es el deporte favorito de Fidel Castro, el Fanático-en-jefe. Pero a Raúl Castro no le interesa mucho el béisbol. Se impondrá una profunda restructuración que no será del agrado de muchos.

Otros cambios que se avecinarían sería la necesidad de volver a una estructura similar a la que existía antes de la llegada de Castro. Unas ligas aficionadas patrocinadas por empresas, sindicatos o agrupaciones profesionales y una liga invernal profesional que sirviera de finca de recría para los equipos de las grandes ligas, en la cual los equipos serían franquicias de estos y jugarían no solamente peloteros cubanos, sino todos aquellos que necesitan afinar sus habilidades durante los meses de invierno, como ocurre en República Dominicana, Venezuela y otros países del área. Por supuesto, el corolario de esto sería permitir a los peloteros cubanos viajar libremente a los Estados Unidos para jugar en los equipos de las ligas mayores. Pero esto no puede suceder por el momento ni en un futuro inmediato. El embargo no permite que los cazadores de talento puedan ir a Cuba a contratar legalmente a nadie, ni que se le puedan pagar salarios a residentes de la isla, ni los equipos de las mayores pueden establecer franquicias allá. Eso solamente vendrá cuando se produzcan cambios realmente drásticos en la política cubana. Por el momento, las defecciones continuarán como única opción para el desarrollo profesional de los peloteros de la isla.

Roberto Madrigal

Sunday, February 12, 2017

Senda tenebrosa


No hay dudas de que la prensa americana está tremendamente parcializada en contra del presidente Trump. Ello no justifica que a su vez Trump insista, con su lenguaje simplón, voraz y divisivo, en atacar la credibilidad de la prensa y las instituciones de inteligencia del gobierno americano. A su vez, la reacción de la prensa a este ataque se desplaza por una senda tenebrosa que podría resultar en su propia incriminación. La tergiversación y las medias verdades no llevan a ninguna parte.

Recientemente, durante una entrevista que fue trasmitida antes del Super Bowl, el periodista Bill O’Reilly le preguntó al presidente acerca de cómo establecer una relación positiva con Vladimir Putin quien, en palabras del propio O’Reilly, es un “asesino”. La respuesta de Trump sorprendió a todos. Dijo que tampoco los americanos “somos tan inocentes, también tenemos nuestros asesinos”. Lo cual es una realidad, pero nunca había sido abiertamente expresada o reconocida por un presidente americano.

En lugar de analizar con detenimiento la declaración de Trump, los congresistas demócratas, el New York Times, el Washington Post, las principales cadenas noticiosas de televisión y hasta muchos congresistas republicanos, se lanzaron a criticar al presidente por haber osado igualar moralmente a Moscú y a Washington. Lo cierto es que por más que he mirado la entrevista repetidas veces, no veo que Trump trató de igualar moralmente a Washington y a Moscú, solamente estableció un hecho, dando a entender que en la política hay que convivir con ciertas realidades desagradables. Pero la opción facilista era no analizar lo dicho, sino acusarlo de lo que no dijo.

Ciertamente, si se mira que George Bush, malaconsejado por Donald Rumsfeld, mintió sobre las armas de exterminio masivo para invadir Irak, lo que resultó en una guerra inútil que causó la muerte de miles de iraquíes y americanos inocentes, se le puede considerar un asesino. Lyndon Johnson también mintió al pueblo americano mientras preparaba unilateralmente la escalada de la guerra de Viet Nam, durante las elecciones de 1964, presentándose como un pacifista y acusando a Goldwater, una figura compleja, como un guerrerista sin conciencia, cuando él ya tenía decidido el destino de miles de americanos y vietnamitas.

Pero el problema mayor de la prensa americana es Stephen Bannon. El máximo responsable de la victoria de Trump. Un individuo a quien se le ve como la sombra detrás del poder, la eminencia gris, el equivalente del Padre José de Trump.

François Leclerc du Trembay, conocido como el padre José, fue el hombre que manipuló los hilos del poder durante el periodo que el Cardenal Richelieu dominó la política francesa. Fue prácticamente el creador de las fuerzas de la seguridad del estado, el antecesor de la Stasi, la KGB, etc. Fue el poder tras el poder, de él viene la frase “eminencia gris”, que se le otorgó por el color del hábito de los monjes capuchinos, y para mayor información, se debe consultar el libro de Aldous Huxley, titulado Eminencia gris.

Bannon es escurridizo. Es un hombre renacentista, muy inteligente. Se le acusa de fascista, antisemita, extremista y racista. Todo lo cual puede ser cierto, pero hasta ahora solamente se le ha podido probar que es culpable por asociación. Dirige la revista digital Breitbart News, que es una publicación de ultraderecha, afiliada al “alt-right” y con vínculos con figuras del Ku Klux Klan, que sin embargo fue creada en Jerusalén por dos judíos. Bannon ha sido productor y director de cine. Entre las películas que ha producido se encuentra The Indian Runner un largometraje escrito y dirigido por Sean Penn.

Bannon se ha ganado el derecho a tener un posición de gran poder en la administración de Trump, es su principal asesor y para muchos, es el verdadero presidente. Se le ha dado acceso ilimitado a equipos, foros y grupos de análisis que ningún jefe de equipo de la Casa Blanca ni asesor principal del presidente había tenido antes.

Es cierto que es una figura tenebrosa, pero…¿se le debe combatir con insinuaciones, medias verdades o hasta mentiras? Me pregunto si la mentira se debe enfrentar con otras mentiras.

El cuestionamiento anterior lo motiva un artículo de Jason Horowitz, periodista de The New York Times aparecido en dicho periódico el 10 de febrero cuyo titular reza: “Steve Bannon cita a un pensador italiano que inspiró a los fascistas”. El trabajo se refiere a una cita que hizo Bannon del filósofo italiano Julius Evola, una figura controversial de muchos matices, cuyas ideas, después de muchos escollos, fueron usadas en apoyo de Mussolini. Pero Bannon no lo citó para apoyar un punto de vista personal, sino que lo hizo durante un congreso en el Vaticano, en 2014, en un ensayo en el cual hablaba sobre las influencias que conformaron el movimiento de Tradicionalistas católicos. Una referencia bien fundamentada.

Peor aún, Horowitz cita a un profesor danés que cuestiona el interés de Bannon por la figura de Evola. Horowitz se refiere a Evola como figura oscura. Bueno, quizá para él, pero es un pensador de cierta importancia, que ha sido reivindicado anteriormente por grupos que nada tienen que ver con el fascismo. Cuestionarse el interés de Bannon por Evola, me huele a policía del pensamiento, me recuerda un profesor de personalidad que tuve en la universidad, a quien le intrigaba mi interés por las teorías de Abraham Maslow y me decía que eso era diversionismo ideológico, porque Maslow era un psicólogo burgués.

No dudo que Bannon sea un pro-nazi de ideas quizá despreciables, pero escoger el camino de la mentira o de la verdad a medias, para tratar de enfrentarlo, solamente justifica la clasificación de “alternative news” y “fake news” que peligrosamente utiliza Trump. Combatir mentira contra mentira nos conduce por esa senda tenebrosa que puede terminar en el fin del tejido institucional que por doscientos cuarenta y un años ha protegido a la democracia americana.


Roberto Madrigal