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Sunday, February 12, 2017

Senda tenebrosa


No hay dudas de que la prensa americana está tremendamente parcializada en contra del presidente Trump. Ello no justifica que a su vez Trump insista, con su lenguaje simplón, voraz y divisivo, en atacar la credibilidad de la prensa y las instituciones de inteligencia del gobierno americano. A su vez, la reacción de la prensa a este ataque se desplaza por una senda tenebrosa que podría resultar en su propia incriminación. La tergiversación y las medias verdades no llevan a ninguna parte.

Recientemente, durante una entrevista que fue trasmitida antes del Super Bowl, el periodista Bill O’Reilly le preguntó al presidente acerca de cómo establecer una relación positiva con Vladimir Putin quien, en palabras del propio O’Reilly, es un “asesino”. La respuesta de Trump sorprendió a todos. Dijo que tampoco los americanos “somos tan inocentes, también tenemos nuestros asesinos”. Lo cual es una realidad, pero nunca había sido abiertamente expresada o reconocida por un presidente americano.

En lugar de analizar con detenimiento la declaración de Trump, los congresistas demócratas, el New York Times, el Washington Post, las principales cadenas noticiosas de televisión y hasta muchos congresistas republicanos, se lanzaron a criticar al presidente por haber osado igualar moralmente a Moscú y a Washington. Lo cierto es que por más que he mirado la entrevista repetidas veces, no veo que Trump trató de igualar moralmente a Washington y a Moscú, solamente estableció un hecho, dando a entender que en la política hay que convivir con ciertas realidades desagradables. Pero la opción facilista era no analizar lo dicho, sino acusarlo de lo que no dijo.

Ciertamente, si se mira que George Bush, malaconsejado por Donald Rumsfeld, mintió sobre las armas de exterminio masivo para invadir Irak, lo que resultó en una guerra inútil que causó la muerte de miles de iraquíes y americanos inocentes, se le puede considerar un asesino. Lyndon Johnson también mintió al pueblo americano mientras preparaba unilateralmente la escalada de la guerra de Viet Nam, durante las elecciones de 1964, presentándose como un pacifista y acusando a Goldwater, una figura compleja, como un guerrerista sin conciencia, cuando él ya tenía decidido el destino de miles de americanos y vietnamitas.

Pero el problema mayor de la prensa americana es Stephen Bannon. El máximo responsable de la victoria de Trump. Un individuo a quien se le ve como la sombra detrás del poder, la eminencia gris, el equivalente del Padre José de Trump.

François Leclerc du Trembay, conocido como el padre José, fue el hombre que manipuló los hilos del poder durante el periodo que el Cardenal Richelieu dominó la política francesa. Fue prácticamente el creador de las fuerzas de la seguridad del estado, el antecesor de la Stasi, la KGB, etc. Fue el poder tras el poder, de él viene la frase “eminencia gris”, que se le otorgó por el color del hábito de los monjes capuchinos, y para mayor información, se debe consultar el libro de Aldous Huxley, titulado Eminencia gris.

Bannon es escurridizo. Es un hombre renacentista, muy inteligente. Se le acusa de fascista, antisemita, extremista y racista. Todo lo cual puede ser cierto, pero hasta ahora solamente se le ha podido probar que es culpable por asociación. Dirige la revista digital Breitbart News, que es una publicación de ultraderecha, afiliada al “alt-right” y con vínculos con figuras del Ku Klux Klan, que sin embargo fue creada en Jerusalén por dos judíos. Bannon ha sido productor y director de cine. Entre las películas que ha producido se encuentra The Indian Runner un largometraje escrito y dirigido por Sean Penn.

Bannon se ha ganado el derecho a tener un posición de gran poder en la administración de Trump, es su principal asesor y para muchos, es el verdadero presidente. Se le ha dado acceso ilimitado a equipos, foros y grupos de análisis que ningún jefe de equipo de la Casa Blanca ni asesor principal del presidente había tenido antes.

Es cierto que es una figura tenebrosa, pero…¿se le debe combatir con insinuaciones, medias verdades o hasta mentiras? Me pregunto si la mentira se debe enfrentar con otras mentiras.

El cuestionamiento anterior lo motiva un artículo de Jason Horowitz, periodista de The New York Times aparecido en dicho periódico el 10 de febrero cuyo titular reza: “Steve Bannon cita a un pensador italiano que inspiró a los fascistas”. El trabajo se refiere a una cita que hizo Bannon del filósofo italiano Julius Evola, una figura controversial de muchos matices, cuyas ideas, después de muchos escollos, fueron usadas en apoyo de Mussolini. Pero Bannon no lo citó para apoyar un punto de vista personal, sino que lo hizo durante un congreso en el Vaticano, en 2014, en un ensayo en el cual hablaba sobre las influencias que conformaron el movimiento de Tradicionalistas católicos. Una referencia bien fundamentada.

Peor aún, Horowitz cita a un profesor danés que cuestiona el interés de Bannon por la figura de Evola. Horowitz se refiere a Evola como figura oscura. Bueno, quizá para él, pero es un pensador de cierta importancia, que ha sido reivindicado anteriormente por grupos que nada tienen que ver con el fascismo. Cuestionarse el interés de Bannon por Evola, me huele a policía del pensamiento, me recuerda un profesor de personalidad que tuve en la universidad, a quien le intrigaba mi interés por las teorías de Abraham Maslow y me decía que eso era diversionismo ideológico, porque Maslow era un psicólogo burgués.

No dudo que Bannon sea un pro-nazi de ideas quizá despreciables, pero escoger el camino de la mentira o de la verdad a medias, para tratar de enfrentarlo, solamente justifica la clasificación de “alternative news” y “fake news” que peligrosamente utiliza Trump. Combatir mentira contra mentira nos conduce por esa senda tenebrosa que puede terminar en el fin del tejido institucional que por doscientos cuarenta y un años ha protegido a la democracia americana.


Roberto Madrigal

Monday, January 30, 2017

Una reseña crítica sobre mi libro


A continuación reproduzco la reseña que sobre mi recién publicado libro hizo Carlos Espinosa Dominguez, crítico de cine, teatro y literatura y profesor universitario. La reseña fue publicada en la revista digital Cubaencuentro el viernes 27 de enero.

El cine desde la otra orilla
A lo largo de varios años, Roberto Madrigal ha escrito puntualmente comentarios sobre las películas que ha visto. Acaba de recopilar esos textos en un libro, que refleja su experiencia como espectador

Carlos Espinosa Domínguez, Mississippi | 27/01/2017 


Roberto Madrigal es lo que se dice un cinéfilo fidedigno. Solo alguien merecedor de ese nombre es capaz de falsificar un pase de crítico para asistir a proyecciones a las que, de otro modo, no tendría acceso. Solo quien ama mucho el cine puede recorrer en auto, en medio de la lluvia, 177 kilómetros (y otros tantos a la vuelta), para ver la única presentación en su zona de un filme de Abbas Kiarostami. De esa pasión tienen constancia los lectores de este diario, pues desde enero de 2012 Madrigal publica puntualmente los comentarios de las películas que ve. Antes lo había hecho, aunque no de manera regular, en Linden Lane MagazineEl Miami HeraldCafé FuerteThe Cincinnati Enquirer, así como en su blog, Diletante sin causa.
En Críticas desde afuera (Término Editorial, 2016, 415 páginas), Madrigal ha recogido esa faena suya (no sé si está todo lo escrito por él a lo largo de estos años). El recuento que hace en su voluminoso libro refleja su experiencia personal como espectador. Aun así, es tan amplio como diverso y proporciona un panorama bastante representativo de las cinematografías, corrientes y directores que hoy marcan el rumbo de la producción audiovisual. Ese repaso es también una prueba de que Madrigal no ha dejado escapar cuanto estreno merece la pena.
Para quien no sepa nada sobre el autor de Críticas desde afuera, apuntaré que Madrigal es psicólogo. Esta otra actividad que tanto disfruta la realiza para dar cauce a su pasión por el séptimo arte, imaginando las películas desde la lectura. Se define como un crítico autodidacta, que se formó a través de los libros del francés André Bazin (¿Qué es el cine?), el norteamericano Andrew Sarris (El cine americano) y el cubano Guillermo Cabrera Infante (Un oficio del siglo XX). Y también, con todas las películas que vio en la Cinemateca de Cuba, en la etapa en que era dirigida por Héctor García Mesa. En la introducción de su libro, confiesa que nunca ha hecho vida gregaria con directores, guionistas y otros críticos, aunque a algunos los conoce superficialmente. En ese sentido, apunta: “Quizá eso me da una libertad de expresión inusitada. Puedo decir lo que quiero sin temor de ofender, aunque a veces sin querer ofenda”. Asimismo, dice estar acostumbrado a hacer las cosas por su cuenta y que es responsable de seleccionar los filmes que comenta.
En las páginas que sirven de introducción al libro, tituladas “El cine visto desde la otra orilla”, Madrigal describe en estos términos su concepción de lo que José Martí llamaba el ejercicio del criterio: “Pienso que una buena crítica tiene que informar, intrigar e interpretar. La información pone a la película en contexto, no solo la trama y los personajes, sino los realizadores y los actores también. Se intriga narrando un poco de la trama y comentando el curso del guión, de la edición y de la temática. Luego es requerido que el crítico interprete, que dé su opinión sobre los aspectos técnicos y de contenido que se hayan logrado o no, pero en una forma que suscite a la discusión. Que ofrezca una opinión personal y fuerte, pero que se exponga abierto a otros discursos”. Quienes lean los textos que publica semanalmente en este periódico, comprobarán que no se trata de meras palabras, sino de un decálogo que él aplica escrupulosa y eficientemente.
Los textos de Madrigal cumplen un requisito primordial: están redactados con un lenguaje periodístico claro y comprensible. No hallamos en ellos la más mínima pretensión de hacer literatura, lo cual quedaría fuera de lugar en un periódico. Cuando digo esto no quiero decir, desde luego, que no estén correctamente escritos, que lo están, sino que su autor no emplea un discurso rebuscado. Recuérdese que él mismo anota que uno de los propósitos que busca es informar, y para ello se vale de un lenguaje idóneo para tal fin. Igualmente, es oportuno recordar que se dirige a un lector común, no a un público especializado ni a la gente de la profesión. Una razón más para que, como vehículo, se sirva de un lenguaje accesible, que le asegura una comunicación directa y eficaz con su destinatario.
Sabe argumentar su satisfacción o su desagrado
Me remito de nuevo a las palabras de la introducción que antes cité. Madrigal dedica parte del espacio a interpretar y expresar su opinión sobre los distintos aspectos artísticos y técnicos que intervienen en una obra cinematográfica. En ese sentido, sus juicios están debidamente razonados. No se dedica a desgranar adjetivos o descalificativos, sino que demuestra por qué una película es buena o por qué no lo es. Busque el lector cualquiera de los textos que ha publicado en este periódico y verificará lo que digo. Por supuesto, se puede no estar de acuerdo con su valoración –este cronista confiesa que, en ocasiones, disiente de ella–, pero no puede negársele que sabe argumentar su satisfacción o su desagrado. Eso es, en definitiva, lo que corresponde reclamarle a un crítico: no que coincida con nosotros, sino que sea capaz de fundamentar su opinión.
Esa capacidad analítica que despliega en sus comentarios, en buena medida hace de ellos textos didácticos, entendido este término en su acepción más noble. Madrigal enseña al lector cómo se deben ver las películas. Pero lo hace sin petulancia, sin el aire de un maestro que pontifica. En eso tiene bastante que ver el estilo claro, conciso y ameno adoptado por él. Por otro lado, demuestra competencia para expresar ideas atinadas con unas pocas palabras: “Takashi Miike es un genio que no se toma en serio”; “A Most Dangerous Method es muy simplista para ser historia y muy poco imaginativa para ser buena ficción”; “Un poco de ambigüedad y especulación y otro tanto de riesgo le hubieran venido bien a Lincoln, pero timorato, Spielberg se limitó a un didactismo histórico muy reverencioso”; “Alejandro González Iñárritu se ha hecho famoso por convertirse en la versión hollywoodense del pensador profundo”.
El autor de Críticas desde afuera es, desde muy joven, un cinéfilo voraz. Eso quiere decir que ha visto muchas películas, entre las cuales figuran unas cuantas de las que se consideran capitales en la historia del séptimo arte. La asistencia regular y continuada a las salas como espectador ha contribuido en no poca medida a su formación. Él, además, se ha pertrechado de un conveniente caudal de cultura e información, que le proporciona la visión teórica y el distanciamiento necesarios. Este último aspecto es esencial en la faena crítica, en la que el voluntarismo y la improvisación no tienen cabida. Un creador puede “tocar de oída”; un crítico no. De no poseer la cultura cinematográfica que posee, Madrigal difícilmente podría valorar lo que la cinta húngara Son of Saul aporta de nuevo al cine sobre el Holocausto. De igual modo, tampoco podría justificar por qué The Hateful Eight representa una obra débil dentro de la filmografía de Quentin Tarantino.
Es también de elogiar en estos textos la independencia de criterios que mantiene su autor. En más de una ocasión va a contracorriente y no duda en expresar opiniones que discrepan con la mayoría de sus colegas. Quiero ilustrar esto con un ejemplo muy reciente, y que por ello no está incluido en el libro que aquí se reseña. Es el que dedicó al filme norteamericano La La Land, que ha concitado el entusiasmo unánime de los comentaristas y acaparado un carajal de nominaciones en los Oscar. Madrigal no comparte esas encomiásticas valoraciones y hace lo que acostumbra: expone su disconformidad con elementos de juicio.
“En unos párrafos no se puede hacer crítica seria de una película, y ese es el espacio de los periódicos. Una crítica total son cuatro páginas en una revista especializada. Lo otro en el fondo es una frivolidad, a la que jugamos, pero una frivolidad… La crítica diaria es una ficción”. Esas palabras pertenecen al director español Jaime Chávarri y las traigo a colación porque ilustran una confusión: no es lo mismo la crítica que se redacta para un diario que aquella destinada a una publicación especializada. Esta última aparece a posteriori, cuando ya el filme en cuestión ha bajado de cartelera. Su análisis es por eso mucho más riguroso y técnico, y se dirige a un público lector iniciado. La otra, en cambio, por su propia inmediatez funciona como un proceso de acción-reacción. Aunque no renuncia a dar valoraciones, la anima un fin informativo y de mediación entre el filme y su destinatario. Cuando está hecha profesional y rigurosamente, cumple ese propósito y el lector lo agradece.
Pienso que los textos que Madrigal ha recopilado en Críticas desde afuera son una prueba de que sí se pude realizar una labor crítica competente y útil desde un órgano diario. Todo está en que no sea un balbuceo de diletante, sino una faena hecha con conocimiento, responsabilidad y profesionalismo.


Sunday, January 15, 2017

La emigración como arma política


El pasado 12 de enero, el presidente saliente Barack Obama derogó la enmienda presidencial conocida como “pies secos/pies mojados”, que fue una revisión a la Ley de Ajuste Cubano de 1966. Esta medida expresaba que todo cubano que llegara a las costas de Estados Unidos (“pies secos”) tendría derecho a la residencia americana al cabo de un año de estancia en este país, sin mucha indagación. Aquellos interceptados en altamar, serían devueltos de inmediato a la isla.

La ley vino poco después del explosivo movimiento migratorio conocido como el “Maleconazo”, ocurrido en 1994 y que, entre otras cosas, llevó a miles de cubanos a residir temporalmente en la Base Naval de Guantánamo. La idea de esta enmienda, que es un decreto presidencial promulgado por el entonces presidente Bill Clinton, era limitar la entrada de cubanos a los Estados Unidos, ya que como la mayoría venían por mar, al devolver a los interceptados, se reduciría el número de inmigrantes y asustaría a otros balseros potenciales.

Como siempre sucede, la cosa salió al revés. Los cubanos buscaron la forma de darle la vuelta a la enmienda y al cabo de un tiempo entraban por todas partes, desde las fronteras mejicana y canadiense, hasta llegando en vuelos desde Europa y Latinoamérica, y más recientemente mediante esos largos peregrinajes que empiezan por países que aceptan a los cubanos sin exigirles visado. Esto fue posible gracias a la maniobra de Raúl Castro en 2013, de eliminar el permiso de salida.

Como esta enmienda fue un decreto presidencial, el presidente Obama pudo eliminarla de un golpe y sin necesidad de consultar al congreso. La Ley de Ajuste Cubano, por ser una ley emitida por el congreso, requiere un proceso más lento y arduo. O sea que, básicamente volvemos al status de 1994. Los cubanos mantienen cierto grado de excepcionalidad, solamente que ahora, hay que probar la necesidad de asilo político. Aunque todo está en cuán estricto se va a implementar la política. Todavía los cubanos mantienen privilegios inimaginables al resto de los latinoamericanos.

Esta derogación venía cocinándose hacía rato. No por gusto Raúl Castro eliminó el permiso de salida. Con ello, no solo le pasaba la papa caliente de los emigrantes a los otros países, sino que preparaba el terreno para exigir ciertas concesiones al gobierno americano como parte de la normalización de relaciones.

Sin embargo, es curioso que muchos cubanos que residen en los Estados Unidos, están contentos con esta medida (la mayoría aun no la ha entendido bien), pues lamentan que desde entonces, están llegando muchos cubanos que temen declararse exiliados políticos, que inmediatamente que obtienen residencia regresan de visita a la isla a llevar dinero y a crear negocios que a la larga favorecen más a los gobernantes que al pueblo y que se han infiltrado miles de espías y agentes castristas que ahora se pasean por Miami creando negocios fraudulentos bajo instrucciones del gobierno de Castro. Si uno oye muchas de las opiniones, tal parece que todo el que llega es un agente disfrazado.

Los cubanos parecemos ser el único grupo nacional que se opone al bienestar de su propia gente. En realidad, sin negar que todo lo dicho arriba tiene mucho de verdad, qué porcentaje de los que llegan son en realidad delincuentes o espías y que porcentaje son gente trabajadora que viene a hacer lo mejor que pueden para mejorar sus vidas. No se sabe, porque la prensa manipula todo esto para sus ratings. Inventan historias de todo tipo (o más bien se centran en ellas), desde bombas lacrimógenas por el sufrimiento de los que pasan trabajo para llegar, como “trabajos investigativos” sobre los delincuentes que vienen a estafar a las instituciones americanas y a los contribuyentes. Casi todos basados en medias verdades, ofreciendo muy pocos datos comprobables y explotando la sensibilidad del lector o de la teleaudiencia.

Espías, delincuentes, gente trabajadora, perseguidos políticos y muchos otros tipos y estereotipos han llegado a estas costas durante estos 58 años. Nada ha detenido ese proceso. Todos los gobernantes americanos (algunos a su pesar), han sido extremadamente generosos con los cubanos en cuanto a privilegios migratorios. Solamente en los ocho años de Obama, 250,000 cubanos han obtenido residencia americana. Nada ha evitado que Castro (ambos), utilice la emigración como un arma de negociación, la más efectiva con la cual cuenta el gobierno cubano, que cada cierto tiempo inunda de inmigrantes ilegales a los Estados Unidos (léase Camarioca, Mariel, Maleconazo y los últimos grupos llegados a través de Centroamérica). Esta medida de Obama no es más que parte de un paquete de concesiones en un proceso diplomático (estar a favor o en contra de ese proceso ya es tema de otra discusión). Falta ver que Cuba cumpla con recibir a todos los que los americanos quieran devolver y a qué velocidad se desarrolla el proceso.

Más dura me parece la derogación del parole a los médicos que andan en misiones fuera de Cuba y quieren reasentarse. Esta es una medida tomada por Bush en 2006. Los médicos han sido la mayor mano de obra barata de la que el gobierno cubano se ha beneficiado y por muchos años no se les permitió salir del país. Ahora quedan de nuevo en el desamparo. Sin embargo, nadie habla de ello. Eso es en apaciguamiento al lamento perenne de que los Estados Unidos le roban los cerebros.

Ahora vendrán las historias sensibleras sobre los que han quedado en el camino, muy triste de verdad, pero parte del daño colateral y a la hora de irnos de la manera que nos vamos los cubanos, tenemos que contar con la posibilidad de que ello ocurra. Pero ya se buscará solución a este lado trágico de los acontecimientos.

Lo que más me asombra es que muchos cubanos se alegren de que mucha gente no pueda llegar, sobre todo los que se han beneficiado de esa misma medida. Es cierto que hay muchos delincuentes y agentes viniendo, pero, ¿acaso son mayoría?. Quizá solo sean los más visibles.  Por otra parte, ¿cómo alegrarse de la desgracia de los que vienen de verdad a buscarse la vida y los que son legítimos perseguidos políticos?

Cuando Dios anunció la próxima destrucción de Sodoma, Abraham le cuestionó si destruiría toda la ciudad aunque hubiera al menos cincuenta justos entre ellos. Dios le dijo que no y Abraham siguió negociando: “He aquí, ahora me he atrevido a hablar al Señor, yo que soy polvo y ceniza…No se enoje ahora el Señor, y hablaré solo esta vez; tal vez se hallen allí solo diez justos. Y el Señor le respondió no la destruiré por consideración a los diez” (Génesis 18: 16-33). Parece que los cubanos que están ya aquí no encuentran ni un justo entre los que llegan.

Tampoco vale el argumento de que ahora tendrán que rebelarse al no poder venir. El problema de Cuba no es solo la emigración, es la compleja realidad que vive la oposición, mayormente desconocida, sin poder de convocatoria, no confiable para mucha gente (más allá de lo genuino que pueda ser la oposición), sin legitimidad determinante, sin apoyo militar, sin una organización nacional y sin medios de combate (me refiero a medios de prensa de amplia divulgación y elementos similares). Los cubanos seguirán viniendo. Incluso si ahora tienen que pasar algunos meses en una cárcel de inmigración antes de ser liberados. Estoy seguro que muchos prefieren pasar seis meses en detención aquí en los Estados Unidos que una semana en Varadero. Emigrar es la única salida inmediata a los problemas políticos y económicos que padecen los cubanos de a pie.


Roberto Madrigal

Tuesday, January 3, 2017

Los mejores estrenos de 2016


Otro año que termina, otra lista que se completa. La lista, entendida como provocación y divertimento, es siempre valiosa. Es algo a lo que uno puede volver y hasta informarse como los gustos propios van cambiando, que no necesariamente evolucionando, con el tiempo.

De nuevo cuento con la colaboración de mi amigo Orlando Alomá para no adentrarme en esta empresa en solitario. Ojalá los lectores se animen y hagan también su aporte. Nada es más enriquecedor que la diversidad de opiniones, así si alguna película se me ha escapado, podrían llamarme la atención al respecto.

Este ha sido un año bueno para el cine independiente americano Mientras las grandes productoras de Hollywood continúan alardeando falta de imaginación, produciendo múltiples secuelas, precuelas, filmes derivados de otros y más sobre lo mismo, el cine independiente ha producido varios filmes excelentes. No solamente los que caen en esta lista, sino otros que, si bien no hicieron la lista, quedaron bien cerca. Esta es la primera vez, desde que publico estas listas, que una película americana se lleva el primer lugar.

Como en años anteriores, mantenemos las bases de nuestra selección. Se limitan a lo estrenado en el año 2016 que está disponible a cualquier espectador normal en cualquier ciudad de los Estados Unidos, que puedan ser accesible en las salas de cine, en streaming, On Demand o en DVD durante el año.

A continuación, está la lista de Alomá, con la pequeña introducción con la cual la presenta.

No es que cada vez voy menos al cine, es que cada vez tengo menos ganas de ir. Son muy pocas las películas, aun las buenas, que no alborotan mi impaciencia por que se acaben ya, sobre todo si son lentas y pasivas, por no mentar las que exceden las dos horas y pico. (El Ciudadano, de Orson Welles, no llega a dos horas.) Una lástima, lo reconozco, para quien ha disfrutado tanto tiempo de su vida en la penumbra, Pero así y todo, entre, no lo mejor, sino lo que más me gustó del 2016 pudiera haber algunas en que me contradigo. (En lo que sí van a tener que romperse la cabeza los que escogen a los nominados al Oscar y otros grandes premios, es en las categorías de actores. Este año las buenas, óptimas actuaciones se dieron como la verdolaga. Y eso, como ya advertí, sin contar las que no vi.). Sin más, aquí va mi lista, por orden alfabético, y que perdonen los que pudieran estar ausentes a causa de mi abulia.
Café Society (Director: Woody Allen, EE.UU.) 2016
El Club (Director: Pablo Larraín, Chile) 2015
Eye in the Sky (Director: Gavin Hood, Gran Bretaña-Sudáfrica) 2015
Hell or High Water (Director: David Mackenzie, EE.UU.) 2016
The Innocents (Director: Anne Fontaine, Francia-Polonia) 2016
Love and Friendship (Director: Whit Stillman, Irlanda/Francia/Holanda) 2016
Manchester by the Sea (Director: Kenneth Lonergan, EE.UU.) 2016
Moonlight (Director: Barry Jenkins, EE.UU .) 2016
Our Little Sister (Director: Hirokazu Koreeda, Japón) 2015
Son of Saul (Director: László Nemes, Hungría) 2015

Mi lista, en orden de predilección (puede que si la hago mañana le cambie algo, aunque las primeras cinco son intocables e inalterables):

1.- Moonlight (EE.UU. 2016). Dir. Barry Jenkins
2.- Toni Erdmann (Alemania/Austria/Rumania 2016.) Dir: Maren Ade
3.- Son of Saul  (Hungría 2015). Dir: László Nemes
4.- Hell or High Water (EE.UU. 2016).  Dir: David Mackenzie
5.- Things to Come  (Francia/Alemania 2016).  Dir: Mia Hansen-love
6.- Dheepan  (Francia 2015).  Dir Jacques Audiard
7.- Manchester by the Sea (EE.UU. 2016).  Dir: Kenneth Lonergan
8.- The Treasure  (Rumanía/Francia 2015).  Dir: Corneliu Porumboiu
9.- Theeb (Emiratos Arabes Unidos/ Catar/ Jordania/Gran Bretaña 2014). Dir: Naji Abu Nowar
10.- Demon  (Polonia/Israel 2015).  Dir: Marcin Wrona

Como apunta Alomá más arriba, ha sido un año de extraordinarias actuaciones. A la hora de repartir premios, muchos serán los merecedores. Ha sido también un año en el cual se ha demostrado que se puede hacer un cine excelente sin necesidad de grandes despilfarros financieros. De hecho, creo que las dieciséis películas listadas son excelentes ejemplos de guiones imaginativos, de dirección novedosa y de muy buena fotografía, así como del uso adecuado de los más elementales recursos cinematográficos que los directores enfocados en los efectos especiales, la grandiosidad temática y el didactismo, olvidan.
(Este artículo salió publicado en Cubaencuentro el 3 de enero de 2017)


Roberto Madrigal

Monday, December 26, 2016

Sexto aniversario


Hoy se cumplen seis años que comencé a publicar este blog. En diciembre de 2010, no tenía una idea clara de lo que iba a hacer. Pensé en un principio publicar reseñas de películas y quizá de libros, así como cualquier cosa que se me ocurriera. Como digo en el título del blog, es un foro para expresar opiniones que nadie ha pedido.

Como todas las cosas el blog cobró vida propia y me fui impulsando a otros temas, sobre todo de política cultural cubana y de política como tal. Dos cosas de las cuales en realidad no sé mucho y sobre las cuales especulo bastante, pero para mi sorpresa, cada vez hay más lectores. Es a ellos a quien les quiero agradecer el tiempo que me dedican y la motivación que me dan para continuar. Confieso que a veces, sobre todo con los temas relacionados con Cuba, la frustración prevalece y el ánimo se cae un poco. Pero saber que hay alguien que se interesa por lo que uno escriba (y ese feedback hay que agradecérselo a la internet, que ha hecho posible que uno sepa cuánta gente lo lee y recibir comentarios sobre lo que uno escribe y para mi son maravillosos tanto los favorables como los contrarios). Po lo tanto, de nuevo, gracias a los que les gusta lo que escribo, a los que les resulta indiferente, pero me leen y a los que detestan lo que digo.

Por supuesto, sino fuera por la ayuda que he tenido de personas que dirigen revistas digitales y editan otros blogs personales, nadie se hubiera enterado que mi blog existe. Me promocionan, luego existo. Así que repito mis agradecimientos anuales a los ya sospechosos usuales: Armengol, Ballagas, Cancio, Gálvez, Hernández Busto, Ponte, Rita Martin, Néstor DDV, (M)aldito Menéndez, Ted Henken, Teresita,  Triff,  Rogelio Fabio Hurtado, Verónica, Yoani y Zoe. A Café Fuerte, Cubaencuentro, Diario de Cuba, Penúltimos Días, el Profesor Castro y Tumiamiblog. En este grupo agrego a Cubanet (Hugo), a Primavera Digital (Juan González Febles), a Enrisco y a Libros del Crepúsculo (Rafael Rojas). Este año también le voy a agradecer mucho a Carlos A. Aguilera. También a todos los que comentan y me divulgan por Facebook, entre ellos Juansi, Jesús Rosado, Mercy Frances, Midalys Palacios, Iván de la Nuez, Jorge Dávila, Jorge Sotolongo, Liu, Idalia, Cira, Maida Donate, Nery Maceira, Regina, César Reynel, Nicolás, Rafael Saumell, Angel Velázquez y tantos otros que los omito para no hacer una lista tediosa, incluyendo a muchos que tienen mi enlace en sus blogs. Perdonen los que dejé fuera accidentalmente.

Roberto Madrigal

Tuesday, November 29, 2016

Indiferencia


He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la
locura, famélicos, histéricos, desnudos,
arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de
un colérico picotazo…
Aullido, Allen Ginsberg

Cuando un amigo me despertó poco después de la medianoche, ya veintiséis de noviembre, para anunciarme la muerte de Fidel Castro, sentí una leve alegría mental, pero en el plano emocional, no sentí absolutamente nada. Al amanecer, aproveché el fallecimiento como excusa celebratoria para encontrarme con mi amigo, el artista plástico Juansi, quien se acercaba desde Dayton para unas gestiones que debía hacer, y tomarnos un trago en el bar de un Applebee’s, mientras el resto de los comensales seguía con interés de fanáticos, el juego de fútbol colegial entre Michigan y Ohio State, que por estos lares es todo un acontecimiento, ajenos a los hechos que conversábamos.

No creo que existe otra persona que yo haya odiado más que a Fidel Castro. Es el individuo a quien considero el máximo responsable (pero no el único) de arruinar mi juventud. Desde muy joven lo responsabilicé por destruir mi universo, los sueños de mi infancia, las ilusiones de mi adolescencia y por frustrar cualquier intento de hacer mi vida siguiendo mis motivaciones. No solamente me lo hizo a mi, sino a casi todos mis amigos.

Pertenezco a una generación, o a un grupo dentro de esa generación, que sufrió todas las consecuencias de la gesta que se ocultaban tras las fotos épicas de los barbudos combatientes y de los jóvenes militantes dispuestos a cumplir las misiones que se les encargaran. Todo lo que se escondía detrás de los documentales propagandísticos del ICAIC y de la televisión cubana. De todo lo que se le ocultaba a los selectos visitantes extranjeros. Todos sabemos de qué se trataba. Las UMAP, las persecuciones y redadas callejeras contra todo el que fuera diferente, los arrestos gratuitos, las expulsiones de las escuelas, las decisiones arbitrarias respecto a qué carrera elegir o a dónde ir a trabajar, las separaciones familiares, el hostigamiento ideológico.  No vale la pena seguir anotando, cada cual puede hacer su rosario personal. Era el abismo tras la imagen del espejo mediático.

Por razones que no vienen a cuento, nunca he comprado utopías. No me interesan, no soporto un mundo en el cual todos somos lo mismo. Por eso un día me aburrí de creer en el Paraíso y en el Infierno. No me gustan las figuras mesiánicas. Quizá por eso jamás me atrajo la figura de Fidel Castro. Reconozco que fue un hombre brillante, con un carisma innegable y una retórica convincente. Un manipulador de masas sin rival. Para mi siempre fue un narcisista delirante, que involucraba a todo un pueblo en sus metas personales, para cumplir con sus delirios de grandeza. No me agradaba su sentido del humor, él se podía burlar de los demás pero nadie se podía burlar de él. Como se decía en Cuba, no tenía tabla. Jorge Semprún lo retrató en su Autobiografía de Federico Sánchez cuando señaló:  “…comenzó su discurso y a los diez minutos ya estabas hasta la coronilla de tanta castellana retórica; y es que Fidel Castro, en un país de campesinos y razas mezcladas, hablaba la lengua del Imperio, la lengua de la burguesía colonial española:…se te antojaba que era la retórica del poder populista, que no podía, ni tal vez pretendiera, suscitar comprensión cabal, sino tan solo adhesión fervorosa y admiración de los de abajo…”.

No me parecía un hombre de principios, sino de caprichos. No le veo nada rescatable al engendro que creó, porque lo que daba con una mano lo quitaba con la otra. Pienso, que lo que es Cuba ahora, es el resultado lógico del proceso que inició Fidel Castro. Pero prefiero ceñirme a lo personal.

Quizá fue que la primera vez que lo enterré resultó ser cuando en 1980 pude irme por el Mariel, tras haberme asilado en la embajada del Perú. No que dejé de ser cubano, pero dejé de ser su víctima. Con el tiempo, las decisiones del alcalde de Cincinnati y del gobernador de Ohio afectaban más mi vida personal que cualquier medida que Castro tomara en la isla. Luego lo volví a enterrar en 2006, cuando tuvo que dejar sus funciones como el ubicuo jefe de todo y disfruté mucho cuando comenzó a salir como una momia en mono de Adidas, físicamente destrozado, la negación y la caricatura del comandante en traje de campaña. Es más, deseé que siguiera vivo por largo tiempo, para que pudiera oler su mierda y tuviera que vivir como un prisionero de la cámara hiperbárica.

Me divertían sus disparatadas reflexiones. Mi odio por él no tuvo límites. Yo creo en el odio, en el odio sano que no nos arrastra. Sin odio, la noción de amor no existiría. Mi venganza fue verlo vivir sus últimos años de forma miserable.

Quizá por todo ello, su muerte verdadera me dejó impávido. También me dio ideas, que no sentimientos, contradictorios. Por un lado me alegra que al fin comienza el capítulo final del proceso de normalización de la isla, por muy doloroso que sea. Que se verán interesantes intrigas palaciegas y defenestraciones de unos cuantos impresentables, pues ya empezarán a emerger los bandos que dentro del supuesto monolito dominante, van a disputarse el poder futuro, ya cercano. Pero me molesta que se fue vencedor, porque en realidad destrozó al pueblo cubano y no pagó por ello. Murió en su casa, de alguna manera, todavía en el poder. Longevo y bien atendido.

Por supuesto que seguirá siendo una figura legendaria. Allá la Historia y los historiadores. Para mi su partida final sonó como un susurro. La parte de mi vida que me quitó ya se la había llevado hace mucho tiempo. Yo pude construir una nueva. Mi odio lo perseguirá por toda la eternidad, un odio relajado que nunca me abandona, pero que puedo dosificar a mi antojo. No tengo por qué perdonarlo. Lo siento por los cristianos que tendrán que cumplir con el mandamiento de amar al prójimo. Que lo perdonen ellos si pueden.


Roberto Madrigal

Sunday, November 13, 2016

La sorpresiva victoria de Trump


El pasado ocho de noviembre, hacia las nueve de la noche, Estados Unidos y el resto del mundo no podían creer lo que las cifras enseñaban en la televisión. Clinton no levantaba su ventaja, iba perdiendo en el conteo de votos electorales y estados tradicionalmente demócratas no acababan de inclinarse hacia ella. El tres de agosto escribí: “Olvídense de las encuestas de popularidad. Para poder ganar las elecciones, El Donald tiene que ganar Ohio, Pennsylvania y Florida.” Pues los ganó los tres. La gran sorpresa fue Pennsylvania, que no votaba por un republicano desde 1988. Lo que parecía imposible sucedió. No solo eso, sino que también se llevó el voto de Michigan y Wisconsin, estados tradicionalmente demócratas, con fuertes sindicatos obreros.

A pesar de lo que indicaban las encuestas, que nunca son del todo fiables, de tener en su contra abierta y desfachatadamente los dos diarios más importantes del país (The New York Times y The Washington Post) y dos de las tres cadenas noticiosas más vistas, Trump obtuvo la presidencia. ¿Qué pasó?

Desde las primarias republicanas, Trump fue subestimado por sus rivales. Cuando se dieron cuenta, ya era muy tarde. Se convirtió en el voto de protesta contra el establecimiento, el hombre de negocios sin relaciones políticas en la capital. Su tendencia al exabrupto, al lenguaje bananero, al insulto y al mensaje negativo, parecía que lo iba a vencer. Era su primer enemigo. Pero ganó la candidatura republicana.

Al comienzo de la campaña por la presidencia siguió siendo su primer enemigo. Parecía descontrolado e incontrolable. Su equipo de asesores no daba pie con bola y Clinton arrancó con fuerza. Pero a mitad de camino hizo un giro inesperado y genial. Nombró a Kellyanne Conway como su publicista y directora de la campaña y a Steve Bannon como su principal asesor político. Muchos se rieron. Conway tiene un estilo que parece inofensivo, pero es una magistral modeladora de imagen pública. Bannon dirige una publicación de extrema derecha, que se destaca por el amarillismo y la parcialización manipuladora de las noticias (Breitbart.com). Pero si se le mira con cuidado, está hecha extraordinariamente bien para su propósito. Bannon también dio guía y controló a Trump.

Trump desde el principio se dio cuenta de que para ganar, tanto las primarias como la presidencia, tenía que buscar el apoyo de una base dispar, que no había salido a votar con gran presencia en elecciones anteriores. Buscó a los mineros del carbón, quienes con los problemas del cambio climático ven como la explotación del carbón disminuye; se dirigió a los trabajadores de las cervecerías de Wisconsin, que pierden sus empleos por la competencia de las micro-cervecerías y el encanto seductor que para la clase media alta tienen las cervezas importadas; se identificó con los trabajadores de la industria automotriz, que ven amenazadas sus plazas con las deserciones de las plantas productoras a otros países. Les hizo promesas que probablemente no va a cumplir, pero se ocupó de ellos. Clinton los dejó a un lado.

Se dirigió a la masa obrera blanca poco educada, que ha sido olvidada todos estos años por la narrativa de la diversidad, pero que sigue siendo uno de los grupos más numerosos del país. Sabía que los evangélicos, los del Tea Party y muchos ideólogos partidistas votarían por él porque no podían arriesgar ocho años más de gobierno demócrata. Finalmente supo aprovechar la resaca de racismo que se ha despertado tras la ascendencia al poder del primer presidente afroamericano. Porque no se puede negar, a pesar de que ganó el voto popular ampliamente, de casi todos los grupos étnicos, Obama le dejó mal sabor en la boca a los WASPs, lo cual se expresó en la terca oposición partisana que el congreso republicano hizo contra todas las medidas del presidente durante todos estos años.

Por su parte, la izquierda y Hillary Clinton, están atrapados en su discurso. Han tomado una actitud de desdeño hacia la derecha, pensando que las cabezas pensantes son patrimonio de la izquierda. Se han convertido en un partido elitista cuando se supone que sea el partido de los trabajadores y de los desahuciados. Se les fue la mano haciendo hincapié en las minorías y se olvidaron de los blancos y su resentimiento. Se han refugiado en una burbuja intelectual.

Clinton tiene historia con eso. Desestimó a Obama y fue apabullada por él. Ahora hizo lo mismo con Trump. Lo vi repetidamente cuando sus asesores eran levemente confrontados por la prensa acerca de sus problemas con los e-mails, con su salud, con la fundación Clinton. Simplemente se limitaban a decir que eso no tenía importancia. Se olvidaron del poder de la imagen pública. Pensaron que la nación entera se había graduado en Harvard.

Más allá de la plataforma del partido, Clinton no expuso un plan político coherente. Todos sabemos dónde se ubicó Trump: el muro, detener la inmigración árabe, acabar con el Obamacare, etc. Pero nadie puede exponer con claridad ninguna posición de Clinton. Su mensaje no llegó a nadie. Por otra parte, la defensora de los pobres cobraba cientos de miles de dólares por ofrecer discursos en Wall Street. Su presencia pública no se gana la empatía de nadie. Es fría y luce demasiado calculada. Trump polariza, Clinton no motiva.

El presidente Trump tendrá que ser muy distinto al candidato Trump. Ya ha comenzado a desdecirse. Tendrá que ir hacia el centro. Como hombre de negocios, acostumbrado a la eficiencia de las negociaciones cuando el fin es el lucro, tropezará ahora con una entidad desconocida para él: la burocracia de Washington, para la cual el “arte de la negociación” no funciona. No basta con agitar y amenazar. Tendrá que nombrar un equipo capaz y en cual haya individuos con los que no está de acuerdo. Su mayor ventaja es que no tiene ideología y cambia de parecer de la noche a la mañana. Pero todo lo que presentó como sus virtudes durante la campaña, incluyendo su falta de experiencia en el gobierno, puede convertirlo en un presidente peligroso. Como no tiene el voto popular, pues tiene que darse cuenta que su mandato es limitado y tiene que tener mucho cuidado y no dividir el país aún más de lo que está.

No puedo tener la visión estalinista de individuos como Zizek, para quienes el “bien mayor” tiene más importancia que el destino de los individuos. Muchos apuestan al fracaso de Trump para que se reorganicen los partidos, sobre todo la izquierda, buscan una radicalización hacia Bernie Sanders. Una cosa es vigilar la gestión presidencial de Trump y salirle al paso cuando tome el mal camino, otra cosa es desearle que le vaya mal, porque eso afecta al país como conjunto. Solo queda esperar que las instituciones democráticas funcionen y no bajen al nivel de lo que se vio durante la campaña. Habrá que sufrir lo mejor posible a un presidente que posee un vocabulario de unas cinco palabras.


Roberto Madrigal