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Monday, April 6, 2015

La pose, la prosa y la guerra


Hay una secuencia en El ciudadano, en la cual Charles Foster Kane, que interpreta Orson Welles, ha enviado a un corresponsal a La Habana para que reporte lo que él anticipa de la guerra en Cuba, poco antes de que entraran los americanos en la contienda, y Kane recibe un telegrama de Wheeler, su corresponsal y le pide a su asesor Bernstein que se lo lea. Bernstein va leyendo: “Las mujeres son deliciosas en Cuba. Stop. Le pudiera enviar poemas en prosa sobre el paisaje, pero no quiero despilfarrar su dinero stop. No hay guerra en Cuba. Firmado Wheeler”. Kane, calmadamente, le dice a su asesor que tome nota y le envíe una respuesta a Wheeler, y le dice a Bernstein que escriba: “Tú envía la prosa que yo pongo la guerra”.

La secuencia es una imagen de una anécdota real en la cual William Randolph Hearst, el magnate de la prensa americana que representa el personaje de Kane en El ciudadano, en una situación similar en 1897, recibió una nota del fotógrafo Frederick Remington, al cual había enviado a Cuba, en la que este le pide que lo deje regresar a Estados Unidos porque en Cuba no encontró señales de guerra y Hearst le contestó: “Tú encárgate de mandar las fotos, que yo pongo la guerra”.

A casi cuatro meses del anuncio del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, tras varias reuniones entre Roberta y Josefina, la naturaleza parece imitar al arte. En este caso, Cuba pone la pose, la prosa y la guerra, mientras que Estados Unidos hasta ahora solo provee una pose displicente.

No que no lo hubiera anticipado, pero evitando el simbolismo de que el restablecimiento indicara una rendición de los “valores y principios revolucionarios”, el general a quien no le importa tener quien le escriba, ha vuelto a poner al país en pie de guerra ante la posible invasión de los turistas y bienes de consumo americanos.

Primero adopta la pose de hombre soberbio, que ha tomado la decisión sin abandonar sus principios y para demostrar que no le teme al enemigo del cual dice no necesitar nada. Esta pose la asumirá nuevamente esta semana en la cumbre panameña, donde seguramente saludará con fría cordialidad al mandatario americano para luego denunciar, cuando le toque su turno ante los micrófonos, todas las pérfidas ideas de los imperialistas en sus deseos de eliminar los ideales revolucionarios de América Latina, que dirá encarnan los pueblos de Cuba y Venezuela en las figuras de sus líderes. Por supuesto él y Maduro.

La prosa ha surgido rabiosamente en los centros de trabajo de la isla, en los cuales se ha exigido de los trabajadores que firmen cartas, redactadas por el partido, denunciando la política de Obama hacia América Latina. También se han hecho repartir documentos que deben ser apoyados por los colectivos laborales, indicando la fidelidad a los principios del Che y de Fidel. Hoy en Cuba todo el mundo firma.

Por último ha declarado su guerra contra los opositores, aumentando los arrestos arbitrarios en los últimos dos meses. No hay tregua con el enemigo. Hay que defender la ideología en la cual ya nadie cree y si bien el general Castro es incapaz de sonar convincente, en parte porque ni él mismo se lo cree y en parte por su falta de capacidades histriónicas y su poco carisma, pues sus acciones de violencia grotesca tienen que resultar persuasivas. Es parte de su lucha por la supervivencia, mientras espera que la erosión del tiempo se lo lleve junto con sus secuaces y que después venga el diluvio.

Los americanos posan de calmados y mantienen su línea de ataque, que no es más que una búsqueda de posicionamiento para una vez que la biología cumpla su trabajo, tener una influencia en la isla y aprovecharse y dominar las oportunidades de comercio que se abran una vez que esta vuelva a comportarse como su vecino natural. Al mando de quién importa poco.

Mientras tanto, la población sigue soñando que un milagro solucione sus problemas. Con solo la impotencia en sus manos y sin posibilidades de tener influencia alguna, esperan que esta vez sea el viento del norte el que provoque el movimiento de Lola.


Roberto Madrigal

Sunday, March 22, 2015

Las cosas como fueron


Hay periodos históricos de los cuales se sabe bien poco, porque los vencedores no solamente los cubrieron con su discurso, sino que eliminaron toda otra forma de documentación. Son periodos de los cuales se llega a saber un poco, mucho después que sucedieron y si acaso los protagonistas se deciden a desempolvar la memoria y a narrar lo que recuerden antes de que sus vidas caigan en la amnesia de la historia.

Ahora que Leonardo Padura parece haberse convertido en la plañidera oficial de la pérdida de los buenos tiempos de la revolución cubana, recordando lo bien que se vivía en los ochenta y minimizando las atrocidades de la UMAP, vale la pena recordar un poco como era la historia cotidiana del individuo que existía envuelto en la narrativa épica de la Historia. Cuando todo lo que se escribía era con mayúscula y las definiciones no aceptaban matices.

En lo personal puedo recordar algo de la década de 1968 a 1978, cuando tras haber eliminado el último vestigio de oposición interna seria, con el dossier de la “microfracción”, un episodio bastante poco estudiado, Castro consolidaba su poder, desatando la “Ofensiva Revolucionaria” en su discurso del 13 de marzo de1968 hasta que en 1978 comenzaron a regresar los “gusanos” esta vez convertidos en mariposas que cargaban en sus alas maletas de llenas de ropa, la vida en esos tiempos fue difícil y sin opciones.

Si escuchamos a los bolcheviques nostálgicos, parece haber sido un periodo heroico, en el cual el pueblo se encontraba dedicado por entero a la construcción del socialismo y el hombre nuevo, a las causas internacionalistas y al desarrollo de nuevas expresiones artísticas. Pero la realidad para la gran mayoría, o al menos para mí y mis amistades (decir mi generación sería quizá demasiado pretencioso), era bien distinta.

La opción de salida del país desaparecía. Los llamados vuelos de la libertad terminarían a finales de 1971 o principios de 1972 (no importa mucho, esto no es un recuento histórico, sino personal) y mucha gente que había solicitado la salida del país, ahora tendrían que quedarse porque se les negaba el permiso o por falta de visa y tenían que reintegrarse a sus trabajos con una inmensa mancha en su expediente. Muchos serían reasignados a trabajos más difíciles. Conozco quienes pasaron de trabajadores de la cultura (músicos, editores) a dependientes o cajeros de cafeterías o a trabajar en la agricultura o la construcción.

El Caso Padilla nos cayó encima como un inmenso bloque. A partir de ahí, cualquiera que tuviera ideas de dedicarse a la creación literaria, tenía que optar por el pacto o por la gaveta. El pacto era una forma de engavetamiento oficial, porque en realidad muy pocos de los que se resignaban a transar podían publicar. La prensa, las editoriales, el papel y la tinta eran para los militantones. El resto del tiempo era pasárselas huyendo a la vigilancia de los comités, en una época en que si unos amigos se reunían dos o tres noches seguidas o alguien se quedaba a dormir en tu casa más de dos días ello era considerado como actividad subversiva y reportado a las autoridades (a no ser que el presidente del CDR fuera tu amigo y te advirtiera).

Las posibilidades de viajar al extranjero eran exclusivamente a través de viajes oficiales distribuidos por las autoridades ideológicas de las distintas empresas, tras pasar el intenso escrutinio de la seguridad del estado, lo que reducía esto a un privilegio de muy pocos (deportistas y algunos artistas). O sea, el pueblo se encontraba completamente aislado del resto del mundo. “Contacto con extranjeros” era un delito punible e incluso a muchos técnicos extranjeros de los entonces países socialistas que venían a trabajar a la isla, se les advertía que no establecieran relaciones con los cubanos. Lo supe por mi vecino ruso, que me lo confió mientras miraba para todas partes.

En los cines se estrenaban unas treinta y cinco películas al año. Lo sé porque un amigo y yo llevábamos la cuenta. El contenido de lo que se proyectaba era estrictamente controlado. La producción nacional de largometrajes era muy limitada y por supuesto sobrecargada de contenido ideológico.

Los graduados universitarios eran, en su mayoría, ubicados por el Ministerio del Trabajo a conveniencia de este. Además, se seguía una política de enviar a los graduados lejos de su lugar de origen. Por supuesto, antes de eso, entrar en un gran número de carreras era selectivo por motivos políticos, para lo cual se utilizaban los informes de los CDR (cuidado con caerle mal al jefe de vigilancia de la cuadra porque te podía desgraciar la vida). Creo que en esa época comenzó a desaparecer la palabra vocación del diccionario cubano. Uno sobrevivía como podía.

Obviamente, siendo el ser humano lo que es, siempre algún amigo bien ubicado le resolvía a otro un trabajo o una prebenda. No todos los funcionarios eran monstruos, porque eso es imposible.

No voy a abundar respecto a la carestía de los más elementales productos de consumo diario, desde papel higiénico (decíamos tener los anos más instruidos del mundo, porque nos limpiábamos con hojas de libros y papel de periódico), desodorante, pasta de dientes y jabón, hasta ropa y comida. Lo que sí era una epopeya era conseguir algo para tener comida hasta fin de mes.

Estando la prensa plana y la televisiva totalmente controlada, así como las fuentes de datos para cualquier tipo de estudio, ¿Cómo es posible documentar el período? Será y ha sido ya un poco, a partir de obras literarias o filmes concebidos quizá entonces, pero realizados muchos años después, cuando muchos escritores y artistas pudieron huir en masa.

Ahora que el totalitarismo se disfraza con nuevos ropajes, ya despojados de la significatividad de las mayúsculas, el papel de los amanuenses se reduce y temen enfrentar una realidad a lo cual no están preparados. ¿Será eso lo que extraña Padura?

Por supuesto, lo anterior es solamente parte de una experiencia personal y la vida es muy contadictoria, no es que debido a esto uno se pase el día deprimido, de hecho, creo que por muchas razones, el verano de 1978 fue probablemente el más divertido de mi vida en medio de todo eso, pero cada cual tiene su historia y quienes recuerden, en vez de dedicarse a la nostalgia, que no es más que la prisión de la memoria, quienes puedan, debieran aportar un recuento de esa etapa.


Roberto Madrigal

Monday, March 9, 2015

¿Regresa el glamour a La Habana?


Es de todos conocido el derroche de glamour en La Habana de los años cincuenta. Brando buscando al Chori, Errol Flynn en su descapotable bajando por el centro del paseo de la calle
G, Hemingway recibiendo a Ava Gardner en San Francisco de Paula. La élite de Hollywood y de Nueva York, las modelos más importantes, los mejores cantantes, los intelectuales americanos más destacados, todos se exhibían por La Habana y sus cabarets.

Con el cambio de régimen y de rumbo, en la década del sesenta los visitantes del norte eran de carácter militante. Los trajes de moda devinieron en el ropaje del guerrillero, principalmente después del 68, la ciudad se llenó de radicales, Bobby Brown y Huey Newton de los Panteras Negras, Eldridge Cleaver, Angela Davis, Jerry Rubin y los Estudiantes por una Sociedad Democrática, secuestradores de aviones, los maoístas americanos y la brigada Venceremos. El atractivo estaba en la pose de combate. Eran afiliados ideológicos que una vez en el país eran vigilados de cerca porque su ejemplo no era muy conveniente a un gobierno que no tenía el menor interés en fomentar aspiraciones de rebelión en la juventud local.

Ya a finales de la siguiente década comenzó a regresar Hollywood, muy discretamente y siempre en actitud de apoyo. Candice Bergen se paseaba por La Habana Vieja y Barbara Walters y Dan Rather se apresuraban a entrevistar a Fidel Castro. Hubo festival de rock y cruceros de jazz.

Pero desde mediados de los ochenta, y sobre todo en los años noventa, fue que la lista-A y todo el radical chic se desplazaron con frecuencia y masividad. Llegó Robert De Niro a saciar su apetito por las negras, lo sé porque me lo contó su cicerone; Francis Ford Coppola hacía visitas regulares a cocinar espaguetis para los estudiantes de la EICTV; Jack Nicholson se maravillaba con los estudios Abdala; Arnold Schwarzenegger encabezó una delegación al festival de cine, fresco tras su triunfo en Terminator, del brazo de su esposa Maria Shriver; Kate Moss y Naomi Campbell exhibían, con La Lisa como trasfondo, ropa de Ralph Lauren y zapatos de Manolo Blahnik para un despliegue en la revista Harper’s Bazar y Steven Spielberg quedaba fulminado ante Fidel Castro, declarando que las ocho horas pasadas en su presencia fueron las más importantes de su vida.

La lista de visitantes famosos es tan grande que se necesitaría casi todo un libro para anotarla. Más allá de las excusas, parecían atraídos por el último bastión de la Utopía, ya caído el bloque soviético. Venían a rendirle tributo al macho tropical con discurso mesiánico, un lenguaje que les resultaba irresistible.

En el 2006, con la retirada del comandante, se creó un vacío retórico. Raúl Castro carecía de prestancia y hablaba en tono menor. Tenía que ajustar la transición y asegurar su supervivencia y la del sistema. Por un tiempo, el jet set americano se olvidó de la isla. Tímidamente, ya bien entrada esta década, aparecieron Jay-Z y Beyoncé y Benicio del Toro vino a filmar hasta que con la reanudación de las relaciones se renovó el interés en la isla.

De momento, la lista-A no se decide a regresar, dejan que otros hagan la labor de zapa. Al gran evento del Festival del Habano, aparece, una vez más, Naomi Campbell, ya carta vieja y marcada, y Paris Hilton que hace tiempo cedió su trono de reina de la superficialidad. De los anfitriones de los talk-shows llega el más insignificante, Conan O’Brien.

¿Qué pasa que no vienen las Kardashian con Kanye West? ¿Cuándo llegan Jimmy Fallon o Jimmy Kimmel? Ya es hora que comience el desfile de la lista-A. Que vayan Ryan Seacrest y Giuliana Rancic. Porque ahora, de política no se habla, es la hermandad de los pueblos y todos a bailar cogidos de la mano.

¿O es que a la izquierda de limosina no le apetece la nueva imagen que ofrece el castrismo? El nuevo gancho es el folclore y la macarronería. El Disney habanero de Eusebio Leal con los tríos de guitarras en cada esquina y las santeras con tabaco en la boca tirando los caracoles. Con los espectáculos de salsa y los bailes populares. Esos serán los nuevos símbolos que identificarán a la cubanidad.

Ya regresarán todos. Kathryn Bigelow, la directora de The Hurt Locker y Zero Dark Thirty, instó a los artistas, en el programa de Bill Maher, que no dejaran de ir antes de que todo cambie, porque “ir a Cuba es como montarse en una máquina del tiempo”. O sea, que los cubanos sigan sufriendo para disfrute de los millonarios paternalistas que vienen a darse un baño de Tercer Mundo, porque si no se apuran este país de ese Tercer Mundo no se diferenciará en nada de los otros. Parafraseando a Tolstoi, será igual que todos en su miseria.

Hay quienes se avergüenzan de todo esto y lo ven como una traición a “los ideales del
principio”. Entiendo y me conmisero con quienes creyeron en la posibilidad de un proyecto
utópico. Para mí siempre fueron unos farsantes que escudados en el mesianismo de su discurso se inventaron una narrativa épica para consumo de los oprimidos y para complacencia de la izquierda internacional. No era más que una pantalla para apoderarse del mundo que siempre desearon y no podían tener. No hay más que ver las mujeres a las cuales se acercó Fidel Castro para reproducir su especie: Mirta Díaz-Balart, Naty Revuelta y Dalia Soto, todas dignas representantes de la burguesía habanera que él decía detestar.

Fidel Castro (hijo) brindando con Paris Hilton no es más que una muestra de lo que siempre fueron las aspiraciones del hombre nuevo. Es la venganza del glamour de los cincuenta. Es la caída del mito. Apúrate Kim, adelántate al resto, viaja con tu entourage, que serás bienvenida. Tus nalgas van a lucir muy bien con Varadero como telón de fondo.


Roberto Madrigal

Friday, February 27, 2015

El estalinismo y la degradación del hombre sin importancia


Un personaje sin nombre, que narra en primera persona, comienza a recordar su amistad con su mejor amigo de una infancia que transcurre en los inicios de la Revolución Rusa. Sasha, el amigo, es un remanente de la aristocracia rusa. Su padre es un judío converso, un eminente abogado de Járkov,  de “…En aquellos tiempos remotos la traición todavía despertaba asombro y se pagaba por ella un precio mucho mayor que ahora”.

El narrador es un ciudadano de la quinta categoría: “otros”, por ser hijo de un artesano judío. Un hombre cuya vida queda definida por un cuestionario oficial. Alguien sin derecho a cursar altos estudios o a aspirar a buenos trabajos.

Cuarenta años después se pone en contacto con la esposa de su amigo Sasha, quien ya había muerto durante la guerra. A partir de ahí, el narrador comienza a hacer un recuento de su vida y de la época que le tocó vivir, mediante viñetas, anticipos de cartas que nunca envía, breves monólogos y encuentros casuales. Esto le permite no solo observar y recapacitar sobre sus avatares, sino ajustar cuentas consigo mismo y con su generación. Es el recorrido de la vida de un hombre insignificante en un período histórico de gran trascendencia para toda la humanidad.Conjuga perfectamente la cotidianidad de un hombre sin rostro público con la información de los desastres históricos.

El difunto bloque soviético parece ser una cantera inagotable de literatura de gaveta. La quinta esquina, la novela de Izraíl Métter, fue escrita en 1967 y publicada en 1989, ha sido recientemente traducida al español por Selma Ancira y aún no se ha llevado al inglés. La aparición de obras como ésta obliga a repensar la literatura del período soviético y la nueva visión de la historia que se puede apreciar con la publicación de este tipo de obras huérfanas, salidas necesariamente a destiempo. Los críticos tendrán que replantearse los tópicos generacionales y los historiadores tendrán que hurgar de nuevo en la fuente más valiosa que existe para estudiar los problemas del totalitarismo: la literatura.

Métter, nacido en Járkov en 1909, tuvo que vagar por todos los territorios soviéticos, como un Buscón de la tundra, sobreviviendo de diversos oficios, inventándose una historia para escapar del cuestionario que lo definió y lo atrapó desde pequeño, segregándolo de todas sus aspiraciones. Escribió, y guardó, guiones cinematográficos y otros textos que fueron publicados poco antes de su muerte, como su memoria de familia Generaciones (1992). Entre 1989 y 1996, año en que murió en San Petersburgo, se convirtió en un escritor de culto.

La quinta esquina es una novela relativamente breve, pero escrita con una prosa simple y precisa que a veces alcanza un lirismo sin afeites, directo y punzante. Es una meditación sobre cuarenta años de una vida y es a la vez una meditación sobre la inutilidad de meditar y recordar.

El personaje se enfrenta a la hipocresía de los intelectuales de su generación. En un momento clave de la obra recuerda haber asistido a una conferencia de Zhdanov sobre Zóschenko y Anna Ajmátova. Pero lo que le interesa a Métter es la audiencia, compuesta de intelectuales formados por el sistema: “…unos cuantos centenares de hombres y mujeres instruídos ejercían sobre sí mismos un esfuerzo antinatural…había que paralizar los músculos para no levantarse del lugar, para no gemir, para no perder el juicio…sin embargo, seiscientos representantes de la inteligencia, muchos de los cuales estaban ligados por un infinito respeto personal a Zóschenko y a Anna Ajmátova…escuchaban con respeto a ese hombre prematuramente gordo, de rostro redondo y bigotes de dandi, que caminaba con irritación delante de ellos y decía sus repugnantes y groseras estupideces”.

Métter trata de entender la impasibilidad y la complicidad de su generación con respecto a la figura de Stalin y enjuicia, aún incrédulo: “La gente moría de hambre agradeciéndole la saciedad…El miedo por sí solo no hubiera tenido la fuerza suficiente para mantener a una población de doscientos millones, durante treinta años, en un estado de fervor religioso”.

Tras enfrentar a varias personas, que ya pasado el terror estalinista continuaban sin arrepentirse de sus acciones, a pesar de haber perdido sus posiciones, medita: “Al observar a aquellas personas, que habían servido toda su vida en los órganos, intentaba adivinar quién de ellos había sido el primero en derribar de un puñetazo a Isaak Babel.. Me esforzaba por comprender qué veían ellos ahora, tan temprano por la mañana, cuando elevaban hacia el cielo sus ojos soñolientos.”

Métter, por supuesto, no ofrece respuestas, solamente nos brinda sus dudas sobre la condición humana. Compone su narrativa con una maestría que la hace atemporal y aunque tardía en aparecer, nunca a destiempo. La quinta esquina es una obra que desafía y trasciende su circunstancia. Una obra que viene del olvido y que nunca debe regresar a él. Es un regalo inesperado a lo mejor de la literatura universal.

La quinta esquina. Novela de Izraíl Metter. Libros del Asteroide, Barcelona 2014. 207 páginas.


Roberto Madrigal

Saturday, February 21, 2015

Los Oscares del 2015



Este domingo 22 de febrero vuelve la fiesta de Hollywood. Obras exclusivas de diseñadores famosos, joyas y oropel desfilarán por la alfombra roja y un poco más tarde, dentro del Teatro Dolby de Los Angeles, resonarán los discursos congratulatorios a productores, agentes, familiares y a los actores mismos, alguien mencionará una causa universal, agradable a todos los corazones dolientes y los interminables discursos tendrán que ser interrumpidos por la musiquita de fondo. Como en los custro años anteriores, trataré de apostar o adivinar los premios de la academia en las siete categorías principales, que son, a mi consideración: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor Estelar, Mejor Actriz Estelar, Mejor Actor Secundario, Mejor Actriz Secundaria y Mejor Película en Lengua Extranjera. En el 2011 predije correctamente cuatro de los siete. En el 2012 acerté en cinco. En el 2013 volví a predecir cuatro ganadores. El año pasado adiviné seis de siete. No creo que repita ese acierto.

Estas predicciones no tienen que ver necesariamente con mi gusto personal. Llego a ellas en base a una serie de indicadores, como galardones obtenidos por los filmes nominados en otras premiaciones anteriores como los Globos de Oro, los premios BAFTA y los premios que conceden los sindicatos de actores y de directores de Hollywood. También reviso la historia de los óscares en los últimos años para detectar tendencias y favoritismos. No es una ciencia exacta y a veces las cosas se enredan, pero es posible acercarse bastante a los resultados si uno analiza estos detalles. Este es un año difícil en un par de categorías, pues  en la mayoría de ellas los premios anteriormente mencionados los han ganado los mismos nominados.

Mejor actriz secundaria: Este año, esta es una de las categorías más fáciles de predecir. Patricia Arquette, por su trabajo en Boyhood, se ha ganado todos los premios hasta ahora concedidos. Está muy bien en su papel  y es lo más seguro que gane también el premio de la Academia. Las otras nominadas son: Emma Stone (Birdman) y Laura Dern (Wild) por papeles tan efímeros que uno ni se acuerda que pasaron por la pantalla. Meryl Streep por un mediocre papel en la pésima Into the Woods, que lo puede hacer durmiendo y la única contendiente respetable es Keira Knightley por su rol en The Imitation Game, en el cual está muy bien, pero no creo que tenga el menor chance.
Va a ganar: Patricia Arquette.  Debe ganar: Patricia Arquette.

Mejor actor secundario: Esta es probablemente la categoría más fácil de escoger. Mark Ruffalo (Foxcatcher) y Robert Duvall (The Judge) están perfectos en sus respectivos papeles. Edward Norton (Birdman), está muy bien pero su papel es demasiado breve. Ethan Hawke (Boyhood) está injustamente nominado ya que me parece que lo único que demuestra es ser uno de los peores actores del momento. J.K. Simmons se ha ganado todos los premios anteriores, muy merecidamente por su papel en Whiplash. No solamente está impecable, sino que es un rol casi estelar, en el cual descansa la película. Aquí no hay misterio.
Va a ganar: J.K. Simmons.  Debe ganar: J.K. Simmons.

Mejor actriz en papel estelar: Aunque en esta categoría cualquiera de las nominadas se merece el premio, todo parece indicar que Julianne Moore se va a llevar la estatuilla sin discusión. Felicity Jones (The Theory of Everything), Rosamund Pike (Gone Girl), Marion Cotillard (Two Days, One Night) y Reese Witherspoon (Wild) están magistrales en sus respectivos papeles, pero Julianne Moore se ha ganado todos los premios ya concedidos por su actuación en Still Alice, como una científica que sufre de Alzheimer’s prematuro. No solamente da la nota perfecta, sino que este tipo de personajes de individuos con enfermedades terminales que luchan por mantener su dignidad es siempre un favorito de Hollywood.
Va a ganar: Julianne Moore.   Debe ganar: Julianne Moore.

Mejor actor en papel estelar: De nuevo, todos están muy bien y el premio nunca iría a parar a manos equivocadas. Aunque no me gusta para nada, Michael Keaton ha hecho el mejor papel de su mediocre carrera en Birdman. Steve Carrell (Foxcatcher) y Bradley Cooper (American Sniper) cumplen sus roles con precisión histriónica, pero Benedict Cumberbatch (The Imitation Game) y Eddie Redmayne (The Theory of Everything) están espectaculares en sus roles de dos personajes que también son favoritos de Hollywood. Por un lado, el homosexual que a pesar de su genio, su entrega y el servicio prestado es finalmente castigado por su inclinación sexual en la Inglaterra de posguerra, que aún sirve como metáfora de la crueldad anti-homosexual y por el otro  el genio atrapado por la enfermedad en su propio cuerpo y que se mantiene firme en sus luchas, sus creencias y sus principios. Además ambos están basados en personajes reales (Alan Turing y Stephen Hawking) y se las han arreglado para darles la complejidad que requiere la ficción. Redmayne ha ganado los premios anteriores y Cumberbatch ninguno, lo que lo pone en situación difícil. La sorpresa pudiera ser Keaton, quien ganó el Globo de Oro por actor de comedia.
Va a ganar: Eddie Redmayne.  Debe ganar: Benedict Cumberbatch.

Mejor película en lengua extranjera: Por lo general, este premio lo gana la película que una mayor cantidad de miembros de la academia pueden ver. La mayoría de las nominadas son películas que se exhiben apenas una semana en Los Angeles y New York para que califiquen al premio. He visto solamente dos de estas finalistas, ya que Leviathan la estrenan por estos lares dos días después de que escriba esto. No he visto ni Relatos salvajes, la película argentina que ha tenido mucho éxito de público dondequiera que se ha estrenado, incluyendo el pasado Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, ni Mandarinas, la que representa a Estonia. Vi Timbuktu, que compite por Mauritania y que es una muy buena película pero que está muy distante de Ida, de Polonia, mi favorita y la cual para mí fue el mejor estreno del año pasado. Ida ganó el BAFTA, pero perdió el Globo de Oro contra Leviathan, la rusa, que veré pero no he visto y que, quizá apoyada en los sentimientos anti-Putin y como se dice que la película tiene mucho de crítica al sistema putinesco, puede que tenga buenas posibilidades de imponerse. Dicen que es muy buena pero se ha visto mucho menos que Ida.
Va a ganar: Ida.   Debe ganar: Ida.

Mejor película: En una situación parecida al año pasado, la selección de la mejor película pienso que se deberá a lo que los votantes decidan hacer con Boyhood y con Birdman, ya que ambas están nominadas como película y como director. Ninguna de las dos me convencieron y Birdman me parece mejor que Boyhood. Hollywood está infatuado con ambas y prácticamente habría que tirar moneda al aire para decidir. Las restantes están de acompañamiento. Solamente The Grand Budapest Hotel, que ganó el Globo de Oro por mejor comedia, tiene un chance remoto (el resto de la comparsa lo componen Whiplash, Selma, American Sniper, The Imitation Game y The Theory of Everything). Boyhood ganó el BAFTA y el Globo de Oro, por lo que siguiendo esa línea de razonamiento, apuesto por ella.
Va a ganar: Boyhood.  Debe ganar: American Sniper.

Mejor director: Dejo esta categoría para última porque dada la predicción anterior, se convierte en su complemento.  Birdman es la otra favorita del establecimiento y si premian Boyhood como película entonces me parece que los votantes, pretendiendo hacer justicia, premiarán a su director como el mejor. Alejandro González Iñárritu (Birdman) ganó el premio del sindicato de los directores, aunque Linklater, por Boyhood, ganó el BAFTA y el Globo de Oro. Esta es otra categoría difícil de predecir y aunque me cuesta trabajo pensar que Hollywood se atreva a premiar dos mejicanos seguidos (Cuarón ganó el año pasado), me arriesgaré a predecir que Iñárritu ganará. De los otros competidores Bennett Miller (Foxcatcher), Morten Tyldum (The Imitation Game) y Wes Anderson (The Grand Budapest Hotel) solamente este último tiene un lejanísimo chance. Aunque no es inusual, por regla general la Academia no da el premio de director y de película a la misma obra.
Va a ganar: Alejandro González Iñárritu.  Debe ganar: Alejandro González Iñárritu.

Roberto Madrigal


(Este artículo salió publicado el 20 de febrero en Cubaencuentro)

Monday, February 9, 2015

Fundamentalismos


Dunkinsville no es más que un lugar en el mapa de Ohio, específicamente en el condado Adams. No creo que su población se pueda estimar. Es una iglesia y cuatro casas desvencijadas, muy distantes entre sí. Se encuentra a poco más de una hora de Cincinnati que, con su relativo cosmopolitismo, es meramente una ciudad que fue. Menos de una hora más allá de Dunkinsville se encuentra Portsmouth, una aldea que fue, cuando el comercio fluvial era importante y Mark Twain navegaba por el río Ohio. O sea, está en el mismo medio de la nada.

No me interpreten mal. Me gusta y disfruto Cincinnati, donde vivo hace más de treinta años. Con sus viejas leyendas de Twain, de Sherwood Anderson, de Robert Lowry, de Harriet Beecher Stowe y del gordo Taft, el presidente que se dice que al sentarse, rompió un inodoro en la Casa Blanca. Con su leyenda de Kings records, de donde salieron Aretha Franklin y James Brown. Con su perenne conexión con Cuba, desde el debut de Rafael Almeida y Armando Marsans con los rojos de Cincinnati en 1911, pasando por Leonardo Cárdenas y Tony Pérez y ahora con Aroldis Chapman, así como con la cantidad de excelentes bailarines que por aquí han pasado, desde Nelson Madrigal y Lorna Feijóo hasta la actual cosecha de estrellas que integran el ballet de la ciudad y que incluye a Cervilio Amador, Yosvani Ramos, Rodrigo Almarales, Romel Frómeta, Gema Díaz, Ana Gallardo y Julio Concepción. Pero Dunkinsville está más allá de las fronteras de la imaginación.

Hace más de veinticinco años que pongo el piloto automático y visito, unas tres veces al año, el área de Dunkinsville. Ya ni me acuerdo de los números de las carreteras (a no ser que revise en Google), sólo sé que al llegar a la más que humilde iglesia metodista, debo hacer derecha en la próxima intersección y subir la colina, a través de una estrecha vía con pequeños pero peligrosos riscos al costado de sus curvas, hasta la Pastelería, Mercado y Mueblería Miller, que es mi verdadero destino.

Los Miller, que son hoy en día unas cuatro familias que viven en casas aledañas cercanísimas al mercado, tienen una peculiaridad, que es la que siempre me ha interesado: son Amish de la Vieja Orden.

Los Amish son un grupo religioso compuesto por los seguidores fieles de las doctrinas del pastor suizo Jakob Amman, un disidente de los Anabautistas, quien comenzó el movimiento en 1693. Debido a la persecución que sufrieron, escaparon a Holanda primero y finalmente, ya en el siglo diecinueve, a los Estados Unidos, principalmente a Pennsylvania y más tarde a zonas de Ohio, Indiana y Nueva York. Otros grupos se esparcieron por todos los Estados Unidos y algunos países de Latinoamérica, principalmente México y algunas zonas de América Central, pero estos son los grupos menonitas menos ortodoxos.

Los de la Vieja Orden no solamente han mantenido sus costumbres, sino hasta su dialecto, una mezcla de suizo-alemán con holandés que se refleja en su acento cuando hablan inglés, al cual le llaman “Holandés de Pennsylvania”. Son un grupo cristiano extremadamente conservador y tradicionalista. Si la palabra fundamentalista no existiera, habría que inventarla para describir a los Amish de la Vieja Orden.

Se rigen por una serie de cánones que tienen que observar estrictamente. La electricidad no llega a sus casas (las que conozco son grandes casas de dos plantas, pintadas de blanco y mantenidas impolutas). No estudian más allá del octavo grado, en sus propias escuelas,  porque lo consideran inútil. Sus ropas son solamente de colores azules, grises, negros y blancos y no usan botones. Las mujeres no pueden usar maquillajes y en general se cubren la cabeza con un gorrito y se recogen el pelo en un moño. Los hombres se dejan la barba y solamente usan camisas de mangas largas. Llevan por lo general un sombrero. Los grupos no pagan impuestos de seguro social ni seguros privados. La comunidad se encarga de pagar por los gastos médicos y el cuidado de los ancianos. Alaban lo que llaman el “plain look”, o sea el lucir sencillo. En la mejor tradición de Jesucristo, son extraordinarios carpinteros. También se dedican a la agricultura y a la producción de derivados lácteos. Sus quesos y sus mantequillas son excelentes.

Aunque el 90% de los que crecen en esta religión permanecen en ella, no es por supuesto, un grupo sin problemas, ni completamente atractivo y pintoresco. Tienen, entre otras cosas, los problemas que confronta una comunidad cerrada que rechaza las influencias externas: la endogamia y los problemas genéticos que genera. Hay en su religión, como en toda religión monoteísta, un tufo autoritario y despótico. Un mesianismo insoportable. Es una comunidad estrictamente controlada y reprimida, aunque sea por deseo propio.

Pero lo que me interesa y me llama la atención de los Amish y mi experiencia con los Miller, más allá del par de muebles maravillosos que les he comprado (entre ellos un comodísimo sillón), de los quesos, panes de canela, pasteles de manzana y tubos de mantequilla que he consumido, es el hecho de observar una comunidad que vive bajo sus propias reglas, a pesar de que no tienen la necesidad de hacerlo.

Los Miller, y los Amish en general, son comerciantes prósperos. Sus mercancías son caras. No son aquellos religiosos que se refugian en sus creencias para esconderse de su pobreza material y de sus pequeños problemas existenciales y de sus vidas sin salida. Estos son verdaderos creyentes que aceptan sus limitaciones y la voluntad de su dios. Viven rodeados de tecnología y solamente se adaptan a ella para poder mantener sus costumbres espartanas. No les interesan los valores del mundo que los rodea.

Al visitar el mercado y la finca uno interactúa con individuos comedidamente amistosos, que te miran de frente y a los ojos. Cuando mi esposa y yo, o los invitados que nos acompañan, hablamos en español, nos miran con curiosidad, sobre todo los niños, pero con respeto, como debemos mirarlos a ellos cuando intercambian en su dialecto. Aunque para algunos quizá sean los saltimbanquis del circo, ellos se mantienen inalterables en su cordialidad. Además, como buenos negociantes, no discuten con el cliente.

Miran al intruso con desdeño. Piensan que el suyo es el camino correcto y allá el resto del mundo. No hay el menor interés en hacer proselitismo. Viven su fe y dejan vivir al descreído, que ya Dios se encargará del resto. Los Amish demuestran que el fundamentalismo no tiene que llegar al terrorismo ni al extremismo político. No envidian la vida de los otros porque la pudieran vivir si quisieran.

Los terroristas islámicos que tantos nos acosan en nuestro tiempo son el producto de un fundamentalismo manipulado. Todas las religiones son proclives a crear grupos extremistas pues su mensaje es siempre ambiguo. Se expresan en parábolas y metáforas. Unas más ridículas que otras, pero todas graves y cursis. Todas inducen al fanatismo. Pero los terroristas responden a una envidia o rencor por el estilo de vida de quienes atacan, quizá porque, a diferencia de los Amish, ellos quisieran vivir como sus enemigos y al resultarles imposible, deciden atacar un modo de vida que les resulta atractivo pero elusivo.

Como señalara Zizek en un reciente artículo, el hombre occidental ha perdido sus convicciones. La derecha y la izquierda liberal se mueven entre la intolerancia y el paternalismo complaciente. Lo que se necesita es un discurso capaz de enfrentar la desigualdad social, la xenofobia, el racismo y el segregacionismo, que incorpore los valores occidentales que de una manera u otra todo el mundo desea y que brinde verdaderas oportunidades de integración a los grupos inmigrantes. Que no se quede en la palabrería políticamente correcta, con su tolerancia condescendiente y  que de veras defienda la universalidad de los postulados modernos de igualdad, libertad y fraternidad, sin prometer utopías absurdas e irrealizables.

Mientras tanto, ahí seguirán multiplicándose los Miller, entre sus suaves colinas y sus valles maravillosos. Multiplicando su negocio. Manteniendo sus principios y sus costumbres con los mínimos ajustes necesarios para sobrevivir. Un callado ejemplo para todos. Como también es ejemplar la sociedad que les permite vivir así.


Roberto Madrigal

Monday, January 26, 2015

¿Contaminaciones culturales?


Uno puede rasgarse las vestiduras por el resto de la eternidad lamentando el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, pero lo cierto es que es un hecho irreversible y que abrirá toda una serie de posibilidades que no deben ignorarse a causa de los quejidos.

El proceso recién empieza y de momento solamente implica una elevación del nivel de relaciones por encima del que ya existía entre secciones de intereses. Esto quiere decir canales más directos de negociación en diferentes esferas, aumento en el flujo de visitantes americanos a Cuba, limitados acuerdos comerciales, más bien de supuesto carácter caritativo y un tímido incremento en las corresponsalías americanas en la isla y de la presencia de algunas instituciones culturales, ya sea vía organizaciones religiosas o a través de las ONG. Otras cosas se añadirán a la lista en otros planos, pero no me propongo ser exhaustivo.

Por supuesto, eso llegará hasta donde el gobierno cubano lo permita. Es una relación entre contrincantes, no es una relación amistosa. Será una interacción en la cual, de parte de La Habana, predominará la desconfianza. El gobierno americano, como acostumbra, ocupará cada pulgada que se le conceda.

Este proceso debe preocupar más al gobierno cubano que a nadie, pues este ha sido el que
siempre se ha rodeado de medidas protectoras, ejecutadas siempre con tácticas represivas,
para protegerse de las posibles contaminaciones que traiga al pueblo el roce con la cultura
americana y con los intelectuales del exilio. Ha sucedido así desde que inventaron el concepto
de “diversionismo ideológico” (que por cierto, es un disparate lingüístico, ya que la palabra
diversionismo no existe, aunque bien se nos hizo saber lo que quería decir dicho dislate).

Crearon así el concepto de las dos orillas, para poner en cuarentena cultural todo lo que no cayera dentro de sus parámetros. Sin embargo, esas dos orillas se han ido acercando con el tiempo debido a la transformación inevitable que ha ocurrido social y políticamente en todo el mundo y que se han visto obligados a acomodar de alguna manera en su cada vez más borrosa ideología.

Estos cambios en las relaciones, con el aumento del número de viajeros de aquí para allá, quizá facilite (es una oportunidad que no se debe malgastar) el flujo de libros y obras de escritores y artistas cubanos que residen fuera. Aunque esto se viene haciendo hace tiempo, ese es un bloqueo (de allá) que ahora puede romperse con mayor facilidad. Los paquetes” que hoy se distribuyen semiclandestinamente allá, podrán ser sustituidos por mejores paquetes y por programas originales.

Escritores y artistas de la isla ya llevan un tiempo viniendo por su cuenta a los Estados Unidos y saliendo a otras partes mediante invitaciones privadas (no me refiero a los enviados oficiales). Es una oportunidad de interactuar aún más, quizá de crear foros de discusión abierta (y a los oficiales, como siempre se ha tratado de hacer, salirles al paso y confrontar su discurso).

Los de “aquí” no debemos convertirnos en esa otra orilla y actuar como el reverso del gobierno cubano. Lo digo porque he visto muchas quejas con respecto a los “intercambios culturales”. En definitiva, qué importa que a un mediocre grupo musical lo vaya a ver unos cuantos miles de personas, es su gusto y su derecho. Ni que a algún vocero de la UNEAC lo vayan a agasajar unos cuantos figurantes. ¿A qué se le teme? ¿Qué pueden venir a vendernos? ¿O es que no estamos seguros de lo que pensamos?

No basta con la letanía de que “allá no dejan que se presente…” Eso se sabe y no va a cambiar. Ahí está la performance de Tania Bruguera para exponerlo una vez más. Es hora de intentar estimular y financiar la creación de eventos culturales independientes que puedan darse en la isla sin pedir permiso y que tengan una repercusión relevante (sin hacerme muchas ilusiones, porque ya se las arreglarán para bloquearlas).  Pero hay que tomar riesgos y presionar, porque las oportunidades ahora están ahí. Incluso, con el nuevo rango diplomático, el gobierno americano se ve obligado a exigir y defender a sus ciudadanos de manera más directa y transparente.

Es aún temprano para pensar concretamente en las alternativas, pero no hay duda de que hay nuevas perspectivas. El aislamiento solamente ayuda a los represores, a quienes quieren controlar el devenir cultural a su capricho. El Muro de Berlín tomó casi treinta años derribarlo, pero otros muros toman menos. A no ser que nadie lo intente. Los escritores cubanos del exilio, principalmente, han vivido este medio siglo en una isla y salvo algunas muy contadas excepciones, sin repercusión más allá de sus cenáculos. Ahora se presenta una posibilidad de trascender esos límites.

Roberto Madrigal