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Tuesday, August 18, 2015

Otros visitantes, los controles represivos y una anécdota


La reciente visita del exsenador y Secretario de Estado americano John Kerry, me trajo el recuerdo de los visitantes de la década del setenta y de las medidas de seguridad que tomaba el gobierno, sobre todo las que sufrí en carne propia.

Yo vivía en Marianao (exactamente en la Avenida 41 # 2819, frente al cine Arenal), en un edificio de dos pisos y cuatro apartamentos en una zona congelada. La ruta de la mayoría de los dignatarios visitantes por entonces pasaba por el frente de mi casa. El ritual de la seguridad era el mismo en anticipo al paso de cada caravana, en la cual siempre Fidel Castro se paseaba en un descapotable al lado de su ilustre invitado. El pueblo, como un rebaño obediente, llenaba los costados de la avenida en un despliegue de apoyo popular que comenzaba desde la salida del aeropuerto. No se escatimaban vítores.

Tres días antes de la llegada de la caravana, venían dos compañeros de la seguridad del estado a registrar la casa (esto en un país en donde no se venden armas). Apenas hablaban, ni yo intentaba cruzar palabras con ellos. Luego repetían el registro el día antes y entonces el día del evento, desde muy temprano en la mañana plantaban a un militar en el balcón de mi casa, que se quedaba ahí hasta unos minutos después del paso del comandante y su invitado de turno. Nadie podía entrar o salir de la casa sin su permiso durante el proceso.

Por lo general eran soldados sin rango, no muy jóvenes. Muy serios, eso sí. Yo no les ofrecía ni café. Ellos no iniciaban conversación. En los cuatro apartamentos de mi edificio plantaban uno en cada balcón(aunque mis vecinos de al lado eran unos técnicos rusos y los de abajo un mayor del ejército y unos viejos comunistas que trabajaban de abogados en el ministerio de agricultura o algo así). En la casa de al lado, que era de dos plantas con un apartamento en cada piso, situaban igualmente un militar en cada terraza. En todas las casa de la cuadra hacían lo mismo. Supongo que esto se repetía a lo largo del paso de la caravana, por lo que hay que imaginarse los miles de militares dispuestos para la seguridad del Máximo Líder y el gasto económico de dichas visitas, aunque esto para el gobierno era lo menos importante. Todo un despliegue de control represivo a costa de lo que fuera.

Pero fue durante la visita de Leonid Brezhnev a fines de enero de 1974 que pasé el susto mayor. Resulta que un amigo y yo, decidimos realizar, con una cámara de ocho milímetros y sin sonido, un documental que íbamos a titular Entusiasmo. La idea era filmar las pomposas y solemnes ceremonias de la Plaza de la Revolución y otros eventos similares, desde la perspectiva del público y contrastar esas imágenes con las del “pueblo” participante en las demostraciones, el sudor, el desinterés, el aguardiente pasando de mano en mano y cosas por el estilo. Habíamos filmado el desfile del 2 de enero con mucho susto y con mucha suerte.

Se nos ocurrió entonces que filmar el paso de Brezhnev sería útil para el proyecto. Nos fuimos para la quinta avenida (esa vez no pasaba la caravana por la avenida 41), deteniéndonos frente a la ahora famosa iglesia de Santa Rita, desde donde empiezan los desfiles de las Damas de Blanco. Le echamos el ojo y filmamos a unos milicianos semidormidos bajo la entrada principal a la iglesia, con una cruz casi encima de ellos. A su lado, varios indolentes conversaban o se pasaban un cigarro de mano en mano. Uno tenía una bandera rusa tirada en el suelo, cerca de las cenizas.

La avenida estaba cerrada por ambos bandos, nosotros nos encontrábamos en el paseo que divide las dos sendas. En menos de tres minutos llegó, en sentido hacia el túnel, un jeep Gaz con cinco militares que se detuvo delante de nosotros y del cual saltaron todos menos el chófer. Nos preguntaron si éramos del ICAIC, les dijimos que no, luego que si teníamos acreditación como prensa nacional o extranjera y les repetimos que no. Entonces nos montaron amablemente en el Gaz y nos llevaron, muy apretujados, a una casa cercana, apenas una cuadra más arriba, por la calle 26.

Nos preguntaron el origen de la cámara y se lo explicamos, nos mandaron para un cuarto y nos dejaron solos. Media hora más tarde llegó un militar con grado de teniente y con nuestra cámara en la mano. Nos preguntó que hacíamos allí con esa cámara, que si veníamos de algún centro de trabajo y le respondimos (respondí, porque mi amigo estaba al desmayarse) que éramos dos compañeros espontáneamente entusiasmados con la visita del líder soviético y que queríamos grabar un recuerdo fílmico del evento, ya que contábamos con la cámara.

Nos miró con expresión cínica y sin decir nada, abrió la cámara y le sacó la cinta. Luego la cerró y se retiró. Unos quince minutos más tarde vino un soldado sin grados, nos devolvió la cámara y nos dijo que nos fuéramos, que no se nos ocurriera jamás filmar sin permiso y que podíamos salir a aplaudir, pues el comandante llegaría pronto.

Mi amigo y yo salimos enmudecidos y sin Entusiasmo, poco a poco, con discreción, nos fuimos retirando hasta perdernos de allí.


Roberto Madrigal

Thursday, July 30, 2015

Y el despertador sonó en Toronto


Hace rato que se venía venir, pero parece que fue ahora, después de los recientemente finalizados Juegos Panamericanos de Toronto, que la prensa y la oficialidad de la isla se enteraron de que el deporte en Cuba dista mucho de ser lo que era hace un lustro.

Ya la pelota, el sempiterno buque insignia, venía fallando en los últimos años. Quizá pensaron que se debía al indetenible éxodo de los últimos años de los mejores peloteros cubanos hacia las Grandes Ligas. No solamente perdían con equipos profesionales americanos compuestos de estrellas de las ligas menores, sino con Japón, Corea del Sur y hasta Holanda, que cuenta con apenas algunos jugadores profesionales de sus colonias antillanas. Ahora también son vencidos por selecciones mediocres de universitarios americanos. Pero todo ello se lo explicaban con eso que deben llamar “robo de brazos y de bates”.

Para cualquier país latinoamericano, conquistar un total de 97 medallas, 36 de ellas de oro y quedar en cuarto lugar, detrás de los tres países más desarrollados económicamente del continente, por encima de un gigante como México, constituiría un motivo de satisfacción. Pero esta es la peor actuación de Cuba desde 1975 (esto es con respecto a las medallas de oro, ya que en Cali en 1971, obtuvieron un total de 105 medallas). Se habían acostumbrado al segundo lugar, solamente superados por los Estados Unidos.

Desde que tomó el poder en 1959, Fidel Castro se dedicó a rediseñar la industria deportiva cubana. Acabó con la estructura existente antes de ese año, en la cual coexistían ligas profesionales y amateurs en una variedad limitada de deportes, pero principalmente en la pelota y el boxeo, en los cuales Cuba siempre fue una potencia mundial. Dos deportes con enorme arraigo popular. En el ámbito de las Américas, el atletismo y el baloncesto, fueron dos deportes en los cuales Cuba despuntaba en la década del 50 y que tenían cierta popularidad en la isla.

Castro decidió levantar un edificio con pocos cimientos, apoyado mayormente en una desaforada inyección de recursos materiales de todo tipo. No desarrolló la participación deportiva, sino que desarrolló equipos. Cuba llegó a ser una potencia mundial en volibol y en polo acuático, dos deportes sin ninguna popularidad en la isla. Pero esos logros también se convertían en el opio de las masas.

Para sostener esos equipos contaba con el hecho de que los atletas se encontraban entre los primeros privilegiados de su gobierno. Llegar a formar parte de un equipo nacional no solamente posibilitaba tener una mejor alimentación, sino además poder viajar para comprar los bienes de consumo necesarios para sobrevivir y vivir mejor que el resto de la población. Aquellos que tenían cualidades atléticas participaban en cualquier deporte, aunque no les interesara, con tal de pertenecer a un equipo nacional y gozar de sus prebendas.

Quizá algunos atletas además pensaban que representaban a su país, tenían cierto orgullo en representar a “la patria”. La realidad es que representaban al gobierno. Formaban parte de una maquinaria propagandística dedicada a exaltar las virtudes del sistema socialista y a alimentar la megalomanía del Comandante en Jefe, soberano rector de los deportes, que hasta llegó a dirigir a larga distancia los cambios de lanzadores y las alineaciones de los equipos de pelota que participaban en eventos internacionales. El infalible Máximo Atleta.

Pero las cosas han ido cambiando y los muros se han ido agrietando. Ser atleta en Cuba ya no tiene el prestigio de antaño, las motivaciones se han perdido, ya ni el bloque socialista existe y para obtener bienes de consumo hacen falta dólares y no triple saltos. Ya no hay nada que promover y ni siquiera el Deportista en Jefe se encuentra en activo en estos días. Jinetear a un extranjero o a un pariente en Miami resulta más beneficioso que agotadoras jornadas de entrenamiento.

El edificio se ha ido cayendo, ya se va derrumbando. Los atletas huyen en desbandadas. Incluso los que no pueden decir (como los peloteros), que lo hacen para avanzar profesionalmente, porque los jugadores del popularísimo Hockey sobre césped deben saber que no existen ligas profesionales rentables de ese deporte en este país, y que si no tienen una carrera académica, su futuro está en los grandes parqueos de Miami o en las compañías que proveen seguridad a los negocios y viviendas.

Ya es hora que se olviden de los delirios de grandeza. Cuba no puede compararse con Estados Unidos ni con Canadá, sino con Colombia, Venezuela, Argentina y el resto de Latinoamérica. El deporte volverá a ser, con el tiempo y cuando las cosas de verdad se normalicen, lo que fue. Los mejores atletas serán los que participan en deportes de apoyo masivo y habrá alguna que otra excepción. Habrá que rehacer una vez más el panorama deportivo de la isla. Los deportes van a tener que justificar su financiación siendo lucrativos. En fin, serán verdaderamente representativos del país.


Roberto Madrigal

Monday, July 6, 2015

Dos libros, una época


Trabajo me costó conseguir ambos libros. Según he leído y me informaron quienes me ayudaron a conseguirlo, las ediciones estaban agotadas y eran difíciles de conseguir hasta en el mercado negro habanero. Se trata de El 71. Anatomía de una crisis, del investigador literario Jorge Fornet, y La noria, novela del narrador y articulista Ahmel Echevarría.

El libro de Jorge Fornet (1963), recibió el Premio Anual de la Crítica de 2014. Su temática se centra en las consecuencias culturales que tuvieron el famoso “caso Padilla” y el Primer Congreso de Educación y Cultura. El autor trata de limitar el análisis de los hechos al mínimo y se dedica mayormente, lo cual reconoce en el prólogo, a recopilar mucho de lo aparecido en la prensa nacional e internacional durante ese año. Por supuesto, es inevitable que tenga que dar saltos alrededor de la fecha.

El libro está bien investigado y narrado con fluidez. Es un libro importante para los estudiosos del periodo y de la política cultural de la revolución cubana. Para quienes viven en la isla, ofrece gran cantidad de datos que nunca antes estuvieron disponibles para consumo local. Para quienes vivimos en el extranjero, no añade ningún dato de importancia, aunque tiene el mérito de compilar mucha información que resultaría difícil de consultar.

Hay muy poco atrevimiento en esta obra. No se puede olvidar que su autor es el director del Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, por lo cual esta obra no hubiera visto la luz sin la aprobación oficial. A la larga, las intenciones se le ven en el hecho de que, sin mucha explicación, establece que el oneroso discurso ya conocido como Palabras a los intelectuales, es un documento consensual que dio unificación a la cultura cubana en la década de los sesenta. Esto le permite osar concluir que a su vez, las palabras del propio Fidel Castro en el Congreso de Educación y Cultura de 1971, fueron provocadoras de la ruptura con los intelectuales de izquierda de América Latina y Europa Occidental, y que ocasionaron “el estancamiento de la cultura cubana” en los años siguientes. A ello atribuye como causa, el fervor revolucionario de Fidel Castro.

Por otra parte, el otro objetivo del libro es atacar de forma bastante directa las posiciones de Mario Vargas Llosa y de otros intelectuales de la época. En realidad, aunque útil, el libro no capta el espíritu de la época. Para ello, es mejor referirse a Política y polémica en América Latina. Las revistas Casa de las Américas y Mundo Nuevo de Idalia Morejón Arnaiz, un libro mucho más analítico.

Con La noria, Ahmel Echevarría (1974), ganó el Premio de Novela Italo Calvino 2012 que se concede en Cuba. Anteriormente había ganado el premio David de cuento con Inventario (2004), el Premio Pinos Nuevos de narrativa con Esquirlas (2005), el Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta que se concede en la República Checa 2010 con Días de entrenamiento y el Premio José Soler Puig de novela 2012 con Búfalos camino al matadero.

El autor, que no había nacido cuando sucedieron los hechos que estudia Fornet en su libro, trata de captar el espíritu de la época mediante una interesante narración sobre un escritor homosexual que fue castigado en 1971 por escribir una novela que las autoridades culturales consideraron como una afrenta.

La trama se va tejiendo a través de una mezcla borgesiana de personajes reales y personajes inexistentes. Incluso hay incluida una supuesta correspondencia de Julio Cortázar y fragmentos de citas de un crítico también homosexual, que es una especie de alter ego del personaje central y del cual al final, al igual que a todos los personajes reales, se cita toda una bibliografía. Su combinación de lo real y lo ficticio es convincente y uno de los mayores logros novelísticos de Echevarría.

La obra llega a su clímax tras contar una relación homosexual entre el personaje central y un hombre más joven que puede que sea un agente de la seguridad del estado, y una persecución que se establece una vez que el escritor, tras años sin escribir, decide reanudar su carrera. Con esto, Echevarría logra con efectividad trasladar los miedos de aquel entonces, hasta nuestros días. La represión que a veces no se ve pero que siempre se siente y la impunidad del represor, siempre acechante.

A pesar de que la novela utiliza una estructura y un estilo nada ortodoxo, se construye como una narración ágil, que mantiene el interés del lector de principio a fin. Echevarría capta perfectamente el espíritu del interminable “quinquenio gris”.

Mientras Fornet recopila datos con disciplina investigativa para mostrar que el año 1971 no fue más que un momento de crisis de un proyecto cultural bien encaminado, algo ya rectificado, que causó efectos negativos en la cultura cubana, pero que no es más que una aberración del sistema y no una consecuencia lógica del mismo, Echevarría lo entiende como una época que, si bien ha perdido un poco de su garra, se mantiene viva en espíritu y temible aún.

Es la diferencia entre el funcionario y el novelista. Entre la manipulación de la realidad y el poder de la imaginación.


Roberto Madrigal

Sunday, June 14, 2015

Padura, los premios y Tania


Lo he dicho anteriormente. Los tres escritores cubanos que más impacto internacional han tenido en el último cuarto de siglo son Leonardo Padura, Pedro Juan Gutiérrez y Zoé Valdés. No me refiero solamente a sus volúmenes de venta, que han sido considerables, sino a que son conocidos en los más exquisitos círculos literarios y sus obras son estudiadas en una gran cantidad de universidades americanas, latinoamericanas y europeas, forman parte del currículo básico de los estudios sobre literatura cubana y del Caribe. Esto es un hecho que no tiene nada que ver con la opinión que uno tenga de sus respectivas obras.

De los tres, el más canonizable es Padura, porque sus obras se pueden leer en escuelas secundarias. Pedro Juan y Zoé tienen un filo agresivo más transgresor y su carga sexual es demasiado incisiva para quienes dictan las buenas costumbres.  Padura es más convencional y el sexo está ausente en su obra.  Zoé, además, no vive en Cuba desde hace casi veinte años.

Desde el 17 de diciembre Cuba está de nuevo de moda. Celebridades americanas se pasean por sus calles, Conan O’Brien le dedicó un programa de una hora a La Habana (cosa que no ha hecho con ninguna ciudad americana), el Papa Francisco casi se suma a las congas de Mariela llevado de la mano del General Raúl Castro, Stella McCartney promueve su nueva colección de modas en un show en el cual aparecen actores disfrazados de Fidel Castro y del Che Guevara.

Los españoles, que durante todos estos años han tratado de exprimir cuanto han podido la ausencia de los americanos en la isla, con sus cadenas hoteleras ahora temerosas de perder el potencial lucrativo de la prevista próxima oleada de turistas americanos a la isla, no pueden quedarse atrás. Hay que premiar a un escritor cubano con un premio importante. Es cierto que ya le habían otorgado el Cervantes a Carpentier, a Dulce María Loynaz y a Cabrera Infante, pero eso es historia merecida y antigua. Desde 1997 ningún cubano lo ha ganado.

Padura acaba de recibir el premio Princesa de Asturias de las Letras. Este es un premio que se concede desde 1981 y que tiene pretensiones de competir con el Nobel, porque no se limita a escritores de habla hispana (y se da en una gran diversidad de categorías además de la literatura). Es probablemente uno de los premios más importantes que se conceden en el mundo desde el punto de vista del prestigio. Viene además acompañado de unos saludables 50,000 euros.

Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Camilo José Cela, Carlos Fuentes, Gunther Grass, Claudio Magris, Paul Auster, Margaret Atwood, Leonard Cohen y Phillip Roth son algunos de los escritores que se lo han ganado. ¿Está Padura en esa liga? Por supuesto que no. Pero también se lo han dado a algunas mediocridades como Carlos Bousoño, Francisco Ayala, Claudio Rodríguez y Antonio Muñoz Molina entre otros. Los premios son así. Por otra parte dicen que Padura se lo ganó al japonés Murakami y al sirio Adonis. Personalmente, prefiero leerme las aventuras de Mario Conde o las vicisitudes del asesino de Trotski que una página de Kafka en la orilla o un poema de Adonis. Pero ese soy yo.

El premio se concede en base a que la “labor creadora…represente una contribución relevante a la cultura universal” en el campo de la literatura. Es obvio que Padura tampoco ha logrado eso. En su decisión, el jurado lo premió porque su obra constituye “una soberbia aventura del diálogo y la libertad…es un intelectual independiente de firme temperamento ético…desde la ficción, Padura muestra los desafíos y los límites en la búsqueda de la verdad”. Eso tampoco lo son ni Padura ni su obra.

No sé cómo funciona el jurado en cuanto a la selección del ganador y no soy proclive a las teorías de la conspiración, pero entre los miembros del jurado, en su mayoría oscuros académicos, destacan el excelente periodista y narrador mejicano Juan Villoro, un bolchevique de salón que compara la obra periodística de Padura con la de Martí y que recientemente declaró que lo “peor que puede suceder es que Cuba se convierta en una sucursal de Miami”, y Carme Riera, una académica y novelista catalana que quiere descastellinizar a Cataluña, que escribió una novela que tiene lugar en Cuba a mediados del siglo XIX y que para horror de los horrores, es bisnieta de Valeriano Weyler.

Padura es un oportunista habilidoso que se mueve con destreza sobre la cuerda floja de la cultura cubana, bordeando las fronteras de lo permitido. Tiene una obra sólida, por algo su nombre se considera, pero es la elección perfecta, pues representa la supuesta conciencia crítica que el castrismo puede soportar y exhibir ante el mundo como muestra de su tolerancia. Tiene enemigos en Cuba, no puede olvidarse que cuando hace un par de años ganó el Premio Nacional de Literatura le saltaron arriba los perros de presa de la ortodoxia, encabezados por el poeta y profesor Guillermo Rodríguez Rivera con el aval de Silvio Rodríguez. Esto engalana sus vestiduras y son riesgos que Padura ha apostado a correr.

Hace tiempo decidió escribir “siempre desde Mantilla” porque sabe muy bien que si el detective Mario Conde investigara crímenes en la calle Flagler, nadie lo leería. Con el dinero ganado con su obra puede vivir muy bien en Cuba, pero fuera, tuviera que ejercer otra profesión y no parece estar para eso.

Más allá de todo lo anterior, ya pertenece y pertenecerá al Olimpo del canon de la literatura cubana. Pero los premios conllevan responsabilidades y uno termina definiéndose según como se comporte públicamente.  Esto no tiene nada que ver con la calidad de su obra, pues si se enjuiciara a los escritores canónicos en base a la moral con la cual conducen sus vidas habría que eliminar casi el 90% de la literatura universal. Para no ir muy lejos, hoy en día jamás se publicarían ni “Alicia en el país de las maravillas” ni “Lolita”, y qué nos haríamos hoy sin ellas.

Padura, como figura pública (y no me refiero al Padura privado, con quien probablemente pudiera compartir cerveza y conversación ya que, que yo sepa, tenemos en común la afición por el béisbol y por Credence Clearwater Revival), no ha sido más que un sumiso, incapaz de levantar su voz para algo que valga la pena. Es un sobreviviente cultural.

Ahora mismo otra artista, Tania Bruguera, cuya reputación internacional en las artes está casi a la par que la de Padura, se encuentra acosada por el gobierno debido a su actitud desafiante y a la politización de su obra en un sentido que no conviene a la clase dirigente. No es cómoda. No ha recibido la solidaridad de ningún escritor o artista importante en la isla, ni de muchos artistas cubanos en el exterior. Ha sido mayormente ninguneada o atacada por los medios artísticos y literarios oficiales. Además, se está jugando el pellejo literalmente. ¿Será capaz Padura, con el estatus y el prestigio que le conceden los dos galardones que ha ganado recientemente, de levantar su voz en defensa de la artista? Lo dudo.


Roberto Madrigal

Sunday, May 31, 2015

Una víctima de las relaciones y los cambios


Una de las más visibles víctimas de los cambios raulistas y del restablecimiento de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba va a ser, ya lo está siendo, la honestidad intelectual. No que haya habido mucha en todos estos años, pero si andaba mal, ahora se pondrá peor.

Quienes en estas seis décadas han participado de la vida oficial intelectual de la isla, se han dedicado mayormente a ofrecer apoyo al discurso oficial del castrismo, de forma aparentemente iluminada. Dada la paradójica importancia que el régimen ha dado a los intelectuales, estos han sido beneficiarios de las recompensas de cada época. Viajes al extranjero cuando nadie viajaba, un estatus especial que les permitía derivar un salario sin producir absolutamente nada, privilegios aduanales y un reconocimiento público del cual se goza poco en otros lares.

En la transición de Fidel Castro a Raúl Castro se ha ido perdiendo el discurso mesiánico y épico. El general presidente necesita escapes de presión mediante ilusiones de bienestar económico. La narrativa revolucionaria ya no tiene credibilidad entre las masas y los intelectuales han ido perdiendo su importancia. Otros grupos artísticos o de buscavidas,  han comenzado a gozar de los privilegios antes concedidos a los intelectuales sin tener que hacer ninguna labor de zapa en el extranjero. Ahora tendrán que vender sus servicios al mejor postor. Las migajas han perdido su poder económico y su valor de insignia social.

Si en Perfecto amor equivocado, el escritor que interpreta Luis Alberto García se siente abochornado porque recibe un Grammy por haber compuesto una canción popular de letra vulgar, el triunfo financiero es hoy su blasón. El hombre que amaba a los perros hoy tiene que competir con el Chupi Chupi, para horror de Abel Prieto. Los escritores, artistas e intelectuales han pasado a ser una mercancía más. A pesar de todo, es el sector más vigilado (no contando a la disidencia), todavía tienen que rendir cuentas y no pueden expresarse libremente.

En la otra orilla, la transición a un poscomunismo liderado en la isla por los mismos que crearon la revolución, crea un vacío para los tradicionalistas. Muchos intelectuales construyeron su discurso solamente como reacción al discurso oficial de la isla. En la medida que este se vuelve ambivalente, la respuesta se ha hecho débil o estereotipada.

Antes, los malos estaban allá y los buenos acá, pero ahora los malos también están entre nosotros, se les ha dado la bienvenida y el exilio intelectual convencional, acostumbrado a la reacción, no se ha sabido ajustar bien. Por otra parte, muchos de acá, incluyendo tradicionalistas, se han incorporado a actividades oficiales organizadas allá.

No es un problema de acusar o perdonar a nadie, es una realidad cambiante con la cual hay que lidiar, pero en un momento en el cual si uno no coincide en que todos debemos tomarnos las manos y arrollar en una conga monolítica y feliz, llamar a las cosas por su nombre acarrea problemas.  Nadie parece entender que una verdadera reconciliación, si es que ese término significa algo, consiste en aceptar diferencias de opinión, odios, rencillas, nostalgias absurdas y rectificaciones honestas, entre muchas otras cosas. Hay que enfrentar los demonios personales y los colectivos, no sepultarlos.

La honestidad intelectual radicaría en decir las cosas como uno las ve. No tenemos que estar de acuerdo en casi nada, para eso está la discusión, aunque no conduzca a nada.  Se puede perdonar sin olvidar, y se puede coexistir sin perdonar. Allá los que no puedan lidiar con sus culpas.

Roberto Madrigal

Monday, May 11, 2015

La infalibilidad del Papa


El Cardenal Eugenio Pacelli, ya canonizado y desde el 2009 decretado como el Venerable Pio XII fue un papa controversial. Todavía se discute su posición ante el nazismo. Es cierto que salvó la vida de más de 700, 000 judíos y calladamente apoyó muchos movimientos para proteger y salvar judíos durante la II Guerra Mundial. Sin embargo, fue ampliamente criticado por lo que muchos vieron como su tibia actitud ante Hitler.

Muchos católicos polacos se sintieron traicionados por su ligera respuesta ante las atrocidades de los nazis contra la Iglesia Católica polaca. Otros se sintieron abandonados por su política de neutralidad durante la guerra. En 1942 provocó la ira de varios gobiernos porque estableció relaciones diplomáticas con Japón.

Con Stalin nunca pudo relacionarse bien. Le tenía pánico al comunismo y por otra parte tenía poca influencia en la Unión Soviética, donde los católicos eran una minoría exigua. Según muchos de sus aduladores, esa fue la razón por la cual reservó sus condenas a Hitler. También justifican que debido a su tibieza, muchas figuras de la alta jerarquía ecleciástica se retrataron junto a Hitler y Mussolini, y aparecieron en diversas veladas organizadas por los gobernantes nazis y fascistas.

Setenta años después, el nazismo y el bloque soviético han desaparecido de la faz de la tierra. Su legado ideológico solo recorre, vagamente como un débil espectro, algunos países europeos, aunque hay que reconocer que han ganado alguna fuerza en los últimos años. Pío XII es un papa venerado a pesar de la controversia. Su legado fue mantener la fortaleza del dogma católico mucho después de la catástrofe europea de los años cuarenta.

Ahora el papa Francisco se retrata con Raúl Castro y hasta intercede en favor de las relaciones de Cuba con Estados Unidos. Esto, por supuesto, molesta a muchos y con razón. Pero no es el primer Papa en hacerlo, aunque sí el más activo con respecto a la política cubana. No debemos olvidar que es argentino y por lo tanto más cercano al fenómeno que representa la revolución cubana.

No está haciendo nada muy diferente a lo que otros pontífices bajo distintas circunstancias han realizado. Como estado político y espiritual, el Vaticano está obligado a ser pragmático. Su fuerza reside en la influencia que pueda tener sobre sus seguidores, ya que sus tropas no pasan más allá de la Guardia Suiza. En Cuba, los católicos representan una relativa mayoría coherente dentro de los grupos no identificados con el poder y las organizaciones oficiales.

El castrismo pasó de la persecución desmesurada y cruel de los católicos a una aceptación de su persistencia siempre y cuando mantengan una aceptable pasividad. La obligación de la iglesia es mantener y abrir nuevos espacios para sus feligreses. Eso lo han logrado pírricamente en Cuba. La Iglesia apuesta a la eternidad y no a lo efímero de los gobiernos y las ideologías. Piensa que una vez que los Castros desaparezcan, su presencia seguirá allí, garantizando el más allá a sus seguidores. Tienen casi dos mil años de experiencia.

Para sus objetivos no vacila en utilizar los servicios de traidores. Pedro, el primer Papa, el fundador de la Iglesia Católica, traicionó a Jesús más de una vez. El Cardenal Ortega y Alamino es un San Pedro de nuestros tiempos. Tampoco duda en utilizar los servicios de amanuenses que calmen la sed de justicia de las masas. En Cuba existe el dúo de Roberto y Lenier, capaces de decir cualquier cosa y de justificar la mansedumbre, que como han dicho recientemente, se encuentran encantados con que el papa Francisco “va a legitimar el proceso de restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos y el proceso que se está viviendo en Cuba…las necesidades de los cubanos y la metodología de la distensión”. O sea, dejemos toda la solución de nuestros problemas en manos del general Presidente.

A pesar de que la infalibilidad del papa es un dogma establecido en 1870 que todo católico tiene que aceptar, este se refiere solamente a las cuestiones de moral y fe. El dogma no exonera al papa de cometer errores cuando se trata de posiciones personales. Es difícil saber si el papa Francisco, está actuando meramente como gobernante de un estado no-democrático o como un árbitro moral. En realidad, las opiniones personales de las figuras públicas importan bien poco. Aunque hasta ahora no está haciendo nada insólito ni fuera del panorama de la política vaticana de las últimas décadas, hay que vigilar que su entusiasmo no lo consuma y pase de ser un mediador práctico a un colaborador en la persistencia del sistema. Las relaciones entre Estados Unidos y Cuba son parte de una nueva dinámica global que no tiene por qué convertirse en una legitimación de una dictadura ni en una consumación de la tergiversación de la memoria histórica.

Raúl Castro, que cada vez habla más parecido a Tres Patines, podrá querer hacerse el gracioso diciendo que volveria a rezar y a ir a la iglesia dada su admiración por Francisco, pero este gesto no puede borrar de un manotazo su historia de abusos contra los católicos y su persistente violación de los más elementales derechos humanos.


Roberto Madrigal

Wednesday, April 29, 2015

El zafarrancho de los exégetas



Tan grotescos resultaron a la vista de cualquier persona con un poco sentido común, los mítines de repudio orquestados por los delegados de la sociedad civil transportada desde Cuba por el gobierno del General Castro, que los exégetas y maquillistas oficiales, amanuenses de oficio, han tenido que saltar alarmados para establecer una explicación coherente a lo sucedido, tarea imposible, pero los supuestos intelectuales, que actúan más bien como cosmetólogos ideológicos, siempre están dispuestos a justificar sus cada vez más mermadas prebendas.

El número más reciente de la revista digital La Jiribilla (726), uno de los medios dedicados a
expresar la versión oficial de la cultura cubana, recoge un dossier de artículos publicados al respecto, en otros medios o escritos a solicitud de la revista. El propósito es “responder” principalmente al periodista uruguayo Fernando Ravsberg, exreportero de la BBC, compañero de viaje que reside en Cuba y que por lo general defiende a la revolución con cierto sentido “crítico” (que no va más allá de la vergüenza ajena que siente cualquier extranjero que tiene que defender de manera relativamente creíble lo indefendible), que se atrevió a criticar la ejecutoria de los delegados, aunque siempre comprendiendo los principios que propugnan.

La colección de artículos no es más que un mal orquestado intento de ofrecer opiniones aparentemente disímiles, pues a algunos la gritería y la grosería les parece mal, pero a la larga todos justifican el hecho en base a que: “fueron provocados”, “los culpables son los americanos”, “no se puede compartir una mesa con un asesino como Félix Rodríguez”…¿Suena familiar? Es el reciclaje de la misma retórica, el presentar únicamente posiciones antitéticas, sin matices, la versión moderna de “Patria o Muerte” (que nunca ha desaparecido).

Silvio parece criticar la conjura contra Ravsberg y finge molestia respecto a la gresca, pero la justifica por el aspecto de provocación de las delegaciones disidentes. Amaury Pérez cree que el debate es más sano, y expresa que “nuestra historia como nación puede exhibir múltiples ejemplos de juicio y altura en sus desacuerdos” (es difícil saber a quién se refiere), pero eso lo escuda con la siguiente frase: “En la Cuba futura, la que promueve con fuerza, vigor e inteligencia nuestro General Presidente…”  Que conste que no hay aquí ironía. Sé muy bien que Amaury no tiene el menor sentido del humor. Pero bueno, Amaury y Silvio no son intelectuales.

Aurelio Alonso en su trabajo, justifica los exabruptos porque existió una “prefabricación provocadora e inescrupulosa de los foros periféricos” y acto seguido comienza a utilizar una terminología pedestre, de instructor de barrio, acusando a “la mafia de Mami” de crear la provocación con su apoyo financiero a seres indeseables.

Rafael Hernández aparenta cautela intelectual en su trabajo y básicamente trata de poner contra la pared a los disidentes cubanos, que según él ahora van resultar un estorbo para la política americana de restablecimiento de relaciones, ya que la “mayoría de ellos se opone a esta”. En el mismo artículo se hace una serie preguntas como “qué harían los Estados Unidos con un grupo que recibe apoyo financiero de una potencia vecina”, y lo único que demuestra es su falta de comprensión de la tolerancia que existe respecto a los opositores en cualquier país civilizado. Esto tiene su corolario en las declaraciones estúpidas de Abel Prieto en las cuales compara a los disidentes cubanos con Al Qaeda. Ya resulta imposible preguntarse qué hacen individuos inteligentes defendiendo un espejismo, un delirio que se deshace.

Pero lo curioso es que todos tienen un común denominador, el reforzamiento del discurso binario, el blanquinegrismo intolerante y de nuevo, la base de todo, la identificación de Cuba-Pueblo-Revolución-Partido-Estado como unidad inseparable. Si alguien se opone a uno se enfrenta a todos. Esto justificará siempre no solamente la gritería, los ataques verbales y los asaltos tribales organizados, sino también la represión violenta contra quien sea considerado como un enemigo de esa pentarquía unitaria.

En momentos en los cuales proclaman cambios y apertura, el discurso que rige sus acciones, se cierra con más fuerza en el aislacionismo, la xenofobia, el desprecio a la diversidad y el patriotismo pueril. Como señaló recientemente en una entrevista Michel Houellebecq, los patriotas necesitan enemigos.

Roberto Madrigal